jueves, 24 de noviembre de 2011

La chica del dibujo

El pintor
La pintaba como si fuera el amor de su vida, aunque no se conocían de nada. Yo escuchaba poemas y escogía los versos que pintaban a la chica del dibujo y a su retrato. Él no le quitaba ojo y se lamentaba cuando el libro que ella leía tapaba sus facciones. Ella, morena y delicada, se perdía entre libros y apuntes sin percatarse de que acababa de entrar en su cuaderno de pasajeros desconocidos. Él ennegrecía absorto el rostro de la joven muchacha para acercarse más a la realidad; yo le fotografiaba mientras envidiaba su pasión. Nunca he sabido dibujar, por lo que me convertí en el hazmerreír de mis profesores de plástica. Recordé aquellos momentos mientras el pelo de la chica tomaba forma sobre el papel.

Ella comía un bocadillo, creo que de jamón, y él la devoraba con los ojos. No era una tensión sexual lo que se palpaba, sino una tensión artística, la del pintor y su musa. Ella volvió a meter su cabeza entre los libros y él, desesperado, miró hacia atrás. Allí estaba mi mirada perpleja ante tan bello espectáculo. Sonreí al verme descubierta como vía de escape. Él me sonrió y con su sonrisa me rogó que guardara su secreto. Pocos minutos después, el revisor también se convirtió en cómplice cuando le hizo pagar el billete que no compró en ninguna estación.

Ambos nos mirábamos con la confianza de dos desconocidos que comparten un mismo camino. Me pidió que me quitase mis auriculares para susurrarme con un catalán cerrado: “tus ojos son extremadamente bellos a la par que tristes. Un lápiz sería incapaz de copiar tanta melancolía.” Me quedé muda y sonreí para aguantar las lágrimas que se empeñaban en salir. Volví a ponerme los auriculares por tal de no escuchar más susurros y así contemplar cómo el lápiz oscurecía sus dedos.

Acabó el retrato y me lo mostró para que le diera mi aprobación. Asentí y sonreí. La musa seguía con sus quehaceres sin enterarse de que estaba protagonizando la escena más emocionante de aquel rutinario tren. De repente, ella empezó a recoger y se puso un aparatoso abrigo. Él no podía dejar de mirarla mientras guardaba su cuaderno y su lápiz. Llegamos a la  penúltima estación del trayecto. Ella se puso en pie y a él se le iluminaron los ojos. El pintor dejó que ella se perdiera entre la gente que bajaba del vagón para levantarse y también salir, no sin antes volver a dedicarme una mirada y guiñarme un ojo, sellando así el secreto de su arte.

4 comentarios:

  1. Qué bonito, madre mía. Ese tipo de momentos son los que hacen la vida real entre tanta comunicación virtual!!
    Un beso!

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  2. Ha sido extremadamente emocionante.

    Besos.

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  3. Poti, qué bonito!!!!!!!!!!!!!!

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