miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ver por respirar

Si algo le daba realmente miedo era la enfermedad de los otros, pues a su dolor ya había aprendido a acostumbrarse. Por eso su cuerpo desató miles de tics nerviosos durante aquel viaje en coche. Su madre estaba enferma. No sabía más y ojalá nunca lo hubiera sabido. 

Miraba por la ventanilla y veía la vida de los otros, que en más de en un momento solo eran sombras, brillar mientras su padre frenaba nervioso y apenas podía verlos cruzar por los pasos de peatones y los semáforos. En eso se parecían. Odiaba parecerse en algo a su padre, pero en el temor a la enfermedad, los genes hacían mella. 

Ella echó la cabeza en el cristal trasero. Miraba a su madre retorcerse de dolor. Sabía que tenía que cuidarla. ¿Acaso había hecho otra cosa desde que era niña? No recordaba el día en el que su madre la había dejado de cuidar para que ella ejerciera ese papel; ahora, no sabría representar otro diferente. ¿Pero cómo cuidar a alguien de la enfermedad? ¿Cómo protegerla? 

Un escalofrío recorrió su espalda. Otro más. Cerró los ojos y una mirada penetrante se le clavó dentro. Dejó de pensar en su madre. Escuchaba la voz de él repitiéndole palabras de ánimo, como siempre hacía, mientras las mezclaba con las de amor. Ella sabía que mentía, que compartía esas palabras con otras a las que jugaba a ponerles caras en las noches de insomnio o cuando sentía su cama demasiado fría. Le dolía a veces y otras tantas sentía alivio por no ser la única querida.

Volvió a mirar a su madre. Tenía las manos encharcadas por su propio sudor. Sabía que querer a alguien pasaba por las manos, por las caricias, por hincar los dedos al otro cuando se abraza de verdad. Reconoció así su miedo. Reconoció que no sabía querer. Reconoció que nunca había sido querida. Reconoció que deseaba que ese coche viejo que su padre conducía nunca parase en un hospital o volviera a la puerta de una casa que otros llamaban hogar. Reconoció que lo que realmente deseaba era tirarse del coche en marcha para ver, al fin, la oscuridad que siempre había respirado.

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