lunes, 24 de diciembre de 2012

La vida de la naranja



Fotografía extraída de Google Imágenes
“Pero olvidamos con demasiada frecuencia. Ya no sabemos llamar. Hablamos silencio. Nuestras lenguas son irrespirables. Los nombres se asfixian. Las cosas ya no pasan en la oscuridad. Nuestras lenguas están desiertas. Ya no vivimos en ellas. Nos olvidamos. Y todos los jardines se convierten en fantasmas. Con demasiada frecuencia olvidamos el nombre con el que se llama a la naranja, el verdadero nombre de la naranja, ácida, sabrosa, las naranjas sufren, toda la especie perece, se extingue, y también nosotras en la oscuridad sin frutas, sin huellas de olvidadas, nos desecamos, nuestras lenguas están deshidratadas.

[…] Todo lo que no hay que olvidar, no negarse a saber, a conservar herido en la memoria: la muerte, la carnicería, la indiferencia, para poder llegar viva delante de la naranja llena de vida, hay que poder pensar en seis millones de cadáveres, tres mil cabezas nucleares, no olvidar, mil millones de encadenados, mil millones de emparedadas, para medir la fuerza mundial de una sonrisa. Para no olvidar los nombres de presencia.

[…] Tenemos miedo de no olvidar la sutil alegría que, en medio de un instante de otoño, nos reserva la contemplación de una hoja: tenemos miedo de pensar en la vida, y de sentir su llamada, de no poder seguir evitando necesitarla, de no poder seguir soportando estar lejos de ella, en el olvido, o en el recuerdo. Pero para ir hasta la hoja prohibida, hasta el polvo de luz que suaviza los árboles, hasta la ventana en la que una mujer se apoya, se asoma y piensa, y así enmarcada, se dedica a pensar, hay que afrontar los diez mil demonios, el tiempo de abrir la puerta y ya hay que haber evitado diez, cien en la escalera, y un sinfín en el cinturón periférico”.

La risa de la medusa, Hélène Cixous. Págs. 137, 138 y 140.

No hay comentarios:

Publicar un comentario