lunes, 22 de octubre de 2012

Hablemos de decepción


El último libro de Paul Auster, 'Sunset Park' , se inicia con el retrato de la sociedad actual azotada por la crisis económica. El protagonista, Miles Heller, es un muchacho de veintiocho años que se dedica a la limpieza de casas desahuciadas. Poco a poco vamos conociendo detalles de su vida que nos conducen por el misterio de la novela, el cual se centra en saber por qué se fue de casa. La trama se complica cuando Miles debe marcharse a Nueva York por las amenazas de su cuñada si no accede a sus chantajes, ya que Pilar, su novia, es menor de edad. Así pues, el protagonista se va a la ciudad de los rascacielos para vivir en una casa okupa con el único contacto de su vida anterior que mantiene, Bing Nathan, quien a lo largo de los años ha sido el encargado, sin que Heller lo supiera, de informar de la vida de este a sus padres. Las otras dos habitantes de la casa son Ellen Brice, que dedica su tiempo a la pintura, y Alice Bergstrom, quien por su parte invierte las horas en acabar su tesis doctoral sobre la película 'Los mejores años de nuestra vida'.  SEGUIR LEYENDO AQUÍ

jueves, 18 de octubre de 2012

Los héroes juegan en el A.E. Prat



Fotografía oficial del A.E. Prat de la temporada 2012-2013

Mi padre es una enciclopedia de fútbol. A veces es incapaz de recordar cómo se llama, sin embargo puede recitar  a la perfección la alineación de un partido concreto del Real Madrid hace cuarenta años sin despeinarse. En casa siempre ha habido y hay fútbol en la tele. Yo me he criado viendo jugar a Raúl, de ahí, supongo, mi afición por este deporte y por el equipo blanco.

Con seis o siete años acompañé un domingo a mi padre al campo del Fondo d’en Peixo para ver un partido del A.E. Prat. No recuerdo ese día, pero sí que desde entonces fui cada domingo durante muchos años. A la mente se me viene aquel barrizal donde se disputaba el juego y cómo dolía ver caerse a los jugadores. Más de un aprensivo a la sangre en ese campo sufrió. Por ser una niña me decían que tenía la mano inocente, de ahí que en los descansos me pidieran que le diera a la rueda de los números de la rifa.  Me subía al escalón más alto y el encargado de vigilar la rueda me la bajaba algunos escalones para que pudiera llegar. Los abuelos se enfadaban conmigo porque decían que nunca tocaba. Creo que ellos no pensaban que tenía la mano inocente, sino más bien gafe, aunque en mi defensa diré que, al menos que yo sepa, nunca ha tocado.

Algo que tampoco podré olvidar nunca de mi niñez fue cuando mi padre me llevó al campo del Espanyol en Montjuïc para ver un Espanyol-Madrid; aluciné. Para mí un campo de fútbol era el de El Prat, los grandes solo existían en la tele. Ganó el Madrid por  1-2, aunque la alegría no fue completa porque también tengo una gran simpatía por el equipo perico. Una sensación parecida a cuando entré en el campo de Muntjuïc tuve cuando El Prat empezó a jugar en el Sagnier. Pese a ser un campo pequeño, eso de que tuviera césped artificial para mí lo hacía súper importante. Seguí yendo cada domingo que el A.E. Prat jugaba en casa con mi padre. Me gusta escucharle cuando habla de fútbol porque sé que es su pasión y porque pocas personas pueden superarle en sabiduría futbolística.

Años después dejé de ir al campo por motivos que no vienen al caso. Cuando mi padre volvía a casa al mediodía tras el partido, antes de que abriera la puerta ya le estaba preguntando cómo había quedado El Prat. Él a veces se enfadaba porque, en la mayoría de ocasiones, no le había visto por la mañana y yo pasaba de darle los buenos días (a esas horas ya eran buenas tardes) y mi interés por él acababa cuando me decía el resultado del encuentro.

El 27 mayo volví al Sagnier. El A.E. Prat se disputaba subir a Segunda B por primera vez en su historia con el Atlético Sanluqueño. En el campo se superaron los 1.000 espectadores y los jugadores pratenses lo consiguieron: subimos. Me emocioné como cuando de niña fui al campo del Espanyol a ver aquel partido, y yo que soy de las que no entiende eso de salir a la calle para celebrar un éxito deportivo, nada más acabar el partido salté al terreno de juego para celebrarlo y de vuelta a casa saqué la bufanda por la ventanilla del coche mientras le pedía a mi padre que tocara el claxon como si no hubiera mañana. La fiesta en la Pl. de la Vila me la perdí porque al día siguiente tenía el examen más difícil al que posiblemente me haya enfrentado hasta ahora. ¡Qué envidia de todos aquellos que lo disfrutaron!

