miércoles, 28 de diciembre de 2016

Balance de 366 días


El año llega a su fin, y siempre que un año acaba tenemos una especie de necesidad de recapitular. Miramos atrás y hacemos balance. ¡Qué año este 2016! Sin lugar a dudas, ha sido el año en el que he crecido, en el que me he demostrado que soy más fuerte de lo que jamás pude imaginar y, sobre todo, aprendí que el amor no se riega a base de lágrimas, sino de risas, bondad, esfuerzo y apoyo.

Durante este año he hecho cosas que siempre dije que no haría. Así somos, contradicción pura. He entendido que lo que es lógico para uno, no tiene porqué serlo para los demás, ya que muchas veces los sentimientos nos pueden y en ese terreno cada cual actúa como buenamente puede.

He perdonado lo que a priori parece imperdonable. Eso me ha hecho mucho más fuerte. Cuando perdonas, sientes una especie de libertad que te embriaga. Por fin, puedes respirar sin esfuerzo. Perdonar, claro, conlleva tenderle la mano al otro porque todos necesitamos que nos brinden una nueva oportunidad. Entonces, puedes recibir el mejor regalo que puedas imaginar, pero que no le puedes pedir a los Reyes Magos, pues solo depende de esa persona. Ves que enmienda ese error; cuando te mira a los ojos, los suyos brillan; te agarra fuerte de la mano y te acompaña por tu camino intentando que llegues a tus metas, haciéndote grande. Con él aprendí que la palabra perdón sobra. Son los actos los que mandan.

Este año de 366 días ha sido el año de las emociones, claro está. El de aprender a controlarlas, el de saber que la espera tiene su recompensa y que con esfuerzo y constancia los sueños se alcanzan. Por eso, solo le pido al 2017 que no dejemos de soñar para poder vivir con los pies bien pegados al suelo.

martes, 13 de diciembre de 2016

El peso de las manos


Aquí las tienes. Son pequeñas y frías. Parece que apenas puedan sujetar nada, pero me han ayudado a levantarme cada vez que me he caído al suelo, que no ha sido en pocas ocasiones. Son tuyas, no son gran cosa, pero es lo que puedo ofrecerte. Estas manos manchadas de tinta, llenas de historias que inventaron en noches de insomnio.

Si quieres, agárrate fuerte a ellas. No te dejarán caer, no lo permitirán, aunque se queden moradas para siempre. Están preparadas. Ahora, no tienes que cogerlas porque tenga miedo del futuro, ya no, pues me dedico a vivir el presente. El futuro vendrá, como el pasado quedó atrás. Eso sí, debes tener claro que mis manos no aceptan traiciones, pues igual que agarran con fuerza, son capaces de soltar y dejar caer al vacío aquello que las aprisiona. Y es que el corazón, aunque no hable, adivina y ejerce la fuerza justa sobre ellas.

Jamás sus líneas han sido leídas. ¿Para qué? Mejor desconocer lo que pasará. Si hay sufrimiento, aprenderemos de él; si hay alegría, nos regodearemos en ella. Aunque estas manos han acariciado otros cuerpos, han tocado lo prohibido, han traspasado fronteras y siguen acariciando mi clítoris cuando no estás. Esas líneas las conocen bien.

Esto es lo que puedo ofrecerte: dos manos que trabajan, que construyen, que desobedecen, que se entregan al placer, que aman, que no entienden de caídas si no es para rehacerse. Son pequeñas, sí, pero fuertes. No tengo más, lo prometo. Mis manos son yo. Las historias que escriben soy yo. Mi manos te agarran sobre mi pecho porque yo te amo.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

A desempolvar los belenes

Hace años que dejó de gustarme la Navidad. Significaba nostalgia; echar de menos; celebrar algo en lo que no creo; comer hasta aborrecer la comida -mi madre jamás ha entendido que solo somos tres en casa y no trescientos-; durante semanas, alimentarse a base de sobras; romperse la cabeza comprando regalos; ir a por ellos a última hora y soportar el agobio de la muchedumbre; etc. Otra cosa era el año en que visitábamos o nos visitaba algún familiar con niños pequeños, ya que, irremediablemente, la inocencia y, sobre todo, la ilusión acaban por contagiarlas.

Pero todos esos sentimientos más bien tristes empezaron a cambiar el año pasado. Por primera vez en mucho tiempo, hacía un regalo con ilusión, como cuando era niña y enloquecía abriendo los regalos que los Reyes habían dejado bajo el árbol. Hasta el año pasado, tampoco tuve un tió al que arropar con la manta y con el que volver a sentirme una chiquilla al levantársela o como el adolescente que le levanta la falda a la luna y se siente orgulloso de tal proeza.

Este año me sorprendo a mí misma comprando los regalos semanas antes, incluso meses antes le daba vueltas a qué podía comprar y aprovechaba los ratos ante el ordenador para buscar y comparar. Es más, soporto con bastante dignidad el gentío que llena el centro de Barcelona aprovechando el inicio de mes y los días festivos. Inaudito. Esto es lo que has hecho conmigo; me has dado la vuelta como a un calcetín.

Dicen que estas fiestas están llenas de amor. Siempre he dicho que están llenas de hipocresía. Sin embargo, aunque sigo sin hacerle carta a los Reyes Magos -desistí en escribirles cuando por enésimo año no llegó el Scalextric-, me siento afortunada por saber que voy a compartir mesa con la familia, la que se nos es dada y la que una forma. El mayor regalo, sin ninguna duda, es compartir la vida con personas que nos dan, sin pedir nada a cambio, grandes dosis de felicidad.

martes, 29 de noviembre de 2016

La culpa fue del cha-cha-cha

Mañana se cumplirá una semana de la muerte de Rita Barberá, exalcaldesa de Valencia y una de las fundadoras del Partido Popular. Tras conocerse la noticia, varios dirigentes de dicho partido señalaron a la opinión pública -los tuiters, según Celia Villalobos- y, sobre todo, a los periodistas que investigaron e informaron sobre los casos de corrupción que se cometieron, supuestamente, en Valencia durante el largo mandato de Barberá. Rafael Hernando, portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, aseguró que se la había sometido a un "linchamiento público" y que los periodistas habían actuado como "hienas".

Los diferentes políticos del PP que afirmaron que los periodistas tuvieron la culpa del trágico final de la exalcaldesa no mostraron ningún tipo de escrúpulo al hacerlo, aunque cierto es que algunos políticos ya nos tienen acostumbrados a ello. Fue entonces cuando se produjo la situación más surrealista: los periodistas, para defenderse -como si tuvieran necesidad de hacerlo-, no tardaron en recordarles a sus acusadores que ellos habían apartado del partido a Barberá a causa del Caso Taula el pasado mes de septiembre, pese a que siguió como aforada en el Senado. Así pues, los periodistas se defendían diciendo que si alguien le había causado el supuesto estrés que la llevó hasta la muerte habían sido sus propios compañeros.

