domingo, 25 de enero de 2015

Qué difícil es decir adiós

Qué difícil es decir adiós. Así, sin más. Sin exclamaciones, sin remedio. Qué difícil, pienso al verte, es aferrarse a la vida que se nos escapa. Me duele clavar mi mirada en tu cuerpo preso de una cama, de medicinas y de ojos que te miran con tristeza porque saben que te vas. Qué difícil es respirar este aroma de hospital, de muerte.

Te estás yendo. Nos dicen que te irás en breve. Y tú, inconsciente como la adolescente que en una época difícil escapó de casa con su amor, sigues sonriendo a la espera de la mejoría. Nosotros, que aún no hemos aprendido ni una parte de la vida, intentamos mentirte diciéndote, como siempre se dice, que todo está bien. Tú nos devuelves la mirada y aceptas nuestras palabras, pero sé que estás convencida de que mentimos.

No es la enfermedad la que invade tu cuerpo cada vez más encogido, sino la vejez. Es ella la que se empeña en robarte. El maldito paso del tiempo y las despedidas que le son intrínsecas. Qué vértigo, qué miedo. Pero todo sin exclamaciones. Con calma. Y es que en esta habitación, la misma en la que hace casi dos décadas te robó al chico con el que huiste en tu adolescencia, todo parece en calma, aunque nuestros estómagos estén encogidos y luchemos contra nuestras lágrimas para retenerlas.

La muerte. Ese proceso natural que esta sociedad niega, como si ella no fuera la verdad más absoluta que planea sobre nuestros cuerpos. Otra vez el paso del tiempo. Otra vez los suspiros que se nos escapan. Otra vez una despedida. Otra vez caigo en la cuenta de que no he sabido decirte que te quiero. Otra vez pienso que te voy a echar de menos. Otra vez escribo “qué difícil es decir adiós” sin una sola exclamación.

domingo, 18 de enero de 2015

Gracias, Patricia Heras

Barcelona, esa ciudad de la marca turística, el parque de atracciones ideal para los que vienen a pasar unos días. Pero también es una ciudad oscura para sus habitantes.  En las calles plagadas de luces, publicidad y menús donde no faltan la paella y la sangría a precios desorbitados, mueren quienes la habitan. Y lo hacen a manos del gobierno y de la policía. Un simple peinado puede provocar un suicidio. 

Barcelona está muerta. Sus habitantes paseamos entre el gentío como zombis. Barcelona nos mata. Pero anoche Patricia Heras nos rescató de nuestras tumbas. Ella tenía razón. La vida no es más que una partida de ajedrez donde los peones mueren para que los reyes puedan ganar la maldita partida.

En los últimos días, nuestros medios de comunicación y políticos se han puesto medallas diciéndonos que somos unos afortunados por tener la libertad de expresión que ellos nos imponen, lejos de ser una libertad de expresión real. Anoche, tuvimos otro ejemplo. Se censuraron por orden judicial cinco minutos del documental Ciutat Morta, el cual nos muestra que el supuesto Estado de derecho es una gran pantomima. 

He aquí los cinco minutos que anoche la televisión catalana censuró:




Y aquí el documental completo:



miércoles, 31 de diciembre de 2014

12 canciones para el 2014

Como cada fin de año, aquí están las 12 canciones que han puesto la banda sonora de mis últimos 365 días. Una vez más, no siguen ningún orden, ni temporal ni de importancia, y puede haber alguna repetida de años anteriores. Nos seguimos leyendo durante el 2015.

1. Te di vida y media, Andrés Suárez



2. Sé que no tinc dret a dir-te res, Joan Dausà



3. El tiempo de las cerezas, Bunbury



4. Me arrepiento, Rozalén y El Kanka



5. Contigo, Joaquín Sabina



6. Iron sky, Paolo Nutini



7. Amagada primavera, Txarango



8. El día de la ira, Ismael Serrano



9. No vale la pena, Mártires del compás



10. Larga vida al loco, Las Migas



11. It's always you, Chet Baker



12. En lo alto del cerro de Palomares, Estrella Morente




miércoles, 24 de diciembre de 2014

Que el fin del mundo nos pille en un concierto de Sabina

Anoche, antes de empezar el concierto
Nos sobraban los motivos para acudir a la llamada de Joaquín Sabina, como también nos sobraban para invitar a venir con nosotros a alguien a quien queremos para compartir una noche mágica. Barcelona, una vez más, se rindió ante el maestro. El público catalán, como acostumbra, fue frío en un inicio, pero poco a poco el ambiente se fue caldeando hasta acabar con un Palau Sant Jordi lleno hasta la bandera en pie aplaudiendo a Sabina.

Ahora que... abrió un repertorio plagado de recuerdos, de heridas, de amores que se marcharon, o lo que es peor, que nunca fueron. Todos sentíamos aquel desasosiego que el autor consigue convertir en colectivo con unos versos que nos destrozan el alma, pero que nos compensa con los canallas que nos ponen una sonrisa en la boca, como ocurre en la vida.

