miércoles, 12 de septiembre de 2012

Ayrton Senna



Documental altamente recomendable, tanto para los frikis del motor, como es el caso de la que escribe, como para los que no lo seáis. Al llegar a casa no pude evitar releer el maravilloso poema que Mariel Manrique le dedicó:

Yo te amé en la curva de Tamburello.
No era un buen lugar, lo sé.
Dios se retira en la curva cerrada de Tamburello.
Pero hay que amar aun contra todo pronóstico,
mientras Dios contempla el desastre desde boxes,
con el uniforme de la escudería y la espalda tiesa
en su silla de ruedas.
Sabía que mi máquina no era muy segura.
Yo te amé sin estar segura, de nada.
Con mi máscara antiflama de momia egipcia,
de anónima quemada, de recién operada del cerebro.
Llevaba las piernas en horizontal, hacia adelante,
como dos arbolitos aplicados,
que se esmeran por no estar nerviosos
y están tan rígidos como si estuvieran muertos,
tan obedientes que no pueden soltarse ni salir
de la cabina, de la cuna, del féretro donde se han metido.
Yo te amé en la curva cuando no llovía
(y mi especialidad era conducir bajo la lluvia).
El cielo hacía una tremenda vertical,
corría a toda velocidad hacia mis ojos,
era una pared de cielo.
Yo parecía volar pero estaba quieta.
Solo movía los brazos en el momento exacto,
para evitar salirme de la pista,
entregada al cero del volante,
a esa corona, a esa certeza humilde
a la que me aferraba
como si fuera mi madre, o una vida
donde las madres son jóvenes y cuerdas
y pueden leer la desesperación de esto que somos,
guardarse el karting para otro hijo varón,
retirarnos airadas del entrenamiento,
bellas y enfurecidas, rescatarnos
del lobo de la curva de Tamburello.
Yo te amé durante toda esa noche,
recorté figuritas y las pegué en el álbum,
me dibujé en la frente la inhallable,
la que nunca te sale aunque cambies de barrio
para encontrar el sobre de la divina providencia.
Yo te amé aunque supiera
que las figuritas salen de una fábrica,
que no hay azar sino cálculo en las fábricas
donde tosen los niños
que después no pueden soltarse ni salir,
piensan que hay que pagar un precio terrible
para tener un cuaderno y un oficio,
entregar algún órgano a cambio de un poco de respeto,
una muda de ropa y esas cosas
que de pronto se vuelan como el techo de una casa
en el tornado de la curva de Tamburello.
Mi padre confía en que encabece el pelotón,
mi hermana me acaricia el pelo que brilla,
me hunde la mano en el pelo y lleva
mi cabeza hacia atrás, dice que ella no tiene miedo.
Pero yo sí. Ya le avisé a Dios. Ya le conté
que está máquina tiene un serio problema de estabilidad
(como si no supiera, como si no la hubiera diseñado al milímetro).
Los machos se calzan sus cascos, escupen el cemento, se pasean,
compiten por el favor de sus sponsors.
Me cubro la cara con las manos.
Dejo que me vistan, que me entuben.
De algún modo he pedido la curva de Tamburello.
Yo te amé con las cartas marcadas y fue mi decisión
acelerar en la curva, no lo culpes a Dios porque no estaba
cuando me puse este cuerpo que me dio.
Ves que no tengo marcas, no me quebré ni un hueso,
salí sin un solo hematoma, sin una sola herida cortante,
húmedo y tierno como un recién nacido,
alzado en helicóptero, dormido,
retirado del daño de Tamburello.
Ya no me pego al piso, ya no estoy a ras de la tierra.
Yo te amé con una pieza mecánica
atravesada en mi cráneo de muñeca.
El amor se puede tocar, es como una placa de titanio.
Te he visto inclinarte sobre mí,
deshacer la materialidad del amor,
hacerlo estallar, hacerlo esquirlas
que saltan y cruzan el foso
que separa a la pista de los débiles.
Para que algo sintiera de ese polvo,
de ese horroroso impacto contra un muro,
que algo me sostuviera en ese choque frontal
contra los huérfanos,
los desterrados de todas mis edades.
Pero el amor es un hilo cortado
a la altura de la curva de Tamburello.
Qué fue lo que viste que jamás podrás contarme.
Qué fue lo que no viste, lo que no estaba ni siquiera ahí.
De algún modo debiste sonreír aunque no hubiera nadie.
Yo te amé sin haberte conocido,
como se ama a un fantasma o un reflejo,
no puedo pedir más,
yo soy, también, una imagen,
una fosforescencia, un humo,
la probable composición de una figura
que no podrás pegar en un álbum,
el ruido de un motor que se aleja
cuando parece irrumpir, una máscara
de niña-piloto de tormentas,
toda esta lluvia que cae en silencio
sobre la curva
quieta y vacía de niños,
la irreductible soledad de Tamburello.

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