Según publica la Asociación Española del Corazón en su página web, un infarto se produce, principalmente, por los siguientes motivos:


¿Por qué se produce el infarto agudo de miocardio?

Las arterias coronarías se pueden estrechar por distintas causas. Las más comunes son un coágulo de sangre y la aterosclerosis (depósito e infiltración de grasas en las paredes de las arterias) que se va produciendo progresivamente facilitado por los factores de riesgo que señalamos a continuación.

Factores de riesgo que pueden ocasionar la obstrucción de las arterias coronarias
  • Hipertensión
  • Colesterol alto
  • Tabaco
  • Obesidad
  • Sedentarismo
  • Edad avanzada

Es decir, que como concluyó la autopsia y dejando de lado las conspiraciones -ese es otro tema-, Rita Barberá murió de un infarto. La culpa no fue ni de los periodistas, ni de la opinión pública, ni de sus compañeros, ni siquiera fue del cha-cha-cha. Así que, por favor, dejen de tirarse la pelota. Los periodistas hicieron su trabajo y los dirigentes del PP hicieron bien en apartarla hasta que el juez dictara sentencia, pues es lo mínimo que exigimos los ciudadanos cuando un caso así sale a la luz. Es más, desearíamos que ni siquiera pudieran seguir aforados en en el Senado; ningún ladrón debería representarnos. La Justicia, aunque lenta, será quien dictamine si Barberá y los suyos metieron la mano en la caja pública. Pero recodemos que morir, ya que al fin y al cabo es el destino de todos, no libra de culpa ni hace santo a nadie.

martes, 22 de noviembre de 2016

Viajar


Plaza Mayor, Madrid

Patio de la Armería, Madrid


Basílica del Pilar, Zaragoza


Palacio de la Aljafería, Zaragoza


Cuando vuelves de un viaje, al llegar a casa, notas que algo de ti ha cambiado. Has andado por calles desconocidas, te has dejado llevar por otras costumbres, el acento te ha cambiado un poco y en la retina tienes grabadas imágenes maravillosas. 

Una se siente pequeña ante la enormidad de las obras que se guardan en El Prado, por ejemplo, o al mirar hacia arriba para no perder detalle del Madrid de los Austria (dejando de lado el famoso "a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor"). Pese a mi ateísmo, me quedé boquiabierta nada más entrar en la Seo de Zaragoza y, desde la propia Zaragoza, viajé a mis orígenes al visitar el Palacio de la Aljafería, ya que era imposible no acordarse de Granada.

En la maleta he acabado trayéndome parte de la historia y cultura de estas dos ciudades. Me he traído cansancio después de las largas caminatas, sí, pero me traigo también el placer de tener un compañero de vida excepcional porque, a fin de cuentas, viajar es conocer las ciudades, sus gentes, su historia, sus culturas, sus costumbres, su gastronomía, pero también sirve para coger fuerte la mano de la persona que tienes al lado y descubrirnos. Viajar a su lado no podía ser otra cosa que amar.

martes, 8 de noviembre de 2016

Lo que te hace grande


Lo que te hace grande es precisamente lo que ni tú mismo sabes que tienes, ni siquiera lo puedes ver. Tus enemigos intentarán tumbarte acrecentando tus defectos, creando a tu alrededor sombras, convirtiendo lo bueno que vivieron contigo en lo malo. Es su forma de llevar la pérdida, tu pérdida, porque ni tú mismo eres capaz de ver la enormidad que hay en ti.

Sigue creciendo, nunca pares de hacerlo. El cielo, al fin y al cabo, no está tan lejos como para que puedas tocarlo con la punta de los dedos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cicatrices


Normalmente, despedía con alegría a los pacientes. La mayoría se iban con moratones en los brazos o con cicatrices: unos sobre el apéndice, otros en medio del pecho, otras bajo el vientre y se iban con un bebé en brazos, algunos detrás de las orejas, muchos sobre las rodillas y la caderas, etc. Había cicatrices de todo tipo dentro del mundo de las cicatrices, claro. Los había que se las tapaban con vergüenza y otros que presumían de heridas de guerra.

Ella, en las despedidas, deseaba no volver a verles en el hospital. Siempre acababa con la misma coletilla: "cuídese, y si viene, que sea de visita y para cosas buenas". Todos ellos y sus cicatrices sonreían a la vez que asentían. Se iban con los ojos más vivos, pues el miedo ya no se reflejaba en ellos. Se creían curados. Los que les acompañaban también sonreían. El miedo, sin embargo, seguía impregnando sus ojos. ¿Qué pasaría si la herida se infectaba, si se saltaban los puntos o, simplemente, aquel al que acompañaban volvía a sentirse mal?

Les envidiaba. Aquella gente tenía una herida que señalarse cuando el dolor les despertara de madrugada. Podrían llamar o acudir a su médico y explicar con detalle su mal a los doctores. Pero ella, en cambio, no tenía esa oportunidad. No podía señalar todas las cicatrices que arrastraba. No podía hablar con ningún médico de su dolencia porque para la vida, como dijo Tony Soprano, no hay cura.

Una tarde, agotada, al cruzar la calle del hospital, notó que su piel se abría. Justo encima del apéndice había una cicatriz de cuatro centímetros y medio; otra, de unos doce con dos centímetros, no tardó en aparecer en medio del pecho, y claro, era la que más le dolía; tres metros andados más tarde, otra apareció, de alrededor de diez centímetros, bajo su vientre, pero no tenía a ningún niño al que mecer; y claro, se hicieron notar dos en cada rodilla, como cuando jugaba en el recreo y se las pelaba enteras.

A partir de aquella noche, pudo tocar sus heridas, acariciar su relieve. Recordaba las mentiras y las promesas incumplidas que cada una de ellas había marcado su piel, pero, sobre todo, su alma. Y a la mañana siguiente volvía a cumplir con su rutina: "cuídese, y si viene, que sea de visita y para cosas buenas".

jueves, 27 de octubre de 2016

Esqueletos


Al final, acabas llegando al esqueleto. Por el camino, fuiste despojándole de capas: la piel, la grasa, los músculos, los órganos, etc. Solo queda esqueleto. Llegar hasta ahí no fue fácil porque sabías lo que te esperaba. Sabías que todas esas capas ocultaban lo importante. Sin embargo, me gusta pensar que aquello que proyectamos en los demás, lo que creemos que son, realmente es una parte de nosotros, de lo que somos, de nuestro propio esqueleto. Y la verdad, aunque no tenga remedio y al principio nos dio miedo, es el único consuelo.

martes, 18 de octubre de 2016

Pies fríos


El otoño empieza a ponernos capas. Nos ocultamos de nuevo entre ropas y caretas. Es entonces cuando nos es más fácil ver a fantasmas del pasado pasear por las calles entre pañuelos y sombreros. Vuelven a mirarnos y alguno consigue llegarnos al alma. Nos estremecemos, volvemos a recordar aquellos cafés, aquellas charlas, aquellos amores, aquellos polvos que servían simplemente para calentarnos los pies. En su día, les culpamos de nuestros fracasos, sin embargo, ahora nos damos cuenta de que los culpables solo éramos nosotros, quizá, simplemente, por seguir ahí cuando debimos marcharnos antes, mucho antes. Una lanza atraviesa nuestro estómago.

