viernes, 28 de diciembre de 2012

La culpabilidad del tiempo

Fotografía extraída de Google Imágenes

Pese a los empeños por vendernos la Navidad como algo bonito y mágico, para muchos es una época triste. Nos faltan personas y nos sobran muertos. En un momento determinado miramos hacia un lugar de nuestras casas, o quizá a nuestro propio infinito, y deseamos que aparezca alguien por una puerta, que nos sonría como solía hacer y que el mundo siguiera girando como si nada hubiera pasado. Pero pasa: ya no están.

Bailamos con fantasmas a lo largo del año, incluso nos convertimos en fantasmas de aquello que fuimos algún día. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dicen porque nos aterra el futuro. ¿Pero qué pasa cuando morimos nosotros, cuando nos asesinan con un adiós?

Mi última muerte fue hace tres días, pero aún no ha habido resurrección. Esta vez tardará en llegar. Otro adiós, otra despedida sin piedad, otra vez el corazón descolocado. Los muertos, mis asesinos, ya no llaman por teléfono ni envían mensajes, tampoco atendieron a mis llamadas de socorro ni fueron a mi entierro, pero se encargan, de alguna forma, de recordarme que siguen vivos. Ahí están sus recuerdos, sus cuerpos, sus olores, sus voces, sus promesas incumplidas y los planes que dejamos a medias o ni siquiera hicimos. El tiempo nos entierra en su memoria y se  escapa. Se sabe culpable.




No hay comentarios:

Publicar un comentario