lunes, 24 de septiembre de 2012

Pastillas para no soñar


Pastillas para dormir, pastillas para no dormir, pastillas, en definitiva, para sobrevivir. ¿Qué nos queda? Vuelven a rodar las lágrimas y sobre ellas dibujamos sonrisas que acaban como el papel mojado. Las noticias siguen siendo terroríficas y absurdas; duelen. Las calles empiezan a hervir y la cola del INEM cada día acoge a los nuevos con azotes. Ya no queda esperanza, o eso nos venden, porque sí, ya todo se vende, incluso los sueños, y lo que es peor, la libertad, también la de soñar. Cantamos y el miedo nos enmudece. Apenas sentimos las caricias de consuelo y el placer es para los demás, los otros. Los otros, los de allá a los que les negamos que sean de acá, las minorías, los débiles, siempre cargan con la culpa. Desde abajo, con el descaro que proporciona la miseria, señalamos a los culpables de verdad,  a esa minoría intocable. Despedimos con alegría a los políticos que por algún motivo se marchan y le damos la bienvenida con resignación a los nuevos ladrones, guante blanco incluido.

Nos abandonamos, y al de al lado, y al que está lejos. Hobbes contra Rousseau una vez más. Nos pisotean, y lo que es peor, nos dejamos pisotear. Miedo, miedo y miedo: esa palabra maldita que nos acobarda. La música ya no suena, nos la apagaron y el teatro bajó el telón porque no le cuadraban las cuentas. Los carritos de la compra se roban por necesidad y a los necesitados queremos sentarles en el banquillo, mientras los del guante blanco siguen de comilonas y paseándose en sus yates a la vez que nos piden a todos remar. Yo me bajo del barco. Quiero pastillas para no soñar porque hace tiempo que inicié el camino para convertir mis miedos en realidad. A la palabra utopía le busqué sinónimos como esfuerzo, lucha y, finalmente, felicidad.




No hay comentarios:

Publicar un comentario