Hubo un tiempo en el que fueron nuestra obsesión; formaban parte de nuestro pensamiento, por lo tanto, de nuestra actitud y de nuestras acciones. Ahora, no son nada. Solo son recuerdos, transeúntes que nos recuerdan tiempos que nuestra memoria, jugándonos una mala pasada, nos dice que fueron mejores. Sin embargo, cuando me subo la cremallera de la chaqueta, al recuerdo me vienen aquellas palabras de Rainer Maria Rilke: "Es extraño el no seguir deseando los deseos. Es extraño ver ondear libre en el espacio todo lo que antes amarró". 

Ya no somos tan jóvenes, cada vez somos más vulnerables, y junto al miedo que el presente nos pone delante pensando en el futuro, la nostalgia también nos seduce cuando los pies se nos empiezan a enfriar. Pasado, presente y futuro. Eso fuimos, eso somos y quién sabe qué seremos. Lo que está claro es que un fantasma jamás podrá calentarnos cuando andemos descalzados por las baldosas del presente.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Rutina


A veces, nos empeñamos en huir de la rutina, pero créeme, no hay nada mejor que recrearse en ella cuando, como una cachorra, me hago un ovillo a tu lado en el sofá. Entonces, empieza la vida.

domingo, 2 de octubre de 2016

85 años y un día


Hace 85 años y un día las mujeres conseguíamos nuestro derecho al voto. Nos acusaban de ser intelectualmente inferiores, pero no ha cambiado demasiado la percepción que entonces se tenía de la mujer a la que hoy se tiene. Pocos son los que se atreven a decir algo por el estilo abiertamente, pero seguimos manteniendo una sociedad machista. Un estudio reciente afirma que el 80% de las mujeres no se sienten, laboralmente hablando, valoradas. Solo hace falta mirar a nuestro alrededor y contar cuántos jefes y qué puestos ocupan en relación a cargos de importancia que ostentan las mujeres en nuestras empresas.

Kate Millet afirmó: "El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban". Y ahora, nos encontramos en ese momento en el que reivindicamos que sabemos amar igual que gobernar, tal y como hizo Clara Campoamor hace 85 años y un día. No, no hemos cambiado tanto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Aunque tú no lo sepas


Cada vez que escucho Aunque tú no lo sepas, ya sea en la voz de Quique González o de Enrique Urquijo, me estremezco. Cuántas cosas no decimos, cuántas cosas se nos quedan en el tintero... Es como aquel verso de Sabina: "los besos que perdí por no saber decir te necesito". ¿Cuánto habremos perdido en el camino por ser un poquito cobardes?

Hago un recuento de todas las cosas que no he dicho, también de todas esas cosas que posiblemente sepas, aunque yo no te las haya dicho. He perdido la cuenta de las veces que he dormido en tu espalda, cuando antes contaba cada una de ellas. Sonrío. ¡Bendita rutina!

Y es que, aunque tú no lo sepas, a menudo recuerdo el día aquel en el que me enseñaste a aterrizar. Mirábamos agarrados los aviones desde un mirador. De alguna forma, decidiste volar a mi lado, mientras el estruendo de los motores nos impedía hablar y el frío que cala los huesos, ese que deja paso a la primavera, hizo que nos acurrucásemos. Entonces, entendí que lo difícil no es volar, sino aterrizar con el viento, casi siempre, en contra.

Aunque tú no lo sepas, has convertido a alguien que no creía en nada, en alguien que cree en sí misma. Piso fuerte y hago ruido. Ya no huyo por las barras de los bares entre el alcohol y esos polvos de una noche en cualquier catre. Yo no soy la dama que aparece en las puertas de los servicios de ningún antro, pero he llegado, incluso, a sentir orgullo de lo que soy cuando me miro ante el espejo. Ya no tengo miedo, ya no huyo, ya no busco excusas. Porque, aunque tú no lo sepas, aunque en su día me destruyeras, has hecho que me rehaga mucho más fuerte, incluso me río de mis complejos. Aunque tú no lo sepas, te debo una vida. Por eso cada noche sueño con seguir durmiendo en tu espalda, y espero que eso sí lo sepas.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Sigue


Sigue soñando como un niño. Sigue guardando esa inocencia que te regala emociones ante cualquier cosita que rompe con la rutina. Sigue dejando que tus ojos oceánicos brillen con pequeños gestos. Sigue caminando, aunque estés cansado. Sigue hablando cuando lo necesites; no te guardes nada porque seguiré escuchando. Sigue enviando esos mensajes en los que me hablas acerca de lo que te preocupa o sobre lo que te hace feliz. Sigue poniéndole una sonrisa a la vida, incluso cuando las cosas se tuerzan un poco. Sigue chinchándome hasta que me enfade un poco como si fuéramos dos críos. Sigue robándome besos porque te los doy todos. Sigue, no te detengas porque los sueños cada vez los tenemos más cerca. Sigue sonriéndome, por favor. Sigue, que yo te sigo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Instrucciones de uso

Montaje extraído de Google Imágenes

Ojalá la vida viniera con instrucciones de uso. Ojalá pudiéramos coger un librito que nos indicara por dónde salir cada vez que nos derrumbamos y nos perdemos. Y si faltan tornillos, como si fuéramos un simple mueble de Ikea, no pasaría nada, pues podríamos aguantar en pie todo el peso que nos echaran. Pero, como cantaba Ismael Serrano, el hecho de vivir deja secuelas. Si caminamos, tenemos el riesgo de tropezar y hacernos alguna cicatriz de esas que, de tanto en tanto, sangran hasta tal punto que llegamos a creer que nos va a acabar por desangrar.

Pero pensándolo bien, menos mal que no tenemos ese librito de instrucciones; la de lecciones que nunca aprenderíamos. Tocar fondo tampoco está tan mal. Es la oportunidad de librar la batalla más importante: enfrentarse a uno mismo. No hay más que uno en el barro, pero ese uno es lo suficientemente fuerte como para salir de ahí, deshacerse de la marea y llegar nadando casi sin aliento a la orilla. No es fácil, por eso debes saber que en esa orilla siempre habrá alguien deseoso de reencontrarse contigo. 

