lunes, 15 de agosto de 2016

Pájaros de barro


Nos conocemos desde hace mucho tiempo, aunque a veces seamos las mayores desconocidas. Me has acompañado en cada viaje, has tocado todas las pieles que mis manos han acariciado, has visto el mundo a través de mis ojos y has llorado al escuchar las mismas canciones que yo. Pero a veces te miro en el espejo y no te reconozco. He cambiado mis miedos y mis prioridades.

A veces, ya ves, tengo la sensación de ser completamente invulnerable. Entonces, miro lo que tengo a mi alrededor y siento miedo, miedo a perderlo, y me convierto así en un ser frágil que solo busca un abrazo. ¿Quién nos lo iba a decir que un hombre nos haría invencibles a la vez que frágiles?

Sobre el amor se ha escrito mucho, así que nada nuevo puedo escribir ni decirme a mí misma cuando me miro ante un espejo. Intento entender los cambios en mí, en mi perspectiva, y como ves, ni siquiera yo me reconozco. Ahora soy fuerte, y lo soy de verdad, porque tengo mucho que perder. Ahora sonrío sin un aparente motivo y al levantarme busco su cuerpo a mi lado. Ya no hay rastro de muchas de las cosas que fui y no me gustaba ser. Incluso soy capaz de hacer pájaros de barro que vuelan muy, muy alto.

lunes, 8 de agosto de 2016

El abandono del cadáver


"Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy".
 Alejandra Pizarnik

Y, poco a poco, perdí el miedo. Poco a poco, empecé a pisar fuerte, sin importarme el estruendo que provocaban mis pies descalzos. Me levanté para temblar en tus brazos, para vibrar con la vida, para mirar los ojos de aquellos que tienen algo que contar y perderme en las páginas de los libros que caen en mis manos. Dejé tirado en la cuneta mi propio cadáver porque el mundo y tú me esperabais. 

Esta noche en la que la canícula se folla al insomnio para arrebatarme caer inconsciente y perdida entre las sábanas, levanto mis espadas ante todos aquellos cobardes que culpan a los otros de las consecuencias de sus actos, los mismos que utilizan la maldad para intentar rompernos. No, me niego. Porque en el abandono de mi cuerpo, ellos nunca formaron parte de este plan. Antes mi plan; ahora, nuestro plan.

martes, 2 de agosto de 2016

La salida del laberinto


El conejo le preguntó a Alicia de qué servía correr tanto por el laberinto. La muchacha se encogió de hombros y se quedó en silencio. El conejo no entendía la actitud de Alicia, pues de sus prisas había pasado a la quietud. Ella sonría sin más, aparentemente; él intentaba comprenderla. Hasta que de repente Alicia rompió el silencio:

-Tengo miedo, señor Conejo. Nunca había sentido esa sensación. De niña tenía miedo de los monstruos que se escondían en el armario. Ahora sé que no existen, pero tengo miedo.

El conejo sonrió a la muchacha:

-Te has hecho mayor, Alicia. Como ves, correr por el laberinto no sirve de nada. El miedo siempre nos atrapa, por más que le intentemos marear, pero nos es útil si sabes cómo aplicarlo. Es uno de lo motores más potentes que existen: o nos empuja a avanzar o nos paraliza.

A Alicia se le escaparon las lágrimas:

-Señor Conejo, no quiero quedarme quieta. Usted me dijo hace unos meses que estaba cansado de ver a otros pasarlo bien mientras les observaba. Yo quiero ofrecerle eso, quiero que vibre con la vida, pero a veces creo que fallo y no sé cómo hacerlo. Le amo tanto que creo que la mayoría del tiempo lo hago mal.

El señor Conejo besó con ternura a Alicia, le cogió fuerte las manos y, pese a tener un poco de enfado, supo cómo calmarla:

-Querida, estoy aquí. Quiero que seas libre y salgas del laberinto. Saldremos juntos de la mano porque yo me quedaré aquí. No tengas miedo, deja que digan porque tú tienes todo lo que otros desean. Sé fuerte, porque en la vida no nos queda otra. Eso también es vivir.

Alicia y el señor Conejo se besaron. Ella sabía que era el sapo del cuento y estaba orgullosa de ello. Nunca quiso ser princesa, solo quiso salir de aquel laberinto. Y lo consiguió porque el señor Conejo agarró fuerte su mano y supo que aquella historia, aunque sin perdices, era para siempre.

lunes, 25 de julio de 2016

Fue por una rubia loca


Nunca soñó con pisar la luna. Más bien, prefería caminar con calma por las calles oscuras y desiertas que la gran urbe regala si te empeñas en conocerla. No soñaba jamás con piratas ni sapos, y mucho menos con príncipes aburridos, sino que corría por los cuerpos de los hombres que la soledad regala en las barras de los bares. Cabalgaba sin opción de detenerse, creyendo que la locura jamás sería lo suficientemente atractiva como para sobrevivir en ella. Tenía miedo, claro está, de la realidad. Bailaba sola, como en aquella canción de Los Rodríguez, así que como a la protagonista, también le gustaba que se la echaran a suerte.

La vida es fácil cuando nada nos une a ella. Cuando no tienes en quién pensar al levantarte ni al acostarte, y si lo piensas, que sea eso, un simplemente pensamiento contra el que luchar. ¿Pero de qué sirve? El filo entre la cordura y la locura a veces se difumina tanto que ni existe y empeñarse en ser demasiado cuerdo o demasiado loco nos agota y nos convierte en simples ovejas que siguen a un rebaño u otro.

