martes, 22 de noviembre de 2016

Viajar


Plaza Mayor, Madrid

Patio de la Armería, Madrid


Basílica del Pilar, Zaragoza


Palacio de la Aljafería, Zaragoza


Cuando vuelves de un viaje, al llegar a casa, notas que algo de ti ha cambiado. Has andado por calles desconocidas, te has dejado llevar por otras costumbres, el acento te ha cambiado un poco y en la retina tienes grabadas imágenes maravillosas. 

Una se siente pequeña ante la enormidad de las obras que se guardan en El Prado, por ejemplo, o al mirar hacia arriba para no perder detalle del Madrid de los Austria (dejando de lado el famoso "a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor"). Pese a mi ateísmo, me quedé boquiabierta nada más entrar en la Seo de Zaragoza y, desde la propia Zaragoza, viajé a mis orígenes al visitar el Palacio de la Aljafería, ya que era imposible no acordarse de Granada.

En la maleta he acabado trayéndome parte de la historia y cultura de estas dos ciudades. Me he traído cansancio después de las largas caminatas, sí, pero me traigo también el placer de tener un compañero de vida excepcional porque, a fin de cuentas, viajar es conocer las ciudades, sus gentes, su historia, sus culturas, sus costumbres, su gastronomía, pero también sirve para coger fuerte la mano de la persona que tienes al lado y descubrirnos. Viajar a su lado no podía ser otra cosa que amar.

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