viernes, 18 de octubre de 2013

La ciudad irá en ti siempre

A principios de semana me di una vuelta por Girona, exactamente como hice durante mi año de llegada. Desde entonces no había vuelto a hacerlo, ya fuera por falta de tiempo o de ganas. Escuchando música, como siempre, me perdí entre los rincones más antiguos y oscuros para acabar en uno de los puentes que cruzan el sucio Onyà observando cómo los patos del río se comían el pan que los turistas les tiraban para fotografiarles. Yo también, lo reconozco, les hice una foto con mi móvil.

Tras unos minutos de pausa en lo alto del puente, me fui hasta la Plaça Independència. Allí el quiosquero trataba con una amabilidad exquisita a un par de ancianos que discutían con sus periódicos bajo el brazo. El quiosquero, un hombre joven, estaba echado sobre el mostrador de su pequeño reino de papel y sonreía ante el encuentro de dos viejos que se disputaban la razón. No me refiero al diario que lleva ese nombre, afortunadamente. Los jóvenes, en cambio, abarrotaban las terrazas de los bares, especialmente la del König. “Tres semanas aquí y aún no he venido a comer bravas”, me dije a modo de reproche mientras otros las devoraban.

Se hacía tarde y llegaba la hora del regreso al piso en el que llevo viviendo más de un año y al que soy incapaz de llamarle casa. De vuelta me molestaban todo tipo de banderas, tuvieran estrellas o no o en ellas apareciera algún símbolo “español”. Pese a esta incomodidad, me di cuenta, por fin, de lo que ha significado Girona para mí en estos años; el cambio personal y vital que me ha provocado. Suelo odiarla con todas mis fuerzas, pero hubo un momento en la que la amé. El poeta Álex Chico, en una conversación veraniega por Facebook, me regaló la siguiente cita de Cavafis: “la ciudad irá en ti siempre”.  Supongo que el día que abandone Girona, el cual se va acercando con paso firme, me quedará el consuelo de que siempre formará parte de mí.

Los patos del Onyà comiendo el pan de los turistas


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