lunes, 2 de mayo de 2016

El brillo de los ojos


Nació en primavera en una noche lluviosa. En la casa de al lado los vecinos lloraban por la muerte del abuelo; en su casa, en cambio, lloraban de alegría por su nacimiento. Decidieron ponerle Felicidad y desde muy pequeña corría para escaparse de todos aquellos que iban tras ella para atraparla.

Felicidad se enamoraba con facilidad, pero poco tardaba en escaparse. Odiaba sentirse perseguida. Se aburría de todos aquellos que se inventaban mil excusas para no enfrentarse a ellos mismos; así no podrían retenerla jamás. Se reía de aquellos que se jugaban con la suerte estar a su lado y no a través del esfuerzo.

Hace poco, te miré a los ojos. Seguían siendo claros, ese azul que se confunde con el mar. Corrías tras ella y te dabas de bruces una y otra vez. Pero ese día en ellos había algo diferente. Te habías dado cuenta de que a Felicidad no se le atrapa, solo hay que disfrutarla a través de las pequeñas cosas. Está ahí, mientras cantas a ritmo del rock 'n' roll de Bruce Springsteen, coges conchas en la orilla del mar una tarde de domingo o comiendo aquello que has aprendido a cocinar. Justo ahí, en esa satisfacción, en ese pequeño triunfo. Y es que Felicidad siempre fue de la mano -aunque haya a quien le cuesta verlo- de Valentía. Esa valentía que está en hacer algo por primera vez. Esa gran valentía que solo encuentra aquel que se enfrenta a sí mismo; entonces, empieza a ganar batallas. Así es como los ojos de Felicidad brillan, también los míos.

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