domingo, 22 de mayo de 2016

Un año y un día

Hace una semana y un día que espero tu llamada. Esa llamada que cada 14 de mayo llevaba la cuenta de las primaveras que sumo. Echo de menos que me digas esas cosas que me hacían enfadar y las regañinas que te dedicaba por teléfono para que hicieras lo que tocaba. Entonces, te reías, me llamabas prenda y cambiabas de tema. Me preguntabas si aún seguía estudiando, cómo me iba en el trabajo o si algún muchacho me rondaba. Yo reía. Hoy las respuestas a esas preguntas han cambiado: sigo estudiando, el trabajo lo vamos llevando y, sí, abuela, tengo novio. Sé que te gustaría conocerle, que le contarías tus chistes y tus anécdotas y todos reiríamos, una vez más, contigo.

No hace demasiado que al móvil me llegó un vídeo de ti en el hospital. Contabas uno de esos chistes y todos reían a tu alrededor. Sabíamos que ya nos quedaba poco para disfrutar de ti, de tu alegría contagiosa, de tu fuerza. Ambas las llevaste como bandera hasta el final. ¿Y sabes qué? Te admiro. Te admiro porque hay que ser muy valiente para enfrentarse a la muerte durante meses con una sonrisa.

Hoy, 22 de mayo, hace un año y un día que espero tu llamada.

viernes, 20 de mayo de 2016

Barcelona sobrevivirá


Hay quien acude a tu rescate recogiéndote en sus brazos y, justo en ese instante, te recompone el alma. ¿Cómo no creer en la magia cuando eso sucede? Aunque su piano lleve tiempo en silencio, como podrían cantar Standstill, Barcelona sobrevivirá gracias a él.

lunes, 9 de mayo de 2016

Surfeando


Barcelona, 8 de mayo del 2016
Hay quienes se pasan la vida esperando. Se quedan mirando frente al mar esperando que las olas les lleven. Una vez que eso sucede, intentan llegar a la orilla de nuevo sin ahogarse demasiado. Pero también están los surferos, los que cogen su tabla, se meten en el mar en pleno oleaje y solo esperan coger la ola más grande, para subirse a ella y llegar a la orilla en pie. Si caen, vuelven a levantarse para encararse a la siguiente ola, y aunque lleguen en pie, vuelven a meterse en el mar para enfrentarse a la corriente. Ellos sí saben cómo vivir la vida, sin quedarse al margen y enfrentándose a sí mismos. Vivir es surfear, es mirarse en el espejo y reconocerse.

lunes, 2 de mayo de 2016

El brillo de los ojos


Nació en primavera en una noche lluviosa. En la casa de al lado los vecinos lloraban por la muerte del abuelo; en su casa, en cambio, lloraban de alegría por su nacimiento. Decidieron ponerle Felicidad y desde muy pequeña corría para escaparse de todos aquellos que iban tras ella para atraparla.

Felicidad se enamoraba con facilidad, pero poco tardaba en escaparse. Odiaba sentirse perseguida. Se aburría de todos aquellos que se inventaban mil excusas para no enfrentarse a ellos mismos; así no podrían retenerla jamás. Se reía de aquellos que se jugaban con la suerte estar a su lado y no a través del esfuerzo.

Hace poco, te miré a los ojos. Seguían siendo claros, ese azul que se confunde con el mar. Corrías tras ella y te dabas de bruces una y otra vez. Pero ese día en ellos había algo diferente. Te habías dado cuenta de que a Felicidad no se le atrapa, solo hay que disfrutarla a través de las pequeñas cosas. Está ahí, mientras cantas a ritmo del rock 'n' roll de Bruce Springsteen, coges conchas en la orilla del mar una tarde de domingo o comiendo aquello que has aprendido a cocinar. Justo ahí, en esa satisfacción, en ese pequeño triunfo. Y es que Felicidad siempre fue de la mano -aunque haya a quien le cuesta verlo- de Valentía. Esa valentía que está en hacer algo por primera vez. Esa gran valentía que solo encuentra aquel que se enfrenta a sí mismo; entonces, empieza a ganar batallas. Así es como los ojos de Felicidad brillan, también los míos.

lunes, 25 de abril de 2016

Hidalgo

Pintura extraída de Google Imágenes

Cada año la primavera trae a Barcelona historias de dragones, caballeros y princesas. Las calles quedan cubiertas por el olor a rosas y libros. Te miro y sonrío. Bien sabes que aunque me trates como tal, no soy ninguna princesa, pues poco tardo en izar la bandera de la república. Pese a ello, insistes. Y yo vuelvo a sonreír porque sin escudo alguno has sido capaz de apuntar con la lanza a tus dragones. Siento orgullo de ti. No busco a ningún caballero andante, ya que admiro a los locos hidalgos que cabalgan a lomos de rocinantes y se enfrentan a gigantes con forma de molinos. Así que sigo mirándote mientras continuas cabalgando. Y vuelvo a sonreír.

lunes, 18 de abril de 2016

La vida en domingo


El calor era sofocante, aunque solo fuera primavera. El mar se mecía con calma, así que los marineros no dudaban en alzar las velas para navegar, mientras tanto, la orilla se llenaba de gente que decidía darse el primer baño de la temporada. Los domingos tienen ese no sé qué capaz de parar el tiempo, haciendo que la vida parezca una fotografía, un instante inmóvil. Sin embargo, en un ataque de valentía decidimos abandonar la sombra, bajar a la arena y quemarnos los pies para formar parte de la escena. Sonreímos. Vivir consiste precisamente en eso, aprendemos: darle movimiento a nuestras propias fotografías.

domingo, 10 de abril de 2016

Bienvenido a mi revolución


Llega la primavera y el mundo arde. Las plazas de París, Islandia y Lisboa empiezan a rugir, mientras seguimos mirando atónitos a Panamá. A los que huyen de la guerra, en las malditas fronteras, les gasean y la indignación ante el televisor aumenta. Vuelve la rabia, vuelve la ira, vuelven las ganas de revolución, que florece como los cerezos en el Valle del Jerte.

El mundo sigue desmoronándose, y sin embargo, se nos ocurre florecer como esos cerezos que atraen a los turistas hasta la bella Extremadura. Nos cogemos fuerte de la mano bajo una mesa y nos atrevemos, al fin, a cumplir todas las promesas que nos hicimos. La revolución, está claro, nace en primavera.

martes, 5 de abril de 2016

Cuídate, nos debemos la vida


Las bocas de metro nos escupen a diario hacia nuestras rutinas. Tras nueve horas de trabajo para ganar un sueldo miserable, nos vuelven a acoger para mecer nuestro cansancio. Pero los viernes nos empujan a la vida. Aquel viernes, el último que ella podía recordar, llovía a cántaros. Sus lágrimas se mezclaban con las gotas que caían del cielo. Ella temblaba porque el miedo le vencía. Pero encontró el refugió de sus brazos, como otras tantas veces, y, así, le dio una patada al miedo. 

Horas después, ella volvió a escuchar aquel verso de un gallego de pelo largo: "Cuídate, nos debemos la vida" y sonrió. Volvieron a prometerse una vida y media, esta vez siendo valientes, esta vez siendo ellos, suicidando, al fin, en las vías del metro sus miedos. Entonces, vivieron.