martes, 29 de diciembre de 2015

Cuando la vida nos cala los huesos

En la vida podemos tener miedo por varios motivos, incluso no es anormal el propio miedo a vivir. Pero si hay un miedo intenso, que nos paraliza, es cuando miras a unos ojos y estos te devuelven una sonrisa. Tienes miedo a que esos ojos, por cualquier motivo, se apaguen. Decían por la megafonía de la estación que  mientras esperaba mi tren, cuando otros pasaban a toda velocidad y por los que pronto perdí el interés, que a la salida de la estación un hombre se había arrollado a la vía. De repente, el silencio entre los que esperábamos; también, detenían el ritmo los convoyes. Entonces, la vida se para por un instante. Pero sabes que sigues viva cuando cierras los ojos y sabes que esa sonrisa espera escuchar el ruido de las llaves en la cerradura, aunque sepa que eres un poco torpe en eso de abrir puertas.

La vida puede asustar, sí. Aunque mirarla de frente mientras sonreímos porque no podemos entrar a esa exposición que nos esperaba un domingo de Navidad, mientras la gente aguardaba cola o compraba compulsivamente, siempre nos convierte en un poquito más valientes. Sonreímos porque tenemos la oportunidad de perdemos por los recovecos del Raval y volver a descubrir una ciudad, Barcelona, que nos acuna a la vez que nos escupe a la espera de cualquier semáforo que decidimos, sin saber el porqué, cruzar en rojo con parsimonia. Entonces, los coches de la Diagonal se aquietan ante nuestras pisadas. Somos nosotros los que marcamos el ritmo de la ciudad.

La vida duele, claro que lo hace. Pero lo hace menos cuando perdemos ese miedo a amar y a sentirnos amados, aunque nuestro Peter Pan nos abandone y los pantalones -ya sea por la altura o por los excesos de estas fiestas que siempre guardan un regusto de tristeza por dejar vacíos huecos en una mesa que antes siempre estuvieron habitados-, dejen de ser de nuestra talla. Y es ahí cuando el miedo nos acecha, cuando realmente nos cala los huesos. Porque sabes que no volveremos a ser los de antes nunca, pues ahora sí tienes un tesoro entre las manos y en el alma. Entonces, es el momento de brindar por los que ya no están y por los que siguen cruzando con paso lento los semáforos en rojo, aprendiendo así a disfrutar de cada paso uno al lado del otro y cogidos fuerte de la mano.

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