El 29 de agosto volví a dejarme caer por el campo. Esta vez el A.E. Prat se enfrentaba al Nàstic en la primera ronda de la Copa del Rey. Sí, El Prat jugaba por primera vez un partido de la Copa del Abuelo Tropezones, y no era un sueño, era real. Fue un partido que jamás podré olvidar, ya no solo porque ganásemos –además de forma épica-, sino por cuestiones personales que otra vez no vuelven a venir a cuento, o tal vez sí en esta ocasión.

Llegó el 12 de septiembre y  El Prat vibró con la segunda ronda de la Copa del Rey en Oviedo; esta vez lo vivimos por la radio. Ganamos en unos penaltis agónicos, pero ahí estaba san Toni Texeira para regalarnos más ilusión. La ciudad fue una fiesta: coches pitando, gente gritando e incluso se escucharon petardos. Vamos, que no envidiamos en nada al Barça o al Madrid.

Anoche volvimos a tener otra cita con la Historia. El A.E. Prat se enfrentó al Llagostera en la tercera ronda de la Copa del Rey. El Sagnier lució radiante y estrenó gradas que se llenaron por completo. Más de 2.000 personas estaban empujando a los jugadores para conseguir el caramelo de enfrentarnos a un primera. El conjunto pratense se adelantó en el marcador, pero en el minuto 76 el Llagostera consiguió el empate. La prórroga fue inevitable, pero los Potablava se adelantaron y la euforia se apoderó de todos nosotros, tanto los que estábamos en el campo como los que seguían el encuentro por la radio, palomitas cordobesas incluidas. Pero la alegría no duró mucho, pues pocos minutos después el linier, que no el árbitro, señaló un penalti más que polémico a favor del Llagostera. Marcaron, pero el Sagnier no se rindió, y muchos menos los jugadores pratenses. Lo siguieron intentando hasta que llegó el tercero del Llagostera de falta directa, aunque esta vez el árbitro tuvo mucho que ver, pues no pitó la falta donde debía, sino mucho más cerca de la portería que defendía san Toni Texeira. 

Acabó el partido y el Llagostera se llevó el gato al agua, aunque demostró, desgraciadamente, no saber ganar. Dejaron el deporte por el teatro y el boxeo, lo que calentó el ambiente. Los jugadores del A.E. Prat demostraron que sí saben perder, igual que demostraron saber ganar en otras ocasiones. Con el pitido final, la afición del Sagnier, la cual tuvo un comportamiento ejemplar en todo momento, se puso en pie y ovacionó a sus jugadores. Y es que el esfuerzo que hicieron fue titánico. Cabe recordar que ellos no viven del fútbol y algunos trabajan, por lo que tienen que hacer malabares para no perder horas y días de trabajo y también poder jugar.

El cine y la literatura nos venden que los héroes son aquellos que siempre triunfan, pero el éxito no solo consiste en ganar partidos, sino en que la gente sepa valorar tu trabajo y esfuerzo, los cuales nacen de la humildad más absoluta.  Estos chicos nos han dado muchísimo. En estos momentos tan difíciles nos han regalado emoción y alegría y  una buena lección de humildad, y eso no hay copa que lo supere.

¡GRACIAS, CAMPEONES!

viernes, 12 de octubre de 2012

El barrio del cementerio viejo

Fotograma extraído de Google Imágenes


El miércoles tuve que entregar un artículo inspirándome en la película Barrio, de Fernando León De Aranoa. El profe no quería que hiciéramos la típica reseña, sino que a partir de esta historia explicásemos algo nuestro que tuviera relación con ella. Yo hablé de mi barrio. Escribí las historias de algunos de mis vecinos, pero, para ceñirme a la extensión marcada por el profe, tuve que quedarme solo con una. Os dejó lo que acabé presentando:


El barrio del cementerio viejo 

Soy del centro de Barcelona, es decir, del Área Metropolitana, donde se cuece todo, donde la gente procede de todos los lugares del mundo. Soy de El Prat, no de Barcelona, cuidado, de El Prat, repito, sí, donde los aviones. Me gusta El Prat, mucho. También mi barrio, ese que está a la entrada de la ciudad, cerca del río y es conocido como el del cementerio viejo. Adoro mi barrio porque sus habitantes son tan normales que serían los perfectos protagonistas de una película.