Nada. No hace falta que corras. Hazlo lento y aprende de la travesía. Te espero en la orilla.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Batallas


A veces, el miedo vendrá a visitarte y puede que aparezca con un aroma de tristeza. Debes estar tranquilo, a todos nos pasa; vivir es una encrucijada constante. Puede que, incluso, llegues a no saber quién eres. Te mirarás en el espejo y verás a un desconocido al que le preguntarás cómo habéis llegado hasta aquí.

Cuando todo eso pase, cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Sucede que, en ocasiones, es lo que nos rodea lo que nos dicen qué somos realmente. No escuches a los fantasmas del pasado porque sus voces provienen de la ultratumba de tu ser. Mira, con calma, a tu alrededor. Observa los objetos que te rodean, pues ellos hablan de tus gustos, tus aficiones y de la gente que ha formado y forma parte de tu vida. Mira a la persona que tienes enfrente directamente a los ojos. Lee lo que dicen, también su sonrisa, la cual se expande cada vez que estás cerca.

Siempre habrá quienes tengan sed de venganza, a quienes la maldad les domine porque es un atributo demasiado extendido entre los humanos, pero sus errores, algún día, también les llevarán al juicio que otorga el verse ante un espejo que les rinde cuentas. Y cuando quieran saber quiénes son, no tendrán la suerte de verse reflejados en tus ojos. Entonces, entenderán que las guerras, como la Historia nos insiste a diario, nunca sirvieron para nada.

A fin de cuentas, también somos lo que nos rodea, como nos ve la mirada que tenemos delante cuando ni siquiera nosotros mismos somos capaces de vernos, y mucho menos, de reconocernos. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Luz propia

Extraído de Google Imágenes
Recuerda aquel fragmento de El Principito en el que se regalan las estrellas. Lo hacen sonriendo, así cada vez que las miren y estén lejos, se recordarán mutuamente felices y el universo bailará al son de ellos. El abuelo, sin ir más lejos, no quiso tristeza en su funeral ni que nadie fuera vestido de negro a su despedida. Mamá le dijo adiós de rojo y hubo mujeres con vestidos de flores. Ahora, le recordamos sonriendo, como pasa con las estrellas en el libro.

Te miro mientras lees concentrado ese nuevo libro. Pienso que desde aquí, desde Barcelona, es casi imposible mirar las estrellas; demasiada mierda en el aire. De repente, tus ojos azules me miran, me dices algo que me hace reír y el universo brilla, las mujeres con los vestidos de flores bailan y nuestros cuerpos, una vez más, se buscan y encajan a la perfección. 

Lo conseguiste. Ya brillas con luz propia.

lunes, 15 de agosto de 2016

Pájaros de barro


Nos conocemos desde hace mucho tiempo, aunque a veces seamos las mayores desconocidas. Me has acompañado en cada viaje, has tocado todas las pieles que mis manos han acariciado, has visto el mundo a través de mis ojos y has llorado al escuchar las mismas canciones que yo. Pero a veces te miro en el espejo y no te reconozco. He cambiado mis miedos y mis prioridades.

A veces, ya ves, tengo la sensación de ser completamente invulnerable. Entonces, miro lo que tengo a mi alrededor y siento miedo, miedo a perderlo, y me convierto así en un ser frágil que solo busca un abrazo. ¿Quién nos lo iba a decir que un hombre nos haría invencibles a la vez que frágiles?

Sobre el amor se ha escrito mucho, así que nada nuevo puedo escribir ni decirme a mí misma cuando me miro ante un espejo. Intento entender los cambios en mí, en mi perspectiva, y como ves, ni siquiera yo me reconozco. Ahora soy fuerte, y lo soy de verdad, porque tengo mucho que perder. Ahora sonrío sin un aparente motivo y al levantarme busco su cuerpo a mi lado. Ya no hay rastro de muchas de las cosas que fui y no me gustaba ser. Incluso soy capaz de hacer pájaros de barro que vuelan muy, muy alto.

lunes, 8 de agosto de 2016

El abandono del cadáver


"Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy".
 Alejandra Pizarnik

Y, poco a poco, perdí el miedo. Poco a poco, empecé a pisar fuerte, sin importarme el estruendo que provocaban mis pies descalzos. Me levanté para temblar en tus brazos, para vibrar con la vida, para mirar los ojos de aquellos que tienen algo que contar y perderme en las páginas de los libros que caen en mis manos. Dejé tirado en la cuneta mi propio cadáver porque el mundo y tú me esperabais. 

Esta noche en la que la canícula se folla al insomnio para arrebatarme caer inconsciente y perdida entre las sábanas, levanto mis espadas ante todos aquellos cobardes que culpan a los otros de las consecuencias de sus actos, los mismos que utilizan la maldad para intentar rompernos. No, me niego. Porque en el abandono de mi cuerpo, ellos nunca formaron parte de este plan. Antes mi plan; ahora, nuestro plan.

martes, 2 de agosto de 2016

La salida del laberinto


El conejo le preguntó a Alicia de qué servía correr tanto por el laberinto. La muchacha se encogió de hombros y se quedó en silencio. El conejo no entendía la actitud de Alicia, pues de sus prisas había pasado a la quietud. Ella sonría sin más, aparentemente; él intentaba comprenderla. Hasta que de repente Alicia rompió el silencio:

-Tengo miedo, señor Conejo. Nunca había sentido esa sensación. De niña tenía miedo de los monstruos que se escondían en el armario. Ahora sé que no existen, pero tengo miedo.

El conejo sonrió a la muchacha:

-Te has hecho mayor, Alicia. Como ves, correr por el laberinto no sirve de nada. El miedo siempre nos atrapa, por más que le intentemos marear, pero nos es útil si sabes cómo aplicarlo. Es uno de lo motores más potentes que existen: o nos empuja a avanzar o nos paraliza.

A Alicia se le escaparon las lágrimas:

-Señor Conejo, no quiero quedarme quieta. Usted me dijo hace unos meses que estaba cansado de ver a otros pasarlo bien mientras les observaba. Yo quiero ofrecerle eso, quiero que vibre con la vida, pero a veces creo que fallo y no sé cómo hacerlo. Le amo tanto que creo que la mayoría del tiempo lo hago mal.

El señor Conejo besó con ternura a Alicia, le cogió fuerte las manos y, pese a tener un poco de enfado, supo cómo calmarla:

-Querida, estoy aquí. Quiero que seas libre y salgas del laberinto. Saldremos juntos de la mano porque yo me quedaré aquí. No tengas miedo, deja que digan porque tú tienes todo lo que otros desean. Sé fuerte, porque en la vida no nos queda otra. Eso también es vivir.

