miércoles, 7 de diciembre de 2016

A desempolvar los belenes

Hace años que dejó de gustarme la Navidad. Significaba nostalgia; echar de menos; celebrar algo en lo que no creo; comer hasta aborrecer la comida -mi madre jamás ha entendido que solo somos tres en casa y no trescientos-; durante semanas, alimentarse a base de sobras; romperse la cabeza comprando regalos; ir a por ellos a última hora y soportar el agobio de la muchedumbre; etc. Otra cosa era el año en que visitábamos o nos visitaba algún familiar con niños pequeños, ya que, irremediablemente, la inocencia y, sobre todo, la ilusión acaban por contagiarlas.

Pero todos esos sentimientos más bien tristes empezaron a cambiar el año pasado. Por primera vez en mucho tiempo, hacía un regalo con ilusión, como cuando era niña y enloquecía abriendo los regalos que los Reyes habían dejado bajo el árbol. Hasta el año pasado, tampoco tuve un tió al que arropar con la manta y con el que volver a sentirme una chiquilla al levantársela o como el adolescente que le levanta la falda a la luna y se siente orgulloso de tal proeza.

Este año me sorprendo a mí misma comprando los regalos semanas antes, incluso meses antes le daba vueltas a qué podía comprar y aprovechaba los ratos ante el ordenador para buscar y comparar. Es más, soporto con bastante dignidad el gentío que llena el centro de Barcelona aprovechando el inicio de mes y los días festivos. Inaudito. Esto es lo que has hecho conmigo; me has dado la vuelta como a un calcetín.

Dicen que estas fiestas están llenas de amor. Siempre he dicho que están llenas de hipocresía. Sin embargo, aunque sigo sin hacerle carta a los Reyes Magos -desistí en escribirles cuando por enésimo año no llegó el Scalextric-, me siento afortunada por saber que voy a compartir mesa con la familia, la que se nos es dada y la que una forma. El mayor regalo, sin ninguna duda, es compartir la vida con personas que nos dan, sin pedir nada a cambio, grandes dosis de felicidad.

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