miércoles, 31 de agosto de 2016

Batallas


A veces, el miedo vendrá a visitarte y puede que aparezca con un aroma de tristeza. Debes estar tranquilo, a todos nos pasa; vivir es una encrucijada constante. Puede que, incluso, llegues a no saber quién eres. Te mirarás en el espejo y verás a un desconocido al que le preguntarás cómo habéis llegado hasta aquí.

Cuando todo eso pase, cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Sucede que, en ocasiones, es lo que nos rodea lo que nos dicen qué somos realmente. No escuches a los fantasmas del pasado porque sus voces provienen de la ultratumba de tu ser. Mira, con calma, a tu alrededor. Observa los objetos que te rodean, pues ellos hablan de tus gustos, tus aficiones y de la gente que ha formado y forma parte de tu vida. Mira a la persona que tienes enfrente directamente a los ojos. Lee lo que dicen, también su sonrisa, la cual se expande cada vez que estás cerca.

Siempre habrá quienes tengan sed de venganza, a quienes la maldad les domine porque es un atributo demasiado extendido entre los humanos, pero sus errores, algún día, también les llevarán al juicio que otorga el verse ante un espejo que les rinde cuentas. Y cuando quieran saber quiénes son, no tendrán la suerte de verse reflejados en tus ojos. Entonces, entenderán que las guerras, como la Historia nos insiste a diario, nunca sirvieron para nada.

A fin de cuentas, también somos lo que nos rodea, como nos ve la mirada que tenemos delante cuando ni siquiera nosotros mismos somos capaces de vernos, y mucho menos, de reconocernos. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Luz propia

Extraído de Google Imágenes
Recuerda aquel fragmento de El Principito en el que se regalan las estrellas. Lo hacen sonriendo, así cada vez que las miren y estén lejos, se recordarán mutuamente felices y el universo bailará al son de ellos. El abuelo, sin ir más lejos, no quiso tristeza en su funeral ni que nadie fuera vestido de negro a su despedida. Mamá le dijo adiós de rojo y hubo mujeres con vestidos de flores. Ahora, le recordamos sonriendo, como pasa con las estrellas en el libro.

Te miro mientras lees concentrado ese nuevo libro. Pienso que desde aquí, desde Barcelona, es casi imposible mirar las estrellas; demasiada mierda en el aire. De repente, tus ojos azules me miran, me dices algo que me hace reír y el universo brilla, las mujeres con los vestidos de flores bailan y nuestros cuerpos, una vez más, se buscan y encajan a la perfección. 

Lo conseguiste. Ya brillas con luz propia.

lunes, 15 de agosto de 2016

Pájaros de barro


Nos conocemos desde hace mucho tiempo, aunque a veces seamos las mayores desconocidas. Me has acompañado en cada viaje, has tocado todas las pieles que mis manos han acariciado, has visto el mundo a través de mis ojos y has llorado al escuchar las mismas canciones que yo. Pero a veces te miro en el espejo y no te reconozco. He cambiado mis miedos y mis prioridades.

A veces, ya ves, tengo la sensación de ser completamente invulnerable. Entonces, miro lo que tengo a mi alrededor y siento miedo, miedo a perderlo, y me convierto así en un ser frágil que solo busca un abrazo. ¿Quién nos lo iba a decir que un hombre nos haría invencibles a la vez que frágiles?

Sobre el amor se ha escrito mucho, así que nada nuevo puedo escribir ni decirme a mí misma cuando me miro ante un espejo. Intento entender los cambios en mí, en mi perspectiva, y como ves, ni siquiera yo me reconozco. Ahora soy fuerte, y lo soy de verdad, porque tengo mucho que perder. Ahora sonrío sin un aparente motivo y al levantarme busco su cuerpo a mi lado. Ya no hay rastro de muchas de las cosas que fui y no me gustaba ser. Incluso soy capaz de hacer pájaros de barro que vuelan muy, muy alto.

lunes, 8 de agosto de 2016

El abandono del cadáver


"Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy".
 Alejandra Pizarnik

Y, poco a poco, perdí el miedo. Poco a poco, empecé a pisar fuerte, sin importarme el estruendo que provocaban mis pies descalzos. Me levanté para temblar en tus brazos, para vibrar con la vida, para mirar los ojos de aquellos que tienen algo que contar y perderme en las páginas de los libros que caen en mis manos. Dejé tirado en la cuneta mi propio cadáver porque el mundo y tú me esperabais. 

Esta noche en la que la canícula se folla al insomnio para arrebatarme caer inconsciente y perdida entre las sábanas, levanto mis espadas ante todos aquellos cobardes que culpan a los otros de las consecuencias de sus actos, los mismos que utilizan la maldad para intentar rompernos. No, me niego. Porque en el abandono de mi cuerpo, ellos nunca formaron parte de este plan. Antes mi plan; ahora, nuestro plan.

martes, 2 de agosto de 2016

La salida del laberinto


El conejo le preguntó a Alicia de qué servía correr tanto por el laberinto. La muchacha se encogió de hombros y se quedó en silencio. El conejo no entendía la actitud de Alicia, pues de sus prisas había pasado a la quietud. Ella sonría sin más, aparentemente; él intentaba comprenderla. Hasta que de repente Alicia rompió el silencio:

-Tengo miedo, señor Conejo. Nunca había sentido esa sensación. De niña tenía miedo de los monstruos que se escondían en el armario. Ahora sé que no existen, pero tengo miedo.

El conejo sonrió a la muchacha:

-Te has hecho mayor, Alicia. Como ves, correr por el laberinto no sirve de nada. El miedo siempre nos atrapa, por más que le intentemos marear, pero nos es útil si sabes cómo aplicarlo. Es uno de lo motores más potentes que existen: o nos empuja a avanzar o nos paraliza.

A Alicia se le escaparon las lágrimas:

-Señor Conejo, no quiero quedarme quieta. Usted me dijo hace unos meses que estaba cansado de ver a otros pasarlo bien mientras les observaba. Yo quiero ofrecerle eso, quiero que vibre con la vida, pero a veces creo que fallo y no sé cómo hacerlo. Le amo tanto que creo que la mayoría del tiempo lo hago mal.

El señor Conejo besó con ternura a Alicia, le cogió fuerte las manos y, pese a tener un poco de enfado, supo cómo calmarla:

-Querida, estoy aquí. Quiero que seas libre y salgas del laberinto. Saldremos juntos de la mano porque yo me quedaré aquí. No tengas miedo, deja que digan porque tú tienes todo lo que otros desean. Sé fuerte, porque en la vida no nos queda otra. Eso también es vivir.

Alicia y el señor Conejo se besaron. Ella sabía que era el sapo del cuento y estaba orgullosa de ello. Nunca quiso ser princesa, solo quiso salir de aquel laberinto. Y lo consiguió porque el señor Conejo agarró fuerte su mano y supo que aquella historia, aunque sin perdices, era para siempre.