Apareció pronto. 19 días y 500 noches fue la segunda que más de 15.000 gargantas cantaron al son de Sabina. Sin duda, la canción emblemática; la que da nombre al disco más admirado del artista y a la gira que finalizó anoche; la que marcó un antes y un después en su vida artística y personal. Con ella los cuerpos de los asistentes empezaron a levantarse de sus butacas.

Supongo que debería hacer una crónica detallada de anoche, eso es lo que se espera con este inicio. ¿Pero cómo explicar que entendimos aquellas canciones que memorizamos con 12 años, cuando apenas nos dolía el alma? ¿Cómo describir la sensación de cantar a viva voz las canciones más punzantes de (des)amor? ¿Cómo narrar el haber vuelto a los 15 años con las palabras inocentes que decíamos apenas sin pensar con Serrat acompañando a Sabina en el escenario? ¿Cómo os cuento que anoche me emocioné, temblé, me abracé a otros, besé y admiré en apenas dos horas y media?

Está claro que la mayoría de los que allí estábamos no necesitábamos pastillas para no soñar porque preferimos no vivir 100 años si eso nos sirve para seguir recordando la noche de ayer durante 19 días y 500 noches con una sonrisa.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Las mismas manos

Fotografía extraída de Google Imágenes
Y, de repente, como un disparo, sus manos. Ahí estaban. Me daba pánico rozarlas, pero en silencio le rogaba una caricia más. Aún no sé leer sus ojos, no sé qué siente. Lo que está claro es que tanto la felicidad como la desdicha pueden convivir en las mismas manos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ver por respirar

Si algo le daba realmente miedo era la enfermedad de los otros, pues a su dolor ya había aprendido a acostumbrarse. Por eso su cuerpo desató miles de tics nerviosos durante aquel viaje en coche. Su madre estaba enferma. No sabía más y ojalá nunca lo hubiera sabido. 

Miraba por la ventanilla y veía la vida de los otros, que en más de en un momento solo eran sombras, brillar mientras su padre frenaba nervioso y apenas podía verlos cruzar por los pasos de peatones y los semáforos. En eso se parecían. Odiaba parecerse en algo a su padre, pero en el temor a la enfermedad, los genes hacían mella. 

Ella echó la cabeza en el cristal trasero. Miraba a su madre retorcerse de dolor. Sabía que tenía que cuidarla. ¿Acaso había hecho otra cosa desde que era niña? No recordaba el día en el que su madre la había dejado de cuidar para que ella ejerciera ese papel; ahora, no sabría representar otro diferente. ¿Pero cómo cuidar a alguien de la enfermedad? ¿Cómo protegerla? 

Un escalofrío recorrió su espalda. Otro más. Cerró los ojos y una mirada penetrante se le clavó dentro. Dejó de pensar en su madre. Escuchaba la voz de él repitiéndole palabras de ánimo, como siempre hacía, mientras las mezclaba con las de amor. Ella sabía que mentía, que compartía esas palabras con otras a las que jugaba a ponerles caras en las noches de insomnio o cuando sentía su cama demasiado fría. Le dolía a veces y otras tantas sentía alivio por no ser la única querida.

Volvió a mirar a su madre. Tenía las manos encharcadas por su propio sudor. Sabía que querer a alguien pasaba por las manos, por las caricias, por hincar los dedos al otro cuando se abraza de verdad. Reconoció así su miedo. Reconoció que no sabía querer. Reconoció que nunca había sido querida. Reconoció que deseaba que ese coche viejo que su padre conducía nunca parase en un hospital o volviera a la puerta de una casa que otros llamaban hogar. Reconoció que lo que realmente deseaba era tirarse del coche en marcha para ver, al fin, la oscuridad que siempre había respirado.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Domingo de ira


Por fin, has entendido que nos lo están quitando todo.
Que la revolución de besos verdaderos
y orgasmos fingidos en tu cama que te regalé
durante algunos meses de mi vida
no eran más que una llamada de socorro.
Mientras limpiaste mis lágrimas, 
lo que nunca supiste entender
es que no solo eran mías.

Ahora, amo a otro en silencio.
Vuelvo a empezar el juego y me divierto,
mientras tanto, 
en camas y bares que alguna vez
fueron lejanos.

Hoy, nos siguen quitando todo ahí fuera,
pero, al menos, ya no finjo orgasmos por miedo;
solo besos.
Ahora, que por fin tú has aprendido
que gracias a la lucha,
la utopía existe.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tres segundos y tres pasos


Fotograma extraído de Google Imágenes

He amado en callejones y tres segundos después he olvidado a aquella persona. En solo tres pasos, nuestro cuerpo es capaz de albergar mil cicatrices que duran toda una vida.