viernes, 23 de septiembre de 2011

1.269

Anteanoche fui siguiendo la ejecución de Troy Davis minuto a minuto vía Twitter, igual que miles de personas a lo largo y ancho del mundo. La esperanza reinó durante varias horas con las afirmaciones de periodistas americanos que triunfantes informaban que se había parado la ejecución. Los mensajes de alegría plagaron la red social y desoímos a los que aseguraban que tan sólo estaban alargando su agonía. A eso de las 4.30h de la mañana me fui a la cama con la esperanza de que cuando abriese los ojos, Davis no hubiera cerrado los suyos para siempre.


A las 7h me levanté rápidamente de la cama y me planté delante del ordenador. Entré en El País y vi en portada que le habían matado. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y la impotencia afloró por cada poro de mi piel. No entiendo cómo el país más poderoso del mundo sigue viviendo en la Edad Media. Antiguamente, se quemaba a la gente en hogueras, ahora se mata con una inyección. 


Gandhi dijo que “ojo por ojo el mundo se quedará ciego” y no se equivocó. A Troy Davis los EE.UU le han matado sin ni siquiera saber si era culpable. Imagino que los que han permitido esto son los mismos que se llevan las manos a la cabeza cuando en los telediarios a la hora de comer nos muestran una lapidación.  


Davis no quiso ninguno de los que sus asesinos denominan “privilegios” (la última cena, despedirse de su familia o tomar un calmante para sobrellevar sus últimas horas). Murió después de mirar a los ojos de los familiares del policía al que Estado de Georgia supuso que mató, asegurándoles que él era inocente y que el verdadero asesino aún estaba en la calle. Nadie le escuchó, nadie tuvo clemencia.


Ojalá Troy Davis no sea simplemente el asesinado 1.269 desde que en 1976 se reinstauró la pena de muerte. Ojalá no se convierta en un simple número, en uno más. Ojalá sea él el que cierre esta lista negra de la vergüenza humana.

2 comentarios:

  1. Tal como va el mundo, vuelve la barbarie. Nos esperan 1000 años de oscurantismo

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