viernes, 10 de agosto de 2012

Carta a mi abuelo

Ayer hizo dieciséis años que te marchaste y yo fui incapaz de escribirte como otras tantas veces. Dicen que el tiempo te hace olvidar, que cierra heridas, pero yo cada vez te echo más de menos. Cada vez soporto menos ver a la gente que quiero fumar, me vienes siempre a la cabeza, también tus pulmones carbonizados por llevar toda la vida pegado a un cigarrillo.

Abuelo, me dicen que me parezco a ti en eso de ser capaz de tirarme horas mirando “una piedra vieja” o cualquier cosa que venga del pasado. Mamá, cuando me pregunta por mis amigos y le digo que la mayoría son, como mínimo, veinte años mayor que yo, me mira fijamente y suspira “como tu abuelo, igual que él”, después, sonríe. Creo que ella comparte mi pensamiento de que contigo todo podría haber sido diferente; ambas hubiéramos tenido tus hombros para apoyarnos cuando las cosas más importantes, las de dentro, no van bien. Quizá contigo hubiéramos sido más fuertes porque tú lo eras, siempre con tu sonrisa protagonizada por tu único y querido diente.

Te echo de menos, abuelo. Creo que hace tiempo que volvió mi yo de los seis años, dos años después de tu muerte. Cuando moriste me lo dijeron, afortunadamente, sin eufemismos, pero yo no pude entenderlo, seguramente, no quise. Creía que al año siguiente, cuando volviera a Granada como cada verano, me esperaría tu abrazo y tus besos, también los globos y los carteles de bienvenida, pero todo eso nunca volvió. Dos años después de tu muerte tuve una competición de patinaje y yo le supliqué a mamá que tú estuvieras. No supo explicarme el porqué de tu ausencia, simplemente me decía que desde el cielo estarías conmigo y me verías. Recuerdo aquella pataleta y cómo le reproché a mamá que yo no te quería en el cielo, que te quería allí, a pie de pista animándome para que corriera más. Supongo que a partir de ahí nació mi ateísmo, perdóname. Corrí con rabia, abuelo, y sí, les gané a todos, hice una carrera perfecta, pero no importó porque simplemente tú no estabas allí para celebrarlo. Y te digo que esa niña ha vuelto porque cada vez te necesito más. A veces nos imagino hablando, te cuento todo, te explico que soy incapaz de raptar al hombre que amo, tal y como tú hiciste con la abuela, y que me cuesta ser feliz, y tú me abrazas, me secas las lágrimas y el mundo parece menos malo.

Aunque digan que tú no entendías de política y que pasabas de todo ese tema, sé que estarías orgulloso de mí. Dicen eso de ti, pero realmente son ellos los que no tienen ni idea. ¿Cómo no ibas a saber tú de ese tema si viviste la guerra, la postguerra (el hambre), el franquismo, la fallida transición y esto que llaman democracia? ¡Claro que sabías! Pero sufriste demasiado, como todos los de tu edad. Mamá y papá pocas veces me entienden cuando hablamos de política o de problemas sociales porque creen que es absurdo, incluso injusto, defender a aquellos que menos tienen, como los inmigrantes, y es que papá parece haberse olvidado de que sus padres, mis otros abuelos, tuvieron que irse a Alemania a trabajar lo que no está en los escritos y vivir en pésimas condiciones simplemente para sobrevivir. Mamá en esto también me dice que soy como tú, que me dejo la piel para ayudar a los demás y muchas veces me olvido de mí, pero yo creo que es lo contrario. Abuelo, me siento realmente bien cuando ayudo aquel que está a mi lado, no he aprendido a mirar hacia otro lado y no quiero hacerlo. No sé qué pensarían mamá y papá si supieran que a veces compro paquetes de lentejas y se los doy a aquellos que deambulan hambrientos por los alrededores de los supermercados, pero estoy convencida de que  tú me entiendes.

Tengo que despedirme ya, mamá me está pidiendo desde hace un rato que la ayude en la cocina. Dentro de unos días volveré a Granada, pero desde que tú te fuiste, la Alhambra está triste porque ya no hay nadie que encima de su terraza construya otra para admirarla mejor; tampoco está  Morente para cantarle. Sé que no podré engañar ni a mamá ni a las titas para que me dejen entrar en tu casa y perderme por tu taller. En casa seguimos conservando lámparas, mesas y figuras que tú hiciste con tus manos. No sabes lo orgullosa que me siento de ti y de tu arte. Eras un artista con el hierro, en Graná aún te recuerdan y a tu entierro fueron muchos de los que te admiraban, tanto como persona como artista. La abuela a escondidas me cuenta que era tu ojito derecho porque no le tenía miedo a nada, sin levantar medio palmo del suelo me iba contigo a coger los huevos de las gallinas y si me picaban, tú les dedicabas todos los tacos que te sabías, que no eran pocos, y que yo repetía como un loro para el enfado de mamá y las risas del resto, sobre todo las tuyas. Cogiste un avión por primera vez para mi primer cumpleaños porque decías que no podías ni querías perdértelo, y hasta este momento, nunca nadie más ha dado más de doscientos pasos por mí, como dice la canción de Standstill, un grupo de aquí de Barcelona que a mí me encanta. Abuelo, gracias por dejar que me parezca a ti.

Te quiere,
tu nieta.

1 comentario:

  1. Iii que bonito te acompaño en el sentimiento sigue pensando igual madre que las cosas tarde o temprano se superan igual mi abuela se murió a mi lado y lo termine de superar tranquila y animo

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