domingo, 20 de septiembre de 2015

Me canso de ser hombre


"Sucede que me canso de ser hombre", escribió Pablo Neruda. Y algo parecido me pasa cuando me empapo de las noticias. Muchas veces he pensado que necesito la información para sobrevivir, sin embargo, las imágenes y los relatos que últimamente nos azotan hacen que me avergüence de ser hombre, que me canse. Un niño muerto, Aylan, ha encabezado la visibilidad de la miseria que están sufriendo los refugiados sirios que escapan de la guerra (Tristes guerras/ si no es amor la empresa, como decía Miguel Hernández). En pantalla, la policía húngara les tira la comida, como si fueran animales de circo a la espera que hagan alguna monería. Europa cierra sus fronteras y aquí hay quien lucha por crear una nueva. No entiendo las divisiones entre ciudadanos, no entiendo de banderas, no entiendo -ni quiero- de naciones.

Pero las divisiones se multiplican. Existen dos clases de refugiados o de inmigrantes, como prefieran llamarles: los que huyen de la guerra, que parece que parten con algunas ventajas sobre los que huyen del hambre. Ambas cosas matan, pero la hipocresía de una Europa enriquecida a golpe de miseria mira para cualquier lado donde esté el símbolo del euro y no donde se encuentran los problemas de sus ciudadanos o de los que, sin otro remedio, vienen a sobrevivir.

No entiendo, repito, de divisiones. Será que soy nieta de inmigrantes. Aquellos que en los años sesenta tuvieron que dejar a sus hijos para poder darles de comer en la soñada Alemania. Vivieron amontonados, soportando el frío y el hambre, también la pena por los que dejaron atrás. Será que soy hija de uno de esos niños que crecieron esperando el regreso de unos padres que volvían a marcharse en un tren a tierras lejanas. Hija de un hombre que llora todavía al recordarse con siete años despidiéndose de su madre sentada en ese maldito tren que cada vez se alejaba más. Nieta e hija, por lo tanto, de la supervivencia ante la miseria.

Disculpen, pues, por no entender la diferencia entre los que huyen de la guerra y los que huyen del hambre. También disculpen por ver todas las banderas, las de cualquier parte del mundo, como un simple trapo. Disculpen por no entender la pasividad de nuestros gobernantes a lo largo y ancho de este ente casi imaginario llamado Unión Europea. Discúlpenme por, simplemente, cansarme de ser hombre.

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