jueves, 16 de febrero de 2012

Cuando el tiempo se para

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí.

Cuando un reloj se para, una sensación de extraña congoja recorre mi cuerpo. El domingo, por primera vez, se paró mi reloj de muñeca. Andaba por las calles de Sants arrastrando una maleta rota, el cansancio, diversos fracasos y también el frío. Algunas gotas de lluvia cayeron, quizá en duelo por la nevada fallida de la madrugada anterior. Miré el reloj para saber el tiempo que me quedaba para pasear. Él me marcaba las 17.40h y 25 segundos, así que seguí paseando tranquila. Al rato, otra vez, eran las 17.40h y 25 segundos. El tiempo se convirtió en algo inamovible, en eterno por primera vez, pero solo en el mundo del reloj de mi muñeca porque todos los demás seguían marcando las horas, los minutos y los segundos, así que tuve que correr para coger a tiempo el tren.

En el trayecto fui recordando momentos en los que me hubiera encantado que el tiempo se parase, quizá fueron momentos en los que mi mundo, y no el del reloj de mi muñeca, se paró para que disfrutase, aunque realmente me parecieron demasiado efímeros. El tiempo juega así con nosotros, nos maneja a su antojo. Cuando estamos a gusto pasa excesivamente deprisa, en cambio, cuando deseamos que corra, le gusta emular a las tortugas.

Ahora tengo el reloj entre mis manos. Sigue parado en las 17.40h y 25 segundos. Intento recordar qué pensaba en ese momento, por qué calle paseaba exactamente, qué canción sonaba en mi Ipod o si me crucé con alguien en ese instante y qué aspecto tenía. Deseo que pronto vuelva a correr el tiempo en él y yo pueda parar mi tiempo cuando guste.

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