miércoles, 12 de febrero de 2014

El quiosco de José

Cuando era niña, en el parque de debajo de casa había un quiosco. Lo llevaba José, de quien tengo el recuerdo de un señor de unos sesenta años. Mi madre cada lunes le compraba la revista Pronto y, alguna vez, chucherías para ella. José dejó de intentar regalarme algún caramelo temprano. Sabía que de las chucherías de mi madre yo no cogería ninguna.

Poco a poco, el quiosco de José fue vaciándose. Las nuevas librerías que se iban abriendo en El Prat hicieron que muchos vecinos del barrio le fueran infieles. Recuerdo perfectamente el día en el que le dijo a mi madre que iba a cerrar, aunque tardó un tiempo en hacerlo. Eso sí, las estanterías cada vez estaban más vacías y José más viejo.

Finalmente, cerró. El quiosco sobrevivió al quiosquero. Durante un par de años, el quiosco de madera se mantuvo en pie y cerrado a cal y canto. Pero nunca más volvió a abrirse la ventana por la que José miraba a los críos jugar a fútbol y por la que les echaba bronca cada vez que le daban un pelotazo al quiosco. Hasta que un día, él también desapareció. El único rastro que dejó fue una marca en el suelo, la cual el cemento acabó borrando.

En el barrio nadie habla ya de José, sin embargo, yo me acuerdo de él cada vez que hablo con algún quiosquero. En Girona siempre iba al mismo, al de la Plaça Independència. Lo lleva una pareja joven, ambos encantadores. El chico, sobre todo, se dedica a dar palique a los más mayores de la plaza, lo que suele provocar grandes debates en los que muchos acabamos participando alguna vez. Y ahora que me muevo por Barcelona, voy al de la Plaça Francesc Macià. El quiosquero es un hombre de unos cuarenta años. No importa si hace frío o es demasiado temprano, siempre tiene una sonrisa en la boca. Le encanta comentar las noticias del día y desearte un feliz día cuando te marchas.

No sé qué habrá sido de José,  pero me gustaría encontrármelo -como si fuera capaz de reconocerle después de tantos años- para decirle que ya han empezado a gustarme las chucherías y que él tiene mucha culpa de mi pasión por la prensa escrita gracias a haberme dejado ojear sus periódicos y que me manchara las manos de tinta con ellos.


2 comentarios:

  1. Buen homenaje a un oficio en peligro. Voy a mancharme las manos con el periódico de hoy a tu salud.
    Marcos.

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  2. Disfruta de la tinta en tus manos.

    Abrazos!

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