lunes, 5 de marzo de 2012

Sobrevivir en la ciudad

Correr sin metas, sin que el tiempo tenga valor y sin respirar. Nos hacemos viejos, sin embargo, las ciudades rejuvenecen a base de hormigón y de nuevos habitantes que las hacen menos hostiles, aunque por las noches, en la soledad de cada cama, nacen aullidos que el tráfico y el tumulto consiguen acallar, y si los escuchamos, miramos hacia el otro lado; rechazamos el dolor, por lo tanto, el tenderle la mano al otro. Dejamos de ser nosotros para perdernos entre una masa en la que sin rebuscar demasiado encontramos a los que lloran por la pérdida de un trabajo, de una casa, de una guerra lejana, de un amor o de un hijo. El dinero, el gran capo de la vida, nos maneja como si fuéramos hijos de un afable carpintero. Decimos que estamos bien y sonreímos cuando nos preguntan “¿qué tal?” por educación, pero nuestra nariz crece desorbitadamente para sacar a relucir los surcos que tallan nuestras lágrimas. En definitiva, intentamos sobrevivir en ciudades que tienen más radiotaxis que sentimientos. 

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