martes, 18 de octubre de 2016

Pies fríos


El otoño empieza a ponernos capas. Nos ocultamos de nuevo entre ropas y caretas. Es entonces cuando nos es más fácil ver a fantasmas del pasado pasear por las calles entre pañuelos y sombreros. Vuelven a mirarnos y alguno consigue llegarnos al alma. Nos estremecemos, volvemos a recordar aquellos cafés, aquellas charlas, aquellos amores, aquellos polvos que servían simplemente para calentarnos los pies. En su día, les culpamos de nuestros fracasos, sin embargo, ahora nos damos cuenta de que los culpables solo éramos nosotros, quizá, simplemente, por seguir ahí cuando debimos marcharnos antes, mucho antes. Una lanza atraviesa nuestro estómago.

Hubo un tiempo en el que fueron nuestra obsesión; formaban parte de nuestro pensamiento, por lo tanto, de nuestra actitud y de nuestras acciones. Ahora, no son nada. Solo son recuerdos, transeúntes que nos recuerdan tiempos que nuestra memoria, jugándonos una mala pasada, nos dice que fueron mejores. Sin embargo, cuando me subo la cremallera de la chaqueta, al recuerdo me vienen aquellas palabras de Rainer Maria Rilke: "Es extraño el no seguir deseando los deseos. Es extraño ver ondear libre en el espacio todo lo que antes amarró". 

Ya no somos tan jóvenes, cada vez somos más vulnerables, y junto al miedo que el presente nos pone delante pensando en el futuro, la nostalgia también nos seduce cuando los pies se nos empiezan a enfriar. Pasado, presente y futuro. Eso fuimos, eso somos y quién sabe qué seremos. Lo que está claro es que un fantasma jamás podrá calentarnos cuando andemos descalzados por las baldosas del presente.

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