lunes, 18 de enero de 2016

Viaje a Ítaca


Hay quienes plantean la vida como un viaje, pero de viajes hay muchos. ¿De qué sirve irse con prisas si no sabes volver con calma? Todos tenemos una isla, una Ítaca que queremos alcanzar. Primero, corremos hacia ella y no importan los tropiezos, hasta que dejamos de avanzar. Entonces, aprendemos a andar y recogemos las enseñanzas que se esconden tras cada traspié. No es fácil ser Ulises, pero tampoco es fácil ser Penélope. Casi más desesperante es esperar que tener que atarse a un mástil para ignorar los cantos de sirena y que acaben en el olvido.

Pero no todos los viajes a Ítaca son iguales, como decíamos. Siempre hay esos mensajes que llegan en el momento menos esperado pidiéndote que ejerzas de Penélope y esperes. ¿Cómo hacerlo cuando tu alma es de Ulises, cuando estás acostumbrada a remar en los momentos en los que la marea sube y las olas braman? No, jamás podré ser como ella. Tengo ese alma de viajero y seguro que Penélope también lo tenía, me digo. Las hay que esperan haciendo y deshaciendo lienzos y quienes pintan su vida tendiendo la mano a quien aman. Vivir es llevar el barco a esas olas o un paseo de la mano por el Gótico de Barcelona un domingo por la tarde.

Ulises siempre hubieron, pero las Penélopes aprendieron que Ítaca no era inamovible. Y es que el miedo al viaje y, sobre todo, a la llegada, solo puede vencerlo el viajero que se enfrenta a la cólera de Poisedón. Ese será quien alcance la orilla y encuentre a Penélope matando monstruos en cualquier esquina de un callejón húmedo y oscuro para robarte, otra vez, mil besos en cualquier despiste y vencer, de una vez por todas, al miedo juntos.

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