Suena el teléfono. Es él. Ella sonríe y siempre se le corta un poco la respiración cuando le escucha, por mucho que pase el tiempo. Se despiden con un "te quiero" hoy que no comparten cama. Ella sonríe mientras mira fijamente a la luna. También cae en la cuenta de que nunca más quiere bailar sola.

martes, 19 de julio de 2016

Fantasmas


Ahí está. Vuela a tu alrededor y sientes un escalofrío por todo el cuerpo. Te mira fijamente a los ojos y te paraliza. Dudas del presente y te bañas en su recuerdo. Pero es un fantasma, no es más que eso. Te levantas de la silla y miras a tu alrededor. Ha desaparecido. Respiras, pero sientes la nostalgia penetrándote en cada hueso, en cada músculo.

Hay quien me dijo una vez que deseaba vivir, que estaba cansado de observar a los demás disfrutando de la vida. Sentí un cierto orgullo porque quisiera compartir ese deseo conmigo. La vida, claro, consiste en vencer pequeñas batallas diarias de fantasmas, esqueletos y pieles muertas. Es eso que te espera cuando sales de tu zona de confort, cuando decides levantarte del sofá. Está en otras tierras, en otras manos, en otros ojos. Está cruzando el semáforo de tu calle, cuando siento esas mariposillas en el estómago al volver a verte, aunque apenas haga unos minutos desde nuestro último encuentro.

Nos sentamos en una terraza. En la mesa compartimos comida gallega. El vino y la cerveza riegan nuestros cuerpos sudorosos por la canícula. Pasa la gente por nuestro lado. Ahora son ellos quienes nos miran. Volcamos nuestros miedos el uno en el otro; después, nuestros deseos. Sabemos que bailaremos en la oscuridad con nuestros fantasmas, que el miedo nos cogerá de la mano algunas tardes tontas e, incluso, puede que a veces nos venza. Pero nos miramos y todo empieza de nuevo. No brindamos porque no nos hace falta, pero nos ofrecemos mutuamente un trozo de pan. Ahí, ahí está la vida.

martes, 12 de julio de 2016

Que la vida iba en serio


"Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde", escribió Jaime Gil de Biedma. Y así es, llega un día en el que empiezas a comprenderlo y a intentar tomar las dimensiones del teatro del que habla el poema. Llega una noche en la que el miedo te recorre y paraliza cuando un individuo te roba la cartera y una parte de ti en las escaleras de una estación de metro. La cabeza revive una y otra vez la historia, sin embargo, siempre cambia. No sabes si corriste o te quedaste quieta conteniendo la respiración. Apenas recuerdas si era gordo o flaco ni las palabras exactas que te dijo.

Te obligan a recordar. Y tú solo te ves perdida en la gran inmensidad. Entonces, vuelves a sentir miedo. Te preguntas qué ha cambiado para que ese miedo te recorra cada vertebra y te acelere el corazón. Es ahí cuando caes en la cuenta de la primera llamada que haces cuando tienes miedo. Ahí está su nombre en el registro de llamadas. Sigues recordando y piensas en lo que eras antes, de la vuelta como un calcetín que te ha dado, de lo que ha hecho contigo, con tu vida, con tus amigos. Relees esos mensajes que me piden que le cuides, que tiene pinta de que esta es la buena. Sonrío y decido mostrarme humana; no soy una roca. Tengo miedo porque, ahora sí, tengo algo importante que perder.

A veces, ya ves, también me rompo. Pero quién te iba a decir, porque nunca me hiciste caso en esto, que ibas a tener la fuerza suficiente como para cogerme de la mano y volar, para recoger cada pedazo de mí e ir colocándolo con paciencia en su sitio. Quién nos iba a decir que serías mi número de teléfono favorito para una emergencia y que me recordarías cada vez que se me olvide que puedo, que soy fuerte, y que pese a que la vida vaya en serio, levantaremos cada día el telón.

lunes, 4 de julio de 2016

Kamikazes


A menudo solía pensar que el amor es el castigo que se impone a los que no sabemos estar solos. Huía de él a toda velocidad, pero no había forma de acabar la carrera sin alguna cicatriz. Más tarde entendí aquella frase de Hemingway que decía que "El mundo nos rompe a todos, mas después, algunos se vuelven fuertes en lugares rotos". Y posiblemente no haya mejor descripción para el amor, pues parte de la recomposición de uno mismo, de aceptar que el otro nos puede hacer añicos en cualquier momento y, sin embargo, reunir el valor suficiente como para tirarte de cabeza, como un buen kamikaze, a los brazos del otro.

Hoy, compadezco a todos aquellos que no son capaces de reunir el suficiente coraje como para dejarse llevar, aceptando todos los miedos y heridas que ello supone. Qué pena de todos aquellos que se cierran a un amor de esos que te hacen perder la cordura. Lánzate al vacío, siempre hay puntos de sutura suficientes en su cuerpo.

miércoles, 29 de junio de 2016

Solo un segundo, toda una vida


Crack. Solo un segundo. Ese tiempo es el necesario para que un hueso del cuerpo se rompa. 

El metro está lleno y el dolor recorre todo mi cuerpo. Escucho su voz y su risa al otro lado del teléfono. No hay mejor analgesia.

Solo es necesario un segundo para saber quien es la persona con la que quieres pasar el resto de la vida: la misma que te reconstruye hueso a hueso.