miércoles, 24 de diciembre de 2014

Que el fin del mundo nos pille en un concierto de Sabina

Anoche, antes de empezar el concierto
Nos sobraban los motivos para acudir a la llamada de Joaquín Sabina, como también nos sobraban para invitar a venir con nosotros a alguien a quien queremos para compartir una noche mágica. Barcelona, una vez más, se rindió ante el maestro. El público catalán, como acostumbra, fue frío en un inicio, pero poco a poco el ambiente se fue caldeando hasta acabar con un Palau Sant Jordi lleno hasta la bandera en pie aplaudiendo a Sabina.

Ahora que... abrió un repertorio plagado de recuerdos, de heridas, de amores que se marcharon, o lo que es peor, que nunca fueron. Todos sentíamos aquel desasosiego que el autor consigue convertir en colectivo con unos versos que nos destrozan el alma, pero que nos compensa con los canallas que nos ponen una sonrisa en la boca, como ocurre en la vida.

Apareció pronto. 19 días y 500 noches fue la segunda que más de 15.000 gargantas cantaron al son de Sabina. Sin duda, la canción emblemática; la que da nombre al disco más admirado del artista y a la gira que finalizó anoche; la que marcó un antes y un después en su vida artística y personal. Con ella los cuerpos de los asistentes empezaron a levantarse de sus butacas.

Supongo que debería hacer una crónica detallada de anoche, eso es lo que se espera con este inicio. ¿Pero cómo explicar que entendimos aquellas canciones que memorizamos con 12 años, cuando apenas nos dolía el alma? ¿Cómo describir la sensación de cantar a viva voz las canciones más punzantes de (des)amor? ¿Cómo narrar el haber vuelto a los 15 años con las palabras inocentes que decíamos apenas sin pensar con Serrat acompañando a Sabina en el escenario? ¿Cómo os cuento que anoche me emocioné, temblé, me abracé a otros, besé y admiré en apenas dos horas y media?

Está claro que la mayoría de los que allí estábamos no necesitábamos pastillas para no soñar porque preferimos no vivir 100 años si eso nos sirve para seguir recordando la noche de ayer durante 19 días y 500 noches con una sonrisa.

2 comentarios:

  1. Si. Doy fe. Son las experiencias que vale la pena vivir en ese instante exacto del fin del mundo o de nuestro fin del mundo.

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    1. Siempre hay que provocar que nuestros finales nos pillen bailando. Si son malos, dolerán menos; si son buenos, los saborearemos mejor.

      ¡Abrazos, Alejandro!

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