domingo, 25 de junio de 2017

Animal

Nada más mirarle a los ojos lo tuvo claro. El amor de sus palabras escritas una hora atrás no era cierto, sino terror. Él le sonrió con una mirada sarcástica y, como un buen animal, olió el miedo de su presa. La cogió fuerte por las muñecas y la arrastró hasta su cama, donde tantas noches habían hecho el amor con calma, dejando que el amanecer los sorprendiera entre las carantoñas y risas de los que empiezan. Pero todo era diferente, sin explicación, sin motivos aparentes. Él le arrancó el pantalón y el tanga que ella había elegido para la ocasión, una muy diferente. La violó con esa violencia que solo puede ser humana, sacando su furia, sus miedos, sus inseguridades. Ella gritaba, inmóvil. Quizá podría haber escapado; ella también se sabía presa.

Apenas fueron cinco minutos, aunque para ella fueron toda una vida. Se quedó tirada en la cama, sangrando y temblando. Quería llorar y no podía. Él le ordenó que se vistiera y desapareciera de su vista mientras aún le goteaba el semen de su miembro. Se sentía poderoso, al fin la tenía bajo su control, al fin haría lo que él ordenase. 

Nada fue cómo él predijo. Ella siguió con su vida, con sus maletas arriba y abajo. Ahora, le acompañaba la vergüenza en sus viajes. El silencio se apoderó de ella, jamás pudo contárselo a nadie y fueron muchas las noches en las que se masturbó sin piedad, haciéndose daño para no disfrutar de ella, de su cuerpo. El placer había dejado de tener sentido.

No quería venganza, jura que no la quería, hasta que volvió a enamorarse. Se entregó como nunca antes lo había hecho y perdió el miedo. Esa fue su forma de mandarle al olvido, pero sobre todo, de volver a quererse a sí misma. De él solo supimos que agachaba la cabeza cada vez que se cruzaban: había perdido la partida y su condición de hombre.

domingo, 18 de junio de 2017

Ojos grises


Sentía terror al mirarse en el espejo. Complejos físicos aparte, había algo en su mirada que era capaz de perturbar a todos, incluso a ella misma. Atrás quedaban años de burlas en el colegio, la anorexia y bulimia que le siguieron o la época de desfase universitaria. Todo aquello formaba parte de un  pasado reciente que, sin embargo, apenas lograba recordar, aunque todo estuviera ahí, en esos ojos grises.

Pisaba fuerte. No usaba tacones por no hacer ruido, pero sus pasos levantaban polvo. Tanto que en una noche previa a San Juan perdió el control, algo que aún no había aprendido a perdonarse. Las prisas de la carne la llevaron al asiento de atrás, como si de una canción de Loquillo se tratara, aunque ella solo fuera la penúltima rubia en abandonarlo. Se dejó llevar por aquel tipo que siempre estaba sentado al final de la barra dispuesta a olvidarse de todo, empezando por sí misma.

Acaricia su barriga. No estaba en sus planes, jamás lo estuvo, de ahí el terror. O tal vez tiene miedo de que la criatura que lleva en su vientre herede esa mirada cargada de un pasado, que aunque difuso, le ha marcado la piel de cicatrices. Pero aquella noche se sintió libre, al fin. Libre de prejuicios, libre de miedos, libre de lo que fue y, sobre todo, libre de lo que nunca ha logrado ser. Esa libertad la excita hasta arquear su espalda con un nuevo orgasmo. De repente, la primera patada.

lunes, 5 de junio de 2017

El oleaje

Pintura extraída de Google Imágenes

Pasaba por su lado y sentía un oleaje dentro de ella. El rastro de su perfume la embriagaba y convertía cualquier invierno en primavera dentro de aquella oficina insulsa, llena de gente con vidas grises que buscaban crear la nueva campaña que diera el campanazo, sin embargo, todo se veía igual de gris que sus propios rostros. Helena temía que su cara se convirtiera del mismo color que el de sus compañeros. Solo hacía un par de meses que había pasado de ser la chica con un brillante futuro por delante a la mujer que tenía su propio equipo y despacho, muy a pesar de sus compañeros. Fue entonces cuando él empezó a ir por la oficina. 

Habían empezado las obras del piso de arriba y él era el mozo de la cuadrilla de albañiles. Mucho más joven que ella, mucho más fuerte que aquellos que la rodeaban. Pisaba con ganas y siempre iba vestido con una sonrisa. Se llamaba Rubén, según había escuchado Helena cuando sus compañeros se dirigían a él. Apenas llegaba a los veinte, pero robaba el sueño de una mujer que le doblaba la edad, que en la soledad de su cama, manchaba las sábanas de seda que se había comprado con el aumento de categoría pensando en él.

Helena llevaba en secreto este amor. Tenía un hijo de cinco años y un marido que por trabajo vivía fuera la mayor parte del tiempo. Siempre se había sentido una especie de esclava de su familia, siempre se había esforzado porque todo estuviera impecable cada vez que su marido llegaba a casa. No tenía más vida que el trabajo y su casa, hasta que llegó él, Rubén, el joven Rubén. El secreto de sus sentimientos le oprimía el pecho; el miedo y la vergüenza le robaban sus lágrimas.

Aquel primer lunes de junio la oficina estaba limpia. No había polvo, no habían albañiles riendo sin compasión entre aquellas paredes que clamaban silencio. A Helena empezó a faltarle el aire hasta que se percató que en su mesa había una rosa que empezaba a marchitarse tras un fin de semana sin agua. Leyó la nota que le acompañaba:

Gracias por tu sonrisa. Conviertes este cementerio en un campo de alegría.

Detrás de aquella nota había un número de teléfono. Temblorosa, Helena lo guardó en su contactos. Miró la foto de WhatsApp, y ahí estaba el bello Rubén, con esos ojos pícaros capaces de salvar una vida.

Helena llegó a casa  tarde. Sabía que su marido no estaría demasiado contento ante su ausencia. Acostaron juntos a Mario y Helena folló con rabia a su marido. Aquella noche lo miró a los ojos por primera vez en años: "Me voy. Ahora me toca vivir a mí". No dio opción a réplica. No recogió sus cosas, solo algunas prendas de Mario, a quien cogió en brazos. En la puerta les esperaba un viejo Ibiza y la felicidad que da ese amor capaz de romper todas las barreras que impone la sociedad.

domingo, 21 de mayo de 2017

Trompetas de venganza

Imagen extraída de Google Imágenes

Llevaba sesenta años viviendo en el quinto primera de un viejo bloque de vecinos del Gótico. A los dieciocho, se marchó de casa, en una época en la que las mujeres, a duras penas, tenían voz y ningún voto. Con la muerte del dictador, empezó a escucharse a diario jazz en su piso. Era lo poco que sabían de ella. La trompeta de Chet Baker se mezclaba ahora con las cuerdas de Joan Chamorro acompañado por la voz de Andrea Motis. El no saber, claro, era el caldo de cultivo para que se inventaran mil historias sobre ella. Historias con las que nunca perdió un minuto en desmentirlas, lo que, a ojos de los demás, eran silenciosas confirmaciones.

Una vez a la semana, bajaba al súper para hacer la compra. Cargaba con un pesado carrito de la compra por los cinco pisos. Saludaba con una sonrisa a la portera, que amablemente, había desistido en preguntarle por cómo le iba la vida. Carmela agradecía que la premiara de esa forma.

Carmela, así se llamaba. Odiaba que la llamasen Carmen. Pensaba que le daba más personalidad, más fuerza. En el recibidor, una foto de madre, con la única que tenía un vínculo con la vida, pese a que la fusilaran