domingo, 31 de enero de 2016

La guerra en tu cuerpo


Parecían dos personajes de una canción de Sabina. Él esperaba que las cosas sucedieran solas, pero no entendía que delante tenía a una rubia loca a la que no le importaba jugarse la vida y el corazón por él. Se besaban bajo cada farola, discutían a gritos, pero no podían separarse sin abrazarse, sin besarse, ni sin prometerse la vida. 

Ella no quería príncipes azules, pues siempre alzaba la bandera de la república. Las niñas, afortunadamente, ya no quieren ser princesas. Ella se escondía tras sus trincheras, por eso él le secaba las lágrimas sin saber que estaba siempre en lucha. Ella entendía que la guerra se libraba en su cuerpo, por eso le hacía el amor con un rifle bajo la almohada, del que se olvidaba con cada beso. Entonces, ella entendió los versos de Miguel Hernández que con cada guerra televisada recitaba:


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
 
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
 
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.


Y volvió a sentirse casi invencible en sus brazos.

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