miércoles, 23 de noviembre de 2011

Minibalcón

Vistas desde el minibalcón
Anoche me escocía estar en la cama. Cuando las campanas de la catedral tocaron las 3 a.m., me levanté de un brinco. Salí al minibalcón de la habitación y respiré el frío de la noche. La calle estaba tranquila y oscura. La única luz provenía de la catedral que se dibujaba a mano derecha radiante como cada noche. Todos dormían: el piano de Paco, el chico de arriba, no sonaba con su dulzura habitual; los bares y comercios de abajo estaban cerrados, lo que me robó poder escuchar retazos de conversaciones ajenas y la pareja que siempre se despide a la misma hora cada tarde, no estaba.

Hacía frío y mi cuerpo tiritaba. Realmente no sabía qué hacía ahí; todavía no lo sé. Me sentía cansada mientras me tocaba la tripa palpando los nuevos kilos que he cogido. Recordé las palabras de mi madre cuando le dije al mediodía que ya le había comprado el décimo de lotería que me encargó, acabado, por supuesto, en trece. Me sentí triste y lloré mientras el viento rozaba mi cara  y mis piernas desnudas. Al secar mis lágrimas escuché un ruido. Instintivamente miré hacia la puerta de la habitación. La semana pasada tuvimos que estar encerradas porque un enfermo mental habitaba en nuestra planta. El pobre hombre se confesaba cada día con su amigo invisible a la hora de la comida y le contaba cómo nos iba a matar a todos.

Volví a cerrar con cuidado la puerta del minibalcón mientras las campanas anunciaban esta vez las 3.45 a.m. Las lágrimas en ese momento fueron más intensas y el frío dolía en todo mi cuerpo. El dolor de cabeza, persistente desde el domingo por la tarde, palpitaba con fuerza. Miré de reojo cómo dormía profundamente, desnuda y abrazada a su pareja, mi compañera de litera. Sonreí al darme cuenta de la suerte que tuvo al poder compartir la noche de su cumpleaños con la persona que más quiere y deseé que fuera plenamente consciente de ello.

Cuando las campanas repicaron cuatro veces, me volví a meter en la cama muerta de frío y de dolor. Sobre la camiseta del pijama me puse la del chándal, aunque seguí sin pantalones; nunca he sabido dormir con ellos. La música sonó fuerte en mis auriculares y mi lengua saboreó el sabor amargo de una cama que por muchas noches que pase en ella, no es la mía. Escuché dos campanadas más y me dejé llevar por Morfeo hasta que el ajetreo matutino de mis compañeras me devolvió a un mundo que cada día comprendo menos.

5 comentarios:

  1. El frío es experto en hacer que nos demos de bruces con la realidad. Hace que se nos despeje la mente y que solo podamos sentir. Espero que estés bien.
    Besos!

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  2. Me encanta el invierno, por algo será...

    Gracias por tu comentario ;)

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  3. Emocionante como siempre.

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  4. Qué bonita es la catedral de Girona!!!!!!!!!!

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