jueves, 3 de noviembre de 2016

Cicatrices


Normalmente, despedía con alegría a los pacientes. La mayoría se iban con moratones en los brazos o con cicatrices: unos sobre el apéndice, otros en medio del pecho, otras bajo el vientre y se iban con un bebé en brazos, algunos detrás de las orejas, muchos sobre las rodillas y la caderas, etc. Había cicatrices de todo tipo dentro del mundo de las cicatrices, claro. Los había que se las tapaban con vergüenza y otros que presumían de heridas de guerra.

Ella, en las despedidas, deseaba no volver a verles en el hospital. Siempre acababa con la misma coletilla: "cuídese, y si viene, que sea de visita y para cosas buenas". Todos ellos y sus cicatrices sonreían a la vez que asentían. Se iban con los ojos más vivos, pues el miedo ya no se reflejaba en ellos. Se creían curados. Los que les acompañaban también sonreían. El miedo, sin embargo, seguía impregnando sus ojos. ¿Qué pasaría si la herida se infectaba, si se saltaban los puntos o, simplemente, aquel al que acompañaban volvía a sentirse mal?

Les envidiaba. Aquella gente tenía una herida que señalarse cuando el dolor les despertara de madrugada. Podrían llamar o acudir a su médico y explicar con detalle su mal a los doctores. Pero ella, en cambio, no tenía esa oportunidad. No podía señalar todas las cicatrices que arrastraba. No podía hablar con ningún médico de su dolencia porque para la vida, como dijo Tony Soprano, no hay cura.

Una tarde, agotada, al cruzar la calle del hospital, notó que su piel se abría. Justo encima del apéndice había una cicatriz de cuatro centímetros y medio; otra, de unos doce con dos centímetros, no tardó en aparecer en medio del pecho, y claro, era la que más le dolía; tres metros andados más tarde, otra apareció, de alrededor de diez centímetros, bajo su vientre, pero no tenía a ningún niño al que mecer; y claro, se hicieron notar dos en cada rodilla, como cuando jugaba en el recreo y se las pelaba enteras.

A partir de aquella noche, pudo tocar sus heridas, acariciar su relieve. Recordaba las mentiras y las promesas incumplidas que cada una de ellas había marcado su piel, pero, sobre todo, su alma. Y a la mañana siguiente volvía a cumplir con su rutina: "cuídese, y si viene, que sea de visita y para cosas buenas".

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