Alicia y el señor Conejo se besaron. Ella sabía que era el sapo del cuento y estaba orgullosa de ello. Nunca quiso ser princesa, solo quiso salir de aquel laberinto. Y lo consiguió porque el señor Conejo agarró fuerte su mano y supo que aquella historia, aunque sin perdices, era para siempre.

lunes, 25 de julio de 2016

Fue por una rubia loca


Nunca soñó con pisar la luna. Más bien, prefería caminar con calma por las calles oscuras y desiertas que la gran urbe regala si te empeñas en conocerla. No soñaba jamás con piratas ni sapos, y mucho menos con príncipes aburridos, sino que corría por los cuerpos de los hombres que la soledad regala en las barras de los bares. Cabalgaba sin opción de detenerse, creyendo que la locura jamás sería lo suficientemente atractiva como para sobrevivir en ella. Tenía miedo, claro está, de la realidad. Bailaba sola, como en aquella canción de Los Rodríguez, así que como a la protagonista, también le gustaba que se la echaran a suerte.

La vida es fácil cuando nada nos une a ella. Cuando no tienes en quién pensar al levantarte ni al acostarte, y si lo piensas, que sea eso, un simplemente pensamiento contra el que luchar. ¿Pero de qué sirve? El filo entre la cordura y la locura a veces se difumina tanto que ni existe y empeñarse en ser demasiado cuerdo o demasiado loco nos agota y nos convierte en simples ovejas que siguen a un rebaño u otro.

Suena el teléfono. Es él. Ella sonríe y siempre se le corta un poco la respiración cuando le escucha, por mucho que pase el tiempo. Se despiden con un "te quiero" hoy que no comparten cama. Ella sonríe mientras mira fijamente a la luna. También cae en la cuenta de que nunca más quiere bailar sola.

martes, 19 de julio de 2016

Fantasmas


Ahí está. Vuela a tu alrededor y sientes un escalofrío por todo el cuerpo. Te mira fijamente a los ojos y te paraliza. Dudas del presente y te bañas en su recuerdo. Pero es un fantasma, no es más que eso. Te levantas de la silla y miras a tu alrededor. Ha desaparecido. Respiras, pero sientes la nostalgia penetrándote en cada hueso, en cada músculo.

Hay quien me dijo una vez que deseaba vivir, que estaba cansado de observar a los demás disfrutando de la vida. Sentí un cierto orgullo porque quisiera compartir ese deseo conmigo. La vida, claro, consiste en vencer pequeñas batallas diarias de fantasmas, esqueletos y pieles muertas. Es eso que te espera cuando sales de tu zona de confort, cuando decides levantarte del sofá. Está en otras tierras, en otras manos, en otros ojos. Está cruzando el semáforo de tu calle, cuando siento esas mariposillas en el estómago al volver a verte, aunque apenas haga unos minutos desde nuestro último encuentro.

Nos sentamos en una terraza. En la mesa compartimos comida gallega. El vino y la cerveza riegan nuestros cuerpos sudorosos por la canícula. Pasa la gente por nuestro lado. Ahora son ellos quienes nos miran. Volcamos nuestros miedos el uno en el otro; después, nuestros deseos. Sabemos que bailaremos en la oscuridad con nuestros fantasmas, que el miedo nos cogerá de la mano algunas tardes tontas e, incluso, puede que a veces nos venza. Pero nos miramos y todo empieza de nuevo. No brindamos porque no nos hace falta, pero nos ofrecemos mutuamente un trozo de pan. Ahí, ahí está la vida.

martes, 12 de julio de 2016

Que la vida iba en serio


"Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde", escribió Jaime Gil de Biedma. Y así es, llega un día en el que empiezas a comprenderlo y a intentar tomar las dimensiones del teatro del que habla el poema. Llega una noche en la que el miedo te recorre y paraliza cuando un individuo te roba la cartera y una parte de ti en las escaleras de una estación de metro. La cabeza revive una y otra vez la historia, sin embargo, siempre cambia. No sabes si corriste o te quedaste quieta conteniendo la respiración. Apenas recuerdas si era gordo o flaco ni las palabras exactas que te dijo.

Te obligan a recordar. Y tú solo te ves perdida en la gran inmensidad. Entonces, vuelves a sentir miedo. Te preguntas qué ha cambiado para que ese miedo te recorra cada vertebra y te acelere el corazón. Es ahí cuando caes en la cuenta de la primera llamada que haces cuando tienes miedo. Ahí está su nombre en el registro de llamadas. Sigues recordando y piensas en lo que eras antes, de la vuelta como un calcetín que te ha dado, de lo que ha hecho contigo, con tu vida, con tus amigos. Relees esos mensajes que me piden que le cuides, que tiene pinta de que esta es la buena. Sonrío y decido mostrarme humana; no soy una roca. Tengo miedo porque, ahora sí, tengo algo importante que perder.

A veces, ya ves, también me rompo. Pero quién te iba a decir, porque nunca me hiciste caso en esto, que ibas a tener la fuerza suficiente como para cogerme de la mano y volar, para recoger cada pedazo de mí e ir colocándolo con paciencia en su sitio. Quién nos iba a decir que serías mi número de teléfono favorito para una emergencia y que me recordarías cada vez que se me olvide que puedo, que soy fuerte, y que pese a que la vida vaya en serio, levantaremos cada día el telón.

lunes, 4 de julio de 2016

Kamikazes


A menudo solía pensar que el amor es el castigo que se impone a los que no sabemos estar solos. Huía de él a toda velocidad, pero no había forma de acabar la carrera sin alguna cicatriz. Más tarde entendí aquella frase de Hemingway que decía que "El mundo nos rompe a todos, mas después, algunos se vuelven fuertes en lugares rotos". Y posiblemente no haya mejor descripción para el amor, pues parte de la recomposición de uno mismo, de aceptar que el otro nos puede hacer añicos en cualquier momento y, sin embargo, reunir el valor suficiente como para tirarte de cabeza, como un buen kamikaze, a los brazos del otro.

Hoy, compadezco a todos aquellos que no son capaces de reunir el suficiente coraje como para dejarse llevar, aceptando todos los miedos y heridas que ello supone. Qué pena de todos aquellos que se cierran a un amor de esos que te hacen perder la cordura. Lánzate al vacío, siempre hay puntos de sutura suficientes en su cuerpo.

miércoles, 29 de junio de 2016

Solo un segundo, toda una vida


Crack. Solo un segundo. Ese tiempo es el necesario para que un hueso del cuerpo se rompa. 

El metro está lleno y el dolor recorre todo mi cuerpo. Escucho su voz y su risa al otro lado del teléfono. No hay mejor analgesia.

Solo es necesario un segundo para saber quien es la persona con la que quieres pasar el resto de la vida: la misma que te reconstruye hueso a hueso.

lunes, 27 de junio de 2016

No hay inocentes

Caricatura extraída de Google Imágenes

No nos gusta que nos traten como tontos, decimos. No nos gusta que nos traten así, con ese tono paternal que nos repatea. Somos inteligentes, pensamos y decidimos, tanto en nuestras vidas como en las urnas. Por lo tanto, se acabó la inocencia. No somos inocentes, sino cómplices. La mayoría ha decidido que nos gobierne un partido imputado (¡el partido entero!) por corrupción. Se ha elegido a un señor que lleva los sobres y los recortes por bandera y que señala a los otros como "los malos" durante su discurso de victoria.

