lunes, 12 de agosto de 2013

Dejar Granada




Soterradas semillas
cenizas hácense
bajo cimientos rotos

Gormaz a sangre y fuego, Aníbal Núñez.  


Granada, solo su nombre ya es poesía. De allí provienen el cincuenta por cierto de mis raíces, el otro cincuenta le pertenece a Extremadura. Pero Granada es especial, ni siquiera me atrevo a explicar mis sentimientos hacia esa ciudad que me acoge verano tras verano. Allí me esperan, en su aeropuerto minúsculo, todos los años mis tíos. Empiezan los abrazos nada más aterrizar y no acaban hasta que subo en el avión de vuelta. No, nos pasamos el día abrazándonos, es la ciudad la que nos acuna.

Hace escasos días volví a pasear por las calles por las que mis abuelos y mi madre jugaron a lo largo de su infancia y por donde pasearon hasta que tuvieron que abandonarlas. Una, por buscarse la vida en Barcelona; otro, porque la muerte le sorprendió; y la última, porque la vejez se presentó en su vida sin piedad.

El caso es que siempre volvemos. Seguimos regando las semillas soterradas cuando todo va bien. Sin embargo, somos capaces de escondernos bajo nuestros propios cimientos rotos para acabar siendo cenizas que se volatilizan y se pierden en el olvido del tiempo. Y aunque el olvido sea nuestro futuro, la belleza de la Alhambra seguirá en pie con una impasibilidad que solo rompe el hipnótico estruendo del campanario de la Torre de la Vela.


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