martes, 14 de enero de 2014

Volver

Hay viajes que terminan de repente y otros que poco a poco llegan a su fin. En pocos días, abandonaré Girona. “Por fin”, pienso, y sin embargo siento un vacío indescriptible cuando lo repito en voz alta. Se acerca la hora del regreso, ahora sí, después de cuatro años, y eso me tranquiliza.

Miro hacia atrás y me doy cuenta de que he cambiado, que todos hemos cambiado. Con 18 años huía de casa. Por delante me quedaba una aventura que en pocos meses tocará a su fin para siempre. Hoy, deseo volver. Aunque esa necesidad ha menguado gracias a las vacaciones de Navidad donde puse en orden lo importante.  También soy consciente de que en breves tendré otros planes y proyectos que no sé muy bien a dónde me llevarán. Tampoco importa eso mucho en este momento.

Volver. Volver otra vez. Mirar a la cara a aquellos que me han dado lo poco que tenían para que consiguiera el objetivo y agradecérselo. Pero regresar también significa dejar atrás paseos, risas, amigos, encuentros, desencuentros, frío, niebla, ríos, humedad, campanas, soledad, abrazos, esfuerzo.

Girona ha sido el lugar donde me he hecho mayor, por lo tanto, la ciudad donde más he llorado. Y está bien que así sea. Porque hacerse mayor también consiste en aprender a llorar y a secarse las lágrimas una sola para después poder sonreír libremente. Está bien cerrar los ojos en la oscuridad, entrar en nuestra propia oscuridad. Está bien amar sin ser amados, pese al sufrimiento, es señal de que estamos vivos. Hay que crecerse ante la adversidad y provocar pequeñas revoluciones que nos salven de la rutina. Hay que pasear en algún momento por el miedo para llegar al final.



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