domingo, 27 de marzo de 2016

El poso del vaso


Ella siempre sonreía. Contra más triste estaba, más reía. Sus carcajadas llenaban las barras de los bares y atraían a los extraños con los que jugaba en los lavabos, entre coches en algún oscuro callejón o en alguna cama que siempre se quedaba por hacer al día siguiente. Mientras esperaba al desconocido de turno, miraba el poso de su copa. Jugaba con su futuro para que el presente volviera a llenar el vaso.

No fue en una barra de un bar donde le encontró. Fue en el lugar menos esperado. Sus ojos claros, su sonrisa y una impostada fuerza la cautivaron. Con el tiempo, aprendió que esa fuerza no era real. Él le contó sus miedos e hicieron juntos lo que pocos podrán crear. Ella vigilaba sus sueños y, como buena bruja, leía el poso de su copa. Él, vio, vivía de un pequeño castillo de arena; ella, en cambio, vivía con los pies demasiado pegados en el suelo.

Así que él se marchó, como otras veces hizo. Ella sabía que el camino era largo, que en cualquier momento volverían a cruzar sus miradas. Posiblemente, ya fueran dos extraños, pero ambos sabían de sus miedos y sus mentiras. Y así crearon cada uno su propia historia. Ella lamía la cicatriz que él le había dejado de nuevo en la barra del mismo bar con los mismos extraños que aguardaban su regreso para volver a arroparla en la oscuridad. Pero ella volvía a escapar de nuevo a la barra hasta que el sol lucía en lo más alto. Entonces, volvía a jugar con su futuro, pero los elementos del poso eran totalmente diferentes a los que se encontró por vez primera.

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