viernes, 12 de octubre de 2012

El barrio del cementerio viejo

Fotograma extraído de Google Imágenes


El miércoles tuve que entregar un artículo inspirándome en la película Barrio, de Fernando León De Aranoa. El profe no quería que hiciéramos la típica reseña, sino que a partir de esta historia explicásemos algo nuestro que tuviera relación con ella. Yo hablé de mi barrio. Escribí las historias de algunos de mis vecinos, pero, para ceñirme a la extensión marcada por el profe, tuve que quedarme solo con una. Os dejó lo que acabé presentando:


El barrio del cementerio viejo 

Soy del centro de Barcelona, es decir, del Área Metropolitana, donde se cuece todo, donde la gente procede de todos los lugares del mundo. Soy de El Prat, no de Barcelona, cuidado, de El Prat, repito, sí, donde los aviones. Me gusta El Prat, mucho. También mi barrio, ese que está a la entrada de la ciudad, cerca del río y es conocido como el del cementerio viejo. Adoro mi barrio porque sus habitantes son tan normales que serían los perfectos protagonistas de una película.

Este barrio, desde donde escribo, jamás fue idílico, tampoco ahora. Recuerdo la década de los noventa, la de mi infancia. Las drogas hicieron mella en algunos de mis vecinos y los niños no podíamos jugar en el parque porque muchos chavales iban allí a drogarse, algunos de ellos, tan solo eran adolescentes de 15 años. A la mente se me viene O., una chica de la otra escalera que acabó consumida por su adicción. A principios de los 2000 se operó la nariz porque se quedó sin ella. Vivía con su madre, A., una mujer adorable, al menos en apariencia. Recuerdo que una vez subí a su casa, no sé por qué, solo consigo evocar su sofá enorme y turquesa, quizá porque durante algún tiempo fue mi color favorito. Algunos dicen que A., “la A.”, vendía droga en su casa, de ahí el vaivén de gente entrando y saliendo. De repente, madre e hija desaparecieron.

Ahora me asomo a la ventana y veo a los niños jugar en el parque. Hace unos cinco años lo arreglaron y la policía ya no solo empezó a dejarse ver por el barrio del cementerio viejo, sino que también comenzó a actuar con redadas y reventando los rallies de los fines de semana y los botellones dentro del viejo cementerio. Es increíble el cambio en los últimos años. Muchos de los antiguos vecinos ya no están; unos se fueron, otros murieron. Los pisos que se quedaron vacíos ya no los habitan andaluces, extremeños o gallegos, sino africanos y sudamericanos.

Fernando León De Aranoa retrató un barrio de los suburbios de Madrid, pero el barrio del cementerio viejo solo dista en quilómetros con el de la película. Será que la normalidad y la rutina rompen fronteras intangibles.

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