lunes, 25 de julio de 2016

Fue por una rubia loca


Nunca soñó con pisar la luna. Más bien, prefería caminar con calma por las calles oscuras y desiertas que la gran urbe regala si te empeñas en conocerla. No soñaba jamás con piratas ni sapos, y mucho menos con príncipes aburridos, sino que corría por los cuerpos de los hombres que la soledad regala en las barras de los bares. Cabalgaba sin opción de detenerse, creyendo que la locura jamás sería lo suficientemente atractiva como para sobrevivir en ella. Tenía miedo, claro está, de la realidad. Bailaba sola, como en aquella canción de Los Rodríguez, así que como a la protagonista, también le gustaba que se la echaran a suerte.

La vida es fácil cuando nada nos une a ella. Cuando no tienes en quién pensar al levantarte ni al acostarte, y si lo piensas, que sea eso, un simplemente pensamiento contra el que luchar. ¿Pero de qué sirve? El filo entre la cordura y la locura a veces se difumina tanto que ni existe y empeñarse en ser demasiado cuerdo o demasiado loco nos agota y nos convierte en simples ovejas que siguen a un rebaño u otro.

Suena el teléfono. Es él. Ella sonríe y siempre se le corta un poco la respiración cuando le escucha, por mucho que pase el tiempo. Se despiden con un "te quiero" hoy que no comparten cama. Ella sonríe mientras mira fijamente a la luna. También cae en la cuenta de que nunca más quiere bailar sola.

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