miércoles, 28 de septiembre de 2016

Aunque tú no lo sepas


Cada vez que escucho Aunque tú no lo sepas, ya sea en la voz de Quique González o de Enrique Urquijo, me estremezco. Cuántas cosas no decimos, cuántas cosas se nos quedan en el tintero... Es como aquel verso de Sabina: "los besos que perdí por no saber decir te necesito". ¿Cuánto habremos perdido en el camino por ser un poquito cobardes?

Hago un recuento de todas las cosas que no he dicho, también de todas esas cosas que posiblemente sepas, aunque yo no te las haya dicho. He perdido la cuenta de las veces que he dormido en tu espalda, cuando antes contaba cada una de ellas. Sonrío. ¡Bendita rutina!

Y es que, aunque tú no lo sepas, a menudo recuerdo el día aquel en el que me enseñaste a aterrizar. Mirábamos agarrados los aviones desde un mirador. De alguna forma, decidiste volar a mi lado, mientras el estruendo de los motores nos impedía hablar y el frío que cala los huesos, ese que deja paso a la primavera, hizo que nos acurrucásemos. Entonces, entendí que lo difícil no es volar, sino aterrizar con el viento, casi siempre, en contra.

Aunque tú no lo sepas, has convertido a alguien que no creía en nada, en alguien que cree en sí misma. Piso fuerte y hago ruido. Ya no huyo por las barras de los bares entre el alcohol y esos polvos de una noche en cualquier catre. Yo no soy la dama que aparece en las puertas de los servicios de ningún antro, pero he llegado, incluso, a sentir orgullo de lo que soy cuando me miro ante el espejo. Ya no tengo miedo, ya no huyo, ya no busco excusas. Porque, aunque tú no lo sepas, aunque en su día me destruyeras, has hecho que me rehaga mucho más fuerte, incluso me río de mis complejos. Aunque tú no lo sepas, te debo una vida. Por eso cada noche sueño con seguir durmiendo en tu espalda, y espero que eso sí lo sepas.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Sigue


Sigue soñando como un niño. Sigue guardando esa inocencia que te regala emociones ante cualquier cosita que rompe con la rutina. Sigue dejando que tus ojos oceánicos brillen con pequeños gestos. Sigue caminando, aunque estés cansado. Sigue hablando cuando lo necesites; no te guardes nada porque seguiré escuchando. Sigue enviando esos mensajes en los que me hablas acerca de lo que te preocupa o sobre lo que te hace feliz. Sigue poniéndole una sonrisa a la vida, incluso cuando las cosas se tuerzan un poco. Sigue chinchándome hasta que me enfade un poco como si fuéramos dos críos. Sigue robándome besos porque te los doy todos. Sigue, no te detengas porque los sueños cada vez los tenemos más cerca. Sigue sonriéndome, por favor. Sigue, que yo te sigo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Instrucciones de uso

Montaje extraído de Google Imágenes

Ojalá la vida viniera con instrucciones de uso. Ojalá pudiéramos coger un librito que nos indicara por dónde salir cada vez que nos derrumbamos y nos perdemos. Y si faltan tornillos, como si fuéramos un simple mueble de Ikea, no pasaría nada, pues podríamos aguantar en pie todo el peso que nos echaran. Pero, como cantaba Ismael Serrano, el hecho de vivir deja secuelas. Si caminamos, tenemos el riesgo de tropezar y hacernos alguna cicatriz de esas que, de tanto en tanto, sangran hasta tal punto que llegamos a creer que nos va a acabar por desangrar.

Pero pensándolo bien, menos mal que no tenemos ese librito de instrucciones; la de lecciones que nunca aprenderíamos. Tocar fondo tampoco está tan mal. Es la oportunidad de librar la batalla más importante: enfrentarse a uno mismo. No hay más que uno en el barro, pero ese uno es lo suficientemente fuerte como para salir de ahí, deshacerse de la marea y llegar nadando casi sin aliento a la orilla. No es fácil, por eso debes saber que en esa orilla siempre habrá alguien deseoso de reencontrarse contigo. 

Nada. No hace falta que corras. Hazlo lento y aprende de la travesía. Te espero en la orilla.