viernes, 1 de agosto de 2014

Luz verde

La plaza España de Barcelona atormentada
La luz de un semáforo da luz verde al movimiento de la gran ciudad que no respeta los lutos de nuestras derrotas diarias. A lo lejos, se escuchan las bombas en una frontera que paga los crímenes de un siglo que ya pasó. La culpabilidad hace que medio mundo, el que domina, mire hacia otro lado. En las pantallas reinan las imágenes del dolor, de la sangre, de la muerte, en definitiva, del odio. Los niños mueren desangrados a través de las lágrimas que bailan por sus mejillas al ritmo de las bombas. No hay divinidad que perdone a unos y ampare a otros, por muchos nombres que le demos.

Aquí, a mi alrededor, el ruido del tráfico de primera hora de la mañana, el que confirma que la ciudad que nos acoge y mata poco a poco ha despertado, me devuelve a la realidad de un autobús lleno de gente que no se mira. Me admira el pundonor del viejo que cada mañana se niega a aceptar los asientos que le ofrecen. Será culpa de la carencia de dignidad de este mundo al que no le tiembla el pulso a la hora de masacrarnos. 

Aún hay restos de las últimas tormentas de verano, como siguen habiendo restos de las bombas que un día cayeron en las calles que hoy pisamos. En todas las partes del planeta hay muertos que valen menos. Aquí, están todavía enterrados en cunetas; en Palestina, llevan décadas bajo los escombros.

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