jueves, 11 de agosto de 2011

Vida

El verano pasado empezamos a ver a un pájaro volar por el patio interior. No le dábamos más importancia y cerrábamos las ventanas para que no entrase. Hace un par de días mi madre descubrió porqué este verano hay dos pájaros revoloteando: en la tubería de nuestro váter hay un nido con dos polluelos. Mi madre, una sentimental, dijo que eso había que quitarlo de ahí para que dicha tubería no se pique y porque la ventana de mi estudio está llena de cagadas. La miré con furia, lo reconozco, y le dije que ni se le ocurriera quitar el nido de ahí hasta que esas dos criaturas no echaran a volar. Finalmente, y aunque parezca mentira, logré llegar al corazón de la señora que me parió. Y ahí están los dos chiquitines, ahora mismo con el pico abierto porque su mamá les está trayendo comida. Me paso las horas mirándoles y pensando en lo maravillosa que puede llegar a ser la Naturaleza y lo gilipollas que somos los humanos. Tanto la madre como el padre se pasan el día en busca de alimento para sus crías y reparten lo que encuentran sin privilegios y con mimo. La fémina, cuando oye a algún vecino asomarse y vislumbra a alguien contemplando a sus retoños, revolotea  para asustarnos, pero jamás han entrado en ninguna casa, saben que se meterían en la boca del lobo; sí, como decía antes, los humanos somos gilipollas. También es ella la que se queda por las noches cuidando del sueño de ambos polluelos. Se coloca en un mini tubo, justo debajo del nido, y desde ahí, una vez que los chiquitines ya se han dejado llevar por Morfeo, ella, tranquila, sueña con ver crecer a sus hijos sanos, igual que cualquier madre.

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