domingo, 6 de marzo de 2016

El globo rojo de Andrea

Andrea paseaba por la orilla del río con su abuelo. Respiraba el aire de la periferia barcelonesa mientras agarraba con fuerza un globo rojo al que miraba orgullosa. Llovía y la ventisca de marzo hacía que aún agarrase con más fuerza la cuerda del globo y la mano del abuelo, quien la miraba orgulloso, como ella a su globo rojo. De repente, Andrea soltó el globo, el cual llegó a una altura inalcanzable, para mirar cómo se zambullía un pato en el río. La niña, al darse cuenta de que había perdido el globo, empezó a llorar desconsolada. El abuelo sonrió y, no sin dificultades, se agachó a la altura de la pequeña:

-Andrea, no pasa nada. Esto que acaba de pasar es parte de la vida.

Ella no entendía nada. No había consuelo para sus lágrimas, así que el abuelo siguió:

-El río que ves se encuentra con muchas dificultades para llegar al mar. A veces, tiene que enfrentarse a la sequía; otras, tiene que enfrentarse a lluvias torrenciales que hacen que se desborde.

Andrea miraba fijamente a su abuelo. No entendía nada de lo que le decía, pero escuchaba la voz ronca y gastada del abuelo ensimismada:

-Tu camino, como el de cualquiera, también estará lleno de días de sequía y de inundaciones. Volverás a quedarte prendada de patos que nunca serán cisnes, pero que te enseñarán qué es querer y que te quieran, hasta que finalmente veas un globo rojo volar. Perderás la cabeza por poder cogerlo, no habrá cosa que más desees, y quién sabe si lo conseguirás. Sabrás que merece la pena encaramarse a un árbol por tal de poder pasear con él y perderás el miedo al vértigo. Vivir, a veces, provoca vértigo, pero cuando estás en la copa del árbol, cerca de tu objetivo, entiendes que ha merecido la pena y sabrás que si no te subes al árbol, por muchas ramas que se partan en la subida, solo te quedará el lamento, como ahora.

Andrea tardó años en entender las palabras del abuelo. Por su vida pasaron muchos hombres y algunas mujeres que acabaron siempre por zambullirse. Jamás fueron, ni siquiera, cisnes. Hasta que un día conoció a un hombre que soñaba con poder volar. A ella le daban pánico las alturas, pero le miró a los ojos y en menos de un segundo le agarró fuerte la mano, como un día hizo con la cuerda de un globo rojo. Entonces, la que le enseñó a volar fue ella.

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