jueves, 19 de enero de 2012

Miedo y odio

Fotografía extraída de Google Imágenes
Cuando tengo miedo soy incapaz de dormir y la ansiedad reina en mí. Saber que me tengo que enfrentar a aquello que me atormenta siempre es un reto. Esta mañana el frío me cortaba los labios, me dejaba sin respiración  y regaba el miedo que crecía sin que nada ni nadie pudiera detenerlo. Llegó la hora de la verdad y mis piernas empezaron a temblar, también creí firmemente que iba a perder la consciencia en cualquier momento. Cerré los ojos por primera vez en 48h y me di cuenta de que respiraba agitadamente por la boca y las manos a duras penas podían sujetar un papel. Acabó la función y quise correr pese a que mi cuerpo estaba completamente inmóvil.  Los falsos de mis labios, por su parte, sonreían a los ojos que los miraban. Después, un café y una excusa para marcharme antes de tiempo.

Prepararte para enfrentarte al miedo es una lucha desgarradora, pero enfrentarte al miedo sin previo aviso duele como si te arrancaran la piel a tiras y después te echaran sal en las heridas. Hoy me crucé con la risa con la que llevo una semana teniendo pesadillas. Volvió el odio que sentí por primera vez la semana pasada, la vergüenza y la humillación. Vi un rostro ex desconocido junto a otros desconocidos que se reían por conocer mi secreto. Volvió el miedo, la ira y la rabia. Volvieron las ganas de llorar, pero me faltaron fuerzas, así que el salitre frustrado de éstas hizo que las heridas del alma escocieran más. Intenté mantener la cabeza alta mientras la respiración volvía a alterarse y mi boca era incapaz de coger todo el aire que necesitaba. Pese a todo, me he reafirmado en aquello que siempre he creído y defendido: no sirve de nada odiar. Con el odio no se cierran heridas, sino que se abren y sangran hasta llegar a desangrarte. El dolor y el miedo hoy ganaron la batalla, pero el odio se quedó en la cuneta del olvido.