Esto es lo que hemos elegido, sabiendo que nos han desmantelado los servicios básicos, como la Educación y la Sanidad. Son una banda de ladrones de guante blanco, nada más. Pero les hemos vuelto a elegir. Así pues, como ciudadanos capacitados para votar no nos queda otro remedio que aceptar y reconocer que somos cómplices de esos robos. También nos han quitado esa inocencia, y lo peor de todo es que la culpa es nuestra.

lunes, 13 de junio de 2016

La ventana indiscreta


Uno al lado del otro nos sentamos en el borde de la cama y miramos hacia afuera. El verano trae la vida a los patios de los vecinos. Vemos como los de enfrente comen los cuatro en la mesa; la de abajo, riega las plantas; a la izquierda, una mujer explica su día por teléfono echada en la baranda de su balcón; y a la derecha, una pareja pasea medio desnuda por el salón.

Los miramos en silencio y atentamente. Solo hablamos para señalar a unos u otros, dependiendo de lo que nos parezca más interesante. Así paramos nuestra vida unos minutos, como si nuestra ventana fuera igual de indiscreta que la de Hitchcock. Nos miramos y volvemos a lo nuestro con un beso. No tenemos nada que envidiarles, ya no.

Es la hora de la cena, hoy vamos fuera. Me coges fuerte de la mano de camino a un restaurante aún por escoger. Pisamos con fuerza y reímos mientras hablamos de cualquier cosa. Miro hacia una ventana y hay un hombre que nos mira. Se parece a Alfred.

martes, 7 de junio de 2016

Monstruos en el armario


Nunca creí en sus monstruos. Supe desde un principio que tras cada capa de él, había un halo de esperanza. He visto sus ojos brillar, he sentido en mis brazos cómo se mueve su cuerpo al reír, he lamido sus heridas y he escuchado cómo late en mi pecho. También he visto sus miedos y sus inseguridades, incluso sus manías y vicios. Y toda esa luz que ofrece a cada paso, con cada respiración, hace que me atreva a recoger los pedacitos de mi mundo cada vez que se destruye para que vuelva a empezar mi propio puzzle. 

Le miro, me sonríe. No puedo ver a los monstruos; no hay monstruos, pues les disparamos a cada paso. Le miro y el mundo duele mucho menos. Le cojo fuerte de la mano para enfrentarme al futuro que nos acoge. Vivimos, al fin y al cabo. Y si hay monstruos escondidos en su armario, bailaré con ellos.

miércoles, 1 de junio de 2016

Duermes


Es extraño verle dormir, vigilar su sueño. Su respiración se ralentiza y todo alrededor parece un estruendo. Él duerme y me tumbo a su lado. No consigo que mi respiración vaya a su ritmo, aunque me siento tranquila. Me gusta imaginar lo que está soñando cuando veo que su rostro se relaja. Es en ese momento cuando deseo acariciarle el pelo, pero no me atrevo. No quiero sacarle de sus sueños, aunque tenga celos de Morfeo por tenerle rendido a sus pies. Desearía que abriera sus ojos y me sonriera, como hace cada vez que despierta y estoy a su lado, pero no me muevo para que sus párpados sigan cerrados. 

Tengo la sensación de ser una ladrona, de estar robando una parte de él. Es excitante mirarle cuando no se da cuenta. Se mueve con lentitud. Coge aire profundamente y lo suelta despacio. Yo dejo de respirar durante unos segundos para que no se despierte, para poder seguir siendo esa ladrona. Duerme tranquilo, así que ahora sí, le acaricio despacio el pelo. De repente, mi respiración se agita mientras la suya continua tranquila. Siento el calor de su piel y sonrío al ver que él es mi sueño. Entonces, abro los ojos y ahí sigue, meciéndose en los brazos de Morfeo. Sonrío mientras me acurruco a su lado y el mundo duele un poco menos.

domingo, 22 de mayo de 2016

Un año y un día

Hace una semana y un día que espero tu llamada. Esa llamada que cada 14 de mayo llevaba la cuenta de las primaveras que sumo. Echo de menos que me digas esas cosas que me hacían enfadar y las regañinas que te dedicaba por teléfono para que hicieras lo que tocaba. Entonces, te reías, me llamabas prenda y cambiabas de tema. Me preguntabas si aún seguía estudiando, cómo me iba en el trabajo o si algún muchacho me rondaba. Yo reía. Hoy las respuestas a esas preguntas han cambiado: sigo estudiando, el trabajo lo vamos llevando y, sí, abuela, tengo novio. Sé que te gustaría conocerle, que le contarías tus chistes y tus anécdotas y todos reiríamos, una vez más, contigo.

No hace demasiado que al móvil me llegó un vídeo de ti en el hospital. Contabas uno de esos chistes y todos reían a tu alrededor. Sabíamos que ya nos quedaba poco para disfrutar de ti, de tu alegría contagiosa, de tu fuerza. Ambas las llevaste como bandera hasta el final. ¿Y sabes qué? Te admiro. Te admiro porque hay que ser muy valiente para enfrentarse a la muerte durante meses con una sonrisa.

Hoy, 22 de mayo, hace un año y un día que espero tu llamada.

viernes, 20 de mayo de 2016

Barcelona sobrevivirá


Hay quien acude a tu rescate recogiéndote en sus brazos y, justo en ese instante, te recompone el alma. ¿Cómo no creer en la magia cuando eso sucede? Aunque su piano lleve tiempo en silencio, como podrían cantar Standstill, Barcelona sobrevivirá gracias a él.

lunes, 9 de mayo de 2016

Surfeando


Barcelona, 8 de mayo del 2016
Hay quienes se pasan la vida esperando. Se quedan mirando frente al mar esperando que las olas les lleven. Una vez que eso sucede, intentan llegar a la orilla de nuevo sin ahogarse demasiado. Pero también están los surferos, los que cogen su tabla, se meten en el mar en pleno oleaje y solo esperan coger la ola más grande, para subirse a ella y llegar a la orilla en pie. Si caen, vuelven a levantarse para encararse a la siguiente ola, y aunque lleguen en pie, vuelven a meterse en el mar para enfrentarse a la corriente. Ellos sí saben cómo vivir la vida, sin quedarse al margen y enfrentándose a sí mismos. Vivir es surfear, es mirarse en el espejo y reconocerse.

lunes, 2 de mayo de 2016

El brillo de los ojos


Nació en primavera en una noche lluviosa. En la casa de al lado los vecinos lloraban por la muerte del abuelo; en su casa, en cambio, lloraban de alegría por su nacimiento. Decidieron ponerle Felicidad y desde muy pequeña corría para escaparse de todos aquellos que iban tras ella para atraparla.

