domingo, 24 de enero de 2016

Alicia en su laberinto

Se encontraron por casualidad en un pasillo. Cruzaron sus miradas y sus nombres. Hacía calor, la canícula apretaba y el deseo aumentaba con cada risa, con cada saludo. Él le dijo que algún día acabarían juntos; ella, por su parte, pensó que estaba loco. Por eso, como si se tratara de Alicia en El País de las Maravillas, acabó corriendo por su laberinto. Perdiéndose en él, acabó perdiendo el miedo que la había aprisionado a vivir. Juntos caminaron por el lado de la vida que más duele y salieron ilesos.

Llegó el día de la despedida. Pero no podía existir una despedida entre ellos. Demasiado amor, demasiada verdad como para dejarlos abandonados en un banco cualquiera. Hubieron más lágrimas, pero estas se las secaron mutuamente. Volvieron los paseos, las cenas, los "te quiero" y, de repente, los "espérame". Él desnudó a Alicia, a quien solo le quedaba su sombrero loco. La desnudó arrancándole la ropa a escondidas, sin que nadie se enterara porque el resto pensaban que estaban lejos el uno del otro. Pero ahí estaban, compartiendo cama una vez más. Él sabía cómo quitarle la ropa, pero también, cómo desnudarle el alma.

Seguían despidiéndose con promesas de futuro en las bocas de los metros. No les importaba la gente, aunque seguro que se morían de envidia al verles besarse con tanta pasión. No podían soltarse el uno del otro. Sus cuerpos, como sus palabras y deseos, tampoco mentían. "Nos vemos el lunes", y aunque solo fueran cuarenta y ocho horas sin él, Alicia no pudo hacer otra cosa que refugiarse en la barra de un bar para sobrevivir al espectro de la Reina de Corazones. Llenaba sus vasos de alcohol y en el poso de cada vaso solo se leía el nombre de él. Así que Alicia cometió la locura, como él hizo en su día, de prometerle un futuro. Y es que él tenía los ojos de los hijos de Alicia.

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