miércoles, 31 de diciembre de 2014

12 canciones para el 2014

Como cada fin de año, aquí están las 12 canciones que han puesto la banda sonora de mis últimos 365 días. Una vez más, no siguen ningún orden, ni temporal ni de importancia, y puede haber alguna repetida de años anteriores. Nos seguimos leyendo durante el 2015.

1. Te di vida y media, Andrés Suárez



2. Sé que no tinc dret a dir-te res, Joan Dausà



3. El tiempo de las cerezas, Bunbury



4. Me arrepiento, Rozalén y El Kanka



5. Contigo, Joaquín Sabina



6. Iron sky, Paolo Nutini



7. Amagada primavera, Txarango



8. El día de la ira, Ismael Serrano



9. No vale la pena, Mártires del compás



10. Larga vida al loco, Las Migas



11. It's always you, Chet Baker



12. En lo alto del cerro de Palomares, Estrella Morente




miércoles, 24 de diciembre de 2014

Que el fin del mundo nos pille en un concierto de Sabina

Anoche, antes de empezar el concierto
Nos sobraban los motivos para acudir a la llamada de Joaquín Sabina, como también nos sobraban para invitar a venir con nosotros a alguien a quien queremos para compartir una noche mágica. Barcelona, una vez más, se rindió ante el maestro. El público catalán, como acostumbra, fue frío en un inicio, pero poco a poco el ambiente se fue caldeando hasta acabar con un Palau Sant Jordi lleno hasta la bandera en pie aplaudiendo a Sabina.

Ahora que... abrió un repertorio plagado de recuerdos, de heridas, de amores que se marcharon, o lo que es peor, que nunca fueron. Todos sentíamos aquel desasosiego que el autor consigue convertir en colectivo con unos versos que nos destrozan el alma, pero que nos compensa con los canallas que nos ponen una sonrisa en la boca, como ocurre en la vida.

Apareció pronto. 19 días y 500 noches fue la segunda que más de 15.000 gargantas cantaron al son de Sabina. Sin duda, la canción emblemática; la que da nombre al disco más admirado del artista y a la gira que finalizó anoche; la que marcó un antes y un después en su vida artística y personal. Con ella los cuerpos de los asistentes empezaron a levantarse de sus butacas.

Supongo que debería hacer una crónica detallada de anoche, eso es lo que se espera con este inicio. ¿Pero cómo explicar que entendimos aquellas canciones que memorizamos con 12 años, cuando apenas nos dolía el alma? ¿Cómo describir la sensación de cantar a viva voz las canciones más punzantes de (des)amor? ¿Cómo narrar el haber vuelto a los 15 años con las palabras inocentes que decíamos apenas sin pensar con Serrat acompañando a Sabina en el escenario? ¿Cómo os cuento que anoche me emocioné, temblé, me abracé a otros, besé y admiré en apenas dos horas y media?

Está claro que la mayoría de los que allí estábamos no necesitábamos pastillas para no soñar porque preferimos no vivir 100 años si eso nos sirve para seguir recordando la noche de ayer durante 19 días y 500 noches con una sonrisa.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Las mismas manos

Fotografía extraída de Google Imágenes
Y, de repente, como un disparo, sus manos. Ahí estaban. Me daba pánico rozarlas, pero en silencio le rogaba una caricia más. Aún no sé leer sus ojos, no sé qué siente. Lo que está claro es que tanto la felicidad como la desdicha pueden convivir en las mismas manos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ver por respirar

Si algo le daba realmente miedo era la enfermedad de los otros, pues a su dolor ya había aprendido a acostumbrarse. Por eso su cuerpo desató miles de tics nerviosos durante aquel viaje en coche. Su madre estaba enferma. No sabía más y ojalá nunca lo hubiera sabido. 

Miraba por la ventanilla y veía la vida de los otros, que en más de en un momento solo eran sombras, brillar mientras su padre frenaba nervioso y apenas podía verlos cruzar por los pasos de peatones y los semáforos. En eso se parecían. Odiaba parecerse en algo a su padre, pero en el temor a la enfermedad, los genes hacían mella. 

Ella echó la cabeza en el cristal trasero. Miraba a su madre retorcerse de dolor. Sabía que tenía que cuidarla. ¿Acaso había hecho otra cosa desde que era niña? No recordaba el día en el que su madre la había dejado de cuidar para que ella ejerciera ese papel; ahora, no sabría representar otro diferente. ¿Pero cómo cuidar a alguien de la enfermedad? ¿Cómo protegerla? 

Un escalofrío recorrió su espalda. Otro más. Cerró los ojos y una mirada penetrante se le clavó dentro. Dejó de pensar en su madre. Escuchaba la voz de él repitiéndole palabras de ánimo, como siempre hacía, mientras las mezclaba con las de amor. Ella sabía que mentía, que compartía esas palabras con otras a las que jugaba a ponerles caras en las noches de insomnio o cuando sentía su cama demasiado fría. Le dolía a veces y otras tantas sentía alivio por no ser la única querida.

Volvió a mirar a su madre. Tenía las manos encharcadas por su propio sudor. Sabía que querer a alguien pasaba por las manos, por las caricias, por hincar los dedos al otro cuando se abraza de verdad. Reconoció así su miedo. Reconoció que no sabía querer. Reconoció que nunca había sido querida. Reconoció que deseaba que ese coche viejo que su padre conducía nunca parase en un hospital o volviera a la puerta de una casa que otros llamaban hogar. Reconoció que lo que realmente deseaba era tirarse del coche en marcha para ver, al fin, la oscuridad que siempre había respirado.