martes, 2 de agosto de 2016

La salida del laberinto


El conejo le preguntó a Alicia de qué servía correr tanto por el laberinto. La muchacha se encogió de hombros y se quedó en silencio. El conejo no entendía la actitud de Alicia, pues de sus prisas había pasado a la quietud. Ella sonría sin más, aparentemente; él intentaba comprenderla. Hasta que de repente Alicia rompió el silencio:

-Tengo miedo, señor Conejo. Nunca había sentido esa sensación. De niña tenía miedo de los monstruos que se escondían en el armario. Ahora sé que no existen, pero tengo miedo.

El conejo sonrió a la muchacha:

-Te has hecho mayor, Alicia. Como ves, correr por el laberinto no sirve de nada. El miedo siempre nos atrapa, por más que le intentemos marear, pero nos es útil si sabes cómo aplicarlo. Es uno de lo motores más potentes que existen: o nos empuja a avanzar o nos paraliza.

A Alicia se le escaparon las lágrimas:

-Señor Conejo, no quiero quedarme quieta. Usted me dijo hace unos meses que estaba cansado de ver a otros pasarlo bien mientras les observaba. Yo quiero ofrecerle eso, quiero que vibre con la vida, pero a veces creo que fallo y no sé cómo hacerlo. Le amo tanto que creo que la mayoría del tiempo lo hago mal.

El señor Conejo besó con ternura a Alicia, le cogió fuerte las manos y, pese a tener un poco de enfado, supo cómo calmarla:

-Querida, estoy aquí. Quiero que seas libre y salgas del laberinto. Saldremos juntos de la mano porque yo me quedaré aquí. No tengas miedo, deja que digan porque tú tienes todo lo que otros desean. Sé fuerte, porque en la vida no nos queda otra. Eso también es vivir.

Alicia y el señor Conejo se besaron. Ella sabía que era el sapo del cuento y estaba orgullosa de ello. Nunca quiso ser princesa, solo quiso salir de aquel laberinto. Y lo consiguió porque el señor Conejo agarró fuerte su mano y supo que aquella historia, aunque sin perdices, era para siempre.

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