Felicidad se enamoraba con facilidad, pero poco tardaba en escaparse. Odiaba sentirse perseguida. Se aburría de todos aquellos que se inventaban mil excusas para no enfrentarse a ellos mismos; así no podrían retenerla jamás. Se reía de aquellos que se jugaban con la suerte estar a su lado y no a través del esfuerzo.

Hace poco, te miré a los ojos. Seguían siendo claros, ese azul que se confunde con el mar. Corrías tras ella y te dabas de bruces una y otra vez. Pero ese día en ellos había algo diferente. Te habías dado cuenta de que a Felicidad no se le atrapa, solo hay que disfrutarla a través de las pequeñas cosas. Está ahí, mientras cantas a ritmo del rock 'n' roll de Bruce Springsteen, coges conchas en la orilla del mar una tarde de domingo o comiendo aquello que has aprendido a cocinar. Justo ahí, en esa satisfacción, en ese pequeño triunfo. Y es que Felicidad siempre fue de la mano -aunque haya a quien le cuesta verlo- de Valentía. Esa valentía que está en hacer algo por primera vez. Esa gran valentía que solo encuentra aquel que se enfrenta a sí mismo; entonces, empieza a ganar batallas. Así es como los ojos de Felicidad brillan, también los míos.

lunes, 25 de abril de 2016

Hidalgo

Pintura extraída de Google Imágenes

Cada año la primavera trae a Barcelona historias de dragones, caballeros y princesas. Las calles quedan cubiertas por el olor a rosas y libros. Te miro y sonrío. Bien sabes que aunque me trates como tal, no soy ninguna princesa, pues poco tardo en izar la bandera de la república. Pese a ello, insistes. Y yo vuelvo a sonreír porque sin escudo alguno has sido capaz de apuntar con la lanza a tus dragones. Siento orgullo de ti. No busco a ningún caballero andante, ya que admiro a los locos hidalgos que cabalgan a lomos de rocinantes y se enfrentan a gigantes con forma de molinos. Así que sigo mirándote mientras continuas cabalgando. Y vuelvo a sonreír.

lunes, 18 de abril de 2016

La vida en domingo


El calor era sofocante, aunque solo fuera primavera. El mar se mecía con calma, así que los marineros no dudaban en alzar las velas para navegar, mientras tanto, la orilla se llenaba de gente que decidía darse el primer baño de la temporada. Los domingos tienen ese no sé qué capaz de parar el tiempo, haciendo que la vida parezca una fotografía, un instante inmóvil. Sin embargo, en un ataque de valentía decidimos abandonar la sombra, bajar a la arena y quemarnos los pies para formar parte de la escena. Sonreímos. Vivir consiste precisamente en eso, aprendemos: darle movimiento a nuestras propias fotografías.

domingo, 10 de abril de 2016

Bienvenido a mi revolución


Llega la primavera y el mundo arde. Las plazas de París, Islandia y Lisboa empiezan a rugir, mientras seguimos mirando atónitos a Panamá. A los que huyen de la guerra, en las malditas fronteras, les gasean y la indignación ante el televisor aumenta. Vuelve la rabia, vuelve la ira, vuelven las ganas de revolución, que florece como los cerezos en el Valle del Jerte.

El mundo sigue desmoronándose, y sin embargo, se nos ocurre florecer como esos cerezos que atraen a los turistas hasta la bella Extremadura. Nos cogemos fuerte de la mano bajo una mesa y nos atrevemos, al fin, a cumplir todas las promesas que nos hicimos. La revolución, está claro, nace en primavera.

martes, 5 de abril de 2016

Cuídate, nos debemos la vida


Las bocas de metro nos escupen a diario hacia nuestras rutinas. Tras nueve horas de trabajo para ganar un sueldo miserable, nos vuelven a acoger para mecer nuestro cansancio. Pero los viernes nos empujan a la vida. Aquel viernes, el último que ella podía recordar, llovía a cántaros. Sus lágrimas se mezclaban con las gotas que caían del cielo. Ella temblaba porque el miedo le vencía. Pero encontró el refugió de sus brazos, como otras tantas veces, y, así, le dio una patada al miedo. 

Horas después, ella volvió a escuchar aquel verso de un gallego de pelo largo: "Cuídate, nos debemos la vida" y sonrió. Volvieron a prometerse una vida y media, esta vez siendo valientes, esta vez siendo ellos, suicidando, al fin, en las vías del metro sus miedos. Entonces, vivieron.

domingo, 27 de marzo de 2016

El poso del vaso


Ella siempre sonreía. Contra más triste estaba, más reía. Sus carcajadas llenaban las barras de los bares y atraían a los extraños con los que jugaba en los lavabos, entre coches en algún oscuro callejón o en alguna cama que siempre se quedaba por hacer al día siguiente. Mientras esperaba al desconocido de turno, miraba el poso de su copa. Jugaba con su futuro para que el presente volviera a llenar el vaso.

No fue en una barra de un bar donde le encontró. Fue en el lugar menos esperado. Sus ojos claros, su sonrisa y una impostada fuerza la cautivaron. Con el tiempo, aprendió que esa fuerza no era real. Él le contó sus miedos e hicieron juntos lo que pocos podrán crear. Ella vigilaba sus sueños y, como buena bruja, leía el poso de su copa. Él, vio, vivía de un pequeño castillo de arena; ella, en cambio, vivía con los pies demasiado pegados en el suelo.

Así que él se marchó, como otras veces hizo. Ella sabía que el camino era largo, que en cualquier momento volverían a cruzar sus miradas. Posiblemente, ya fueran dos extraños, pero ambos sabían de sus miedos y sus mentiras. Y así crearon cada uno su propia historia. Ella lamía la cicatriz que él le había dejado de nuevo en la barra del mismo bar con los mismos extraños que aguardaban su regreso para volver a arroparla en la oscuridad. Pero ella volvía a escapar de nuevo a la barra hasta que el sol lucía en lo más alto. Entonces, volvía a jugar con su futuro, pero los elementos del poso eran totalmente diferentes a los que se encontró por vez primera.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Días de penitencia

Viñeta extraída de Google Imágenes

Miramos al mar. Damos la bienvenida a la primavera y sus picores. La gente juega en la Barceloneta sobre la arena, toma el sol y el vermú de domingo. El agua está un poco picada, pero intenta aparentar tranquilidad, como normalmente hacemos en nuestra vida diaria. Y ahí está el mar, bailando con sus olas mientras todos por el paseo marítimo caminamos bajo su compás.

Pero nos olvidamos que hay otras vidas que arrastra la marea. Olvidamos lo que pasa en las costas de Grecia y Turquía, de los pactos de la vergüenza que dejan a padres sin hijos y a hijos huérfanos. Ellos no bailan; mueren. Volvemos a necesitar un nuevo niño en las costas muerto que llene las portadas de los periódicos y pinte muros porque el racismo aumenta. Las puñeteras fronteras. La diferencia ficticia entre el tú y el ellos por estar en un paseo marítimo y no a bordo de una patera, que a veces es un simple flotador. Entonces, estallan, de nuevo, las bombas en el centro de Europa. Vuelven a matar en nombre divino, dicen, cuando quieren decir económico, el mayor Dios. Volvemos a ser nosotros. Volvemos a encogernos. Volvemos a rezar a nuestros dioses y vírgenes porque esos, claro, son los buenos. Volvemos a mirar de reojo a aquellos que se juegan la vida cada minuto, que mueren de frío, que serán la vergüenza de nuestros libros de Historia, como lo son los campos de concentración nazis, porque estos no son más que muertos de segunda división.

Sin embargo, en Barcelona deja de llover. Vuelve a salir el sol y los cerezos empiezan a florecer. El polen comienza a posarse en nuestros pulmones. Cuesta respirar. Seguimos bailando junto al mar, que nos mece, intentando no zarandear demasiado nuestros miedos. Y en aquella frontera, la que nuestra vista crea ilusoriamente y la bautiza como horizonte. si miras hacia el Este, seguirás viendo las muertes que nuestros mandatarios, que estos días de penitencia se santiguan, siguen propiciando.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los mortales ganan


Nos hablan de los héroes como aquellos a los que no podemos alcanzar, como unos ejemplos a seguir, como los fuertes y bondadosos que siempre irán al rescate de la damisela de turno. Aunque, como canta Sabina, las niñas ya no queremos ser princesas, ergo no necesitamos que nadie nos rescate de nuestros monstruos. Pero volvamos a los héroes. Hace tiempo que dejé de creer en ellos, especialmente desde que mi mirada y mi vida se cruzaron con un mortal. Me gustan los mortales. Los que tienen miedo y no dudan en reconocerlo, es más, aprenden a convivir con él e, incluso, a veces, se envalentonan e intentan luchar contra él. Y vencen. Ganan cada vez que sonríen porque con ellos, con su sonrisa, siempre hay alguien al que le arrancan una carcajada. Me gustan los mortales porque sus ojos brillan constantemente y porque saben encontrar el sonido de una gaita en medio del parque de la Ciutadella. Entonces, la ciudad calla porque los mortales pasean y se aman. Y es por eso que me gustan los mortales, porque saben llorar igual que saben amansar la bravura de una gran ciudad. Es así como gracias a su música, a la fuerza de sus pisadas, a sus lágrimas y a su risas, Barcelona se convierte en una ciudad más humana en la que una, junto a sus miedos, puede habitar.

domingo, 6 de marzo de 2016

El globo rojo de Andrea

Andrea paseaba por la orilla del río con su abuelo. Respiraba el aire de la periferia barcelonesa mientras agarraba con fuerza un globo rojo al que miraba orgullosa. Llovía y la ventisca de marzo hacía que aún agarrase con más fuerza la cuerda del globo y la mano del abuelo, quien la miraba orgulloso, como ella a su globo rojo. De repente, Andrea soltó el globo, el cual llegó a una altura inalcanzable, para mirar cómo se zambullía un pato en el río. La niña, al darse cuenta de que había perdido el globo, empezó a llorar desconsolada. El abuelo sonrió y, no sin dificultades, se agachó a la altura de la pequeña:

-Andrea, no pasa nada. Esto que acaba de pasar es parte de la vida.

Ella no entendía nada. No había consuelo para sus lágrimas, así que el abuelo siguió:

-El río que ves se encuentra con muchas dificultades para llegar al mar. A veces, tiene que enfrentarse a la sequía; otras, tiene que enfrentarse a lluvias torrenciales que hacen que se desborde.

Andrea miraba fijamente a su abuelo. No entendía nada de lo que le decía, pero escuchaba la voz ronca y gastada del abuelo ensimismada:

-Tu camino, como el de cualquiera, también estará lleno de días de sequía y de inundaciones. Volverás a quedarte prendada de patos que nunca serán cisnes, pero que te enseñarán qué es querer y que te quieran, hasta que finalmente veas un globo rojo volar. Perderás la cabeza por poder cogerlo, no habrá cosa que más desees, y quién sabe si lo conseguirás. Sabrás que merece la pena encaramarse a un árbol por tal de poder pasear con él y perderás el miedo al vértigo. Vivir, a veces, provoca vértigo, pero cuando estás en la copa del árbol, cerca de tu objetivo, entiendes que ha merecido la pena y sabrás que si no te subes al árbol, por muchas ramas que se partan en la subida, solo te quedará el lamento, como ahora.

Andrea tardó años en entender las palabras del abuelo. Por su vida pasaron muchos hombres y algunas mujeres que acabaron siempre por zambullirse. Jamás fueron, ni siquiera, cisnes. Hasta que un día conoció a un hombre que soñaba con poder volar. A ella le daban pánico las alturas, pero le miró a los ojos y en menos de un segundo le agarró fuerte la mano, como un día hizo con la cuerda de un globo rojo. Entonces, la que le enseñó a volar fue ella.

domingo, 28 de febrero de 2016

Esa llama


De repente, llegó el frío y la lluvia a Barcelona. El febrero bisiesto tocaba a su fin y marzo amenazaba con arrancarle una nueva hoja al calendario. Se miraron, se acercaron de nuevo y, entonces, avivaron esa llama que no solo calienta la piel y los huesos, sino el alma.

lunes, 22 de febrero de 2016

Un eco de humanidad


Cuando un maestro se nos va, sentimos un pequeño vacío dentro, un pellizco en el alma. Eso volvió a suceder este pasado fin de semana con la muerte de Umberto Eco. Muchas horas de lectura y reflexión la que nos regaló -y seguirá regalando- Eco, un puntal básico para los que hemos estudiado y amamos el periodismo y las humanidades. Eco supo mantener la dignidad ante la masa, pese al éxito. Supo enseñar a pensar y a hacernos mirar el mundo de una forma crítica y apocalíptica porque ser un integrado es demasiado aburrido.

Umberto Eco nos deja de legado la obligación de pensar y analizar nuestra realidad. Y es que no vale rendirse ante los comentarios superfluos de los medios de comunicación, de nuestros políticos o, incluso, de la gente que nos rodea. Tras conocer su muerte, rápidamente se me vino a la mente una cita que apunté hace algunos años en una libreta: "El verdadero héroe es héroe por error. Sueña con ser un cobarde honesto como todo el mundo". Y sí, soy eso, una cobarde que se deja llevar por sus rutinas. Y una acaba siendo honesta cuando vuelve a escuchar un "te quiero" de su boca, cuando vuelve a sentir sus caricias y abrazos un lunes de febrero cualquiera y se reconoce que solo es una heroína cuando la casualidad nos cruza.