Este barrio, desde donde escribo, jamás fue idílico, tampoco ahora. Recuerdo la década de los noventa, la de mi infancia. Las drogas hicieron mella en algunos de mis vecinos y los niños no podíamos jugar en el parque porque muchos chavales iban allí a drogarse, algunos de ellos, tan solo eran adolescentes de 15 años. A la mente se me viene O., una chica de la otra escalera que acabó consumida por su adicción. A principios de los 2000 se operó la nariz porque se quedó sin ella. Vivía con su madre, A., una mujer adorable, al menos en apariencia. Recuerdo que una vez subí a su casa, no sé por qué, solo consigo evocar su sofá enorme y turquesa, quizá porque durante algún tiempo fue mi color favorito. Algunos dicen que A., “la A.”, vendía droga en su casa, de ahí el vaivén de gente entrando y saliendo. De repente, madre e hija desaparecieron.

Ahora me asomo a la ventana y veo a los niños jugar en el parque. Hace unos cinco años lo arreglaron y la policía ya no solo empezó a dejarse ver por el barrio del cementerio viejo, sino que también comenzó a actuar con redadas y reventando los rallies de los fines de semana y los botellones dentro del viejo cementerio. Es increíble el cambio en los últimos años. Muchos de los antiguos vecinos ya no están; unos se fueron, otros murieron. Los pisos que se quedaron vacíos ya no los habitan andaluces, extremeños o gallegos, sino africanos y sudamericanos.

Fernando León De Aranoa retrató un barrio de los suburbios de Madrid, pero el barrio del cementerio viejo solo dista en quilómetros con el de la película. Será que la normalidad y la rutina rompen fronteras intangibles.

lunes, 8 de octubre de 2012

Miedos mojados

Fotografía tomada el viernes pasado en la estación de trenes de Girona


“Cada cual se esfuerza, cuanto está a su alcance, por preservar su ser”, Spinoza


Hoy hace justo una semana que empecé las clases. El martes pasado de camino a la Facultad me di cuenta de que la cartera la tenía empapada de agua, también los pantalones. Por salir con la hora justa del piso, no le dediqué el tiempo necesario a cerrar bien el botellín de agua –imprescindible- que siempre llevo dentro de ella. Media hora estuvo goteando hasta que me di cuenta del desastre. La libreta, el estuche, el monedero, todo estaba pringado por el agua. Corriendo cerré bien la botella y esta vez sí que me cercioré de que estuviera perfectamente cerrada. Al sacar el boli y la libreta para coger apuntes hubo algo que me estremeció: ¡la libreta de las citas estaba empapada!

Desde hace un par de años llevo siempre conmigo la libreta que me regaló mi amiga Laura por mi cumpleaños. Es una libreta preciosa, con diferentes tonalidades de verde. Le guardo un cariño especial por el momento en el que llegó y por su dedicatoria, en la que deseaba que en las últimas hojas escribiera un final feliz para una historia de terror.

Nunca he sido amante de los diarios. Muchas veces he intentado escribir uno, pero he sido incapaz; me dan miedo. Quizá por eso nació este blog, porque, al fin y al cabo, es una especie de diario del que las páginas se van perdiendo por la red, aunque sea extremadamente fácil volver a ellas. Por ello no he escrito ni una sola línea sobre mí en la libreta que Laura me regaló. La utilizo para anotar las citas que me hubiera gustado decir o escribir a mí. Un tópico, sí. La mayoría de las citas están escritas con mala letra, pues las apunto en cualquier sitio y sin soporte.

Ante la inundación que sufrió la cartera, y sobre todo al desperfecto  de la libreta, me di cuenta de que estaba abandonando el blog. Confieso que vuelvo a tenerle miedo a la escritura, ese mismo miedo que me impide escribir un diario. Las idas y venidas de Girona vuelven a ser devastadoras; el caos que los recortes han traído a la universidad duelen; las pesadillas nocturnas vuelven a agudizarse; y el olvido de los seres queridos mata. Sin embargo, hay un motivo –el mejor que se pueda imaginar- para seguir escribiendo, incluso para volver, también casa.