miércoles, 28 de diciembre de 2016

Balance de 366 días


El año llega a su fin, y siempre que un año acaba tenemos una especie de necesidad de recapitular. Miramos atrás y hacemos balance. ¡Qué año este 2016! Sin lugar a dudas, ha sido el año en el que he crecido, en el que me he demostrado que soy más fuerte de lo que jamás pude imaginar y, sobre todo, aprendí que el amor no se riega a base de lágrimas, sino de risas, bondad, esfuerzo y apoyo.

Durante este año he hecho cosas que siempre dije que no haría. Así somos, contradicción pura. He entendido que lo que es lógico para uno, no tiene porqué serlo para los demás, ya que muchas veces los sentimientos nos pueden y en ese terreno cada cual actúa como buenamente puede.

He perdonado lo que a priori parece imperdonable. Eso me ha hecho mucho más fuerte. Cuando perdonas, sientes una especie de libertad que te embriaga. Por fin, puedes respirar sin esfuerzo. Perdonar, claro, conlleva tenderle la mano al otro porque todos necesitamos que nos brinden una nueva oportunidad. Entonces, puedes recibir el mejor regalo que puedas imaginar, pero que no le puedes pedir a los Reyes Magos, pues solo depende de esa persona. Ves que enmienda ese error; cuando te mira a los ojos, los suyos brillan; te agarra fuerte de la mano y te acompaña por tu camino intentando que llegues a tus metas, haciéndote grande. Con él aprendí que la palabra perdón sobra. Son los actos los que mandan.

Este año de 366 días ha sido el año de las emociones, claro está. El de aprender a controlarlas, el de saber que la espera tiene su recompensa y que con esfuerzo y constancia los sueños se alcanzan. Por eso, solo le pido al 2017 que no dejemos de soñar para poder vivir con los pies bien pegados al suelo.

martes, 13 de diciembre de 2016

El peso de las manos


Aquí las tienes. Son pequeñas y frías. Parece que apenas puedan sujetar nada, pero me han ayudado a levantarme cada vez que me he caído al suelo, que no ha sido en pocas ocasiones. Son tuyas, no son gran cosa, pero es lo que puedo ofrecerte. Estas manos manchadas de tinta, llenas de historias que inventaron en noches de insomnio.

Si quieres, agárrate fuerte a ellas. No te dejarán caer, no lo permitirán, aunque se queden moradas para siempre. Están preparadas. Ahora, no tienes que cogerlas porque tenga miedo del futuro, ya no, pues me dedico a vivir el presente. El futuro vendrá, como el pasado quedó atrás. Eso sí, debes tener claro que mis manos no aceptan traiciones, pues igual que agarran con fuerza, son capaces de soltar y dejar caer al vacío aquello que las aprisiona. Y es que el corazón, aunque no hable, adivina y ejerce la fuerza justa sobre ellas.

Jamás sus líneas han sido leídas. ¿Para qué? Mejor desconocer lo que pasará. Si hay sufrimiento, aprenderemos de él; si hay alegría, nos regodearemos en ella. Aunque estas manos han acariciado otros cuerpos, han tocado lo prohibido, han traspasado fronteras y siguen acariciando mi clítoris cuando no estás. Esas líneas las conocen bien.

Esto es lo que puedo ofrecerte: dos manos que trabajan, que construyen, que desobedecen, que se entregan al placer, que aman, que no entienden de caídas si no es para rehacerse. Son pequeñas, sí, pero fuertes. No tengo más, lo prometo. Mis manos son yo. Las historias que escriben soy yo. Mi manos te agarran sobre mi pecho porque yo te amo.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

A desempolvar los belenes

Hace años que dejó de gustarme la Navidad. Significaba nostalgia; echar de menos; celebrar algo en lo que no creo; comer hasta aborrecer la comida -mi madre jamás ha entendido que solo somos tres en casa y no trescientos-; durante semanas, alimentarse a base de sobras; romperse la cabeza comprando regalos; ir a por ellos a última hora y soportar el agobio de la muchedumbre; etc. Otra cosa era el año en que visitábamos o nos visitaba algún familiar con niños pequeños, ya que, irremediablemente, la inocencia y, sobre todo, la ilusión acaban por contagiarlas.

Pero todos esos sentimientos más bien tristes empezaron a cambiar el año pasado. Por primera vez en mucho tiempo, hacía un regalo con ilusión, como cuando era niña y enloquecía abriendo los regalos que los Reyes habían dejado bajo el árbol. Hasta el año pasado, tampoco tuve un tió al que arropar con la manta y con el que volver a sentirme una chiquilla al levantársela o como el adolescente que le levanta la falda a la luna y se siente orgulloso de tal proeza.

Este año me sorprendo a mí misma comprando los regalos semanas antes, incluso meses antes le daba vueltas a qué podía comprar y aprovechaba los ratos ante el ordenador para buscar y comparar. Es más, soporto con bastante dignidad el gentío que llena el centro de Barcelona aprovechando el inicio de mes y los días festivos. Inaudito. Esto es lo que has hecho conmigo; me has dado la vuelta como a un calcetín.

Dicen que estas fiestas están llenas de amor. Siempre he dicho que están llenas de hipocresía. Sin embargo, aunque sigo sin hacerle carta a los Reyes Magos -desistí en escribirles cuando por enésimo año no llegó el Scalextric-, me siento afortunada por saber que voy a compartir mesa con la familia, la que se nos es dada y la que una forma. El mayor regalo, sin ninguna duda, es compartir la vida con personas que nos dan, sin pedir nada a cambio, grandes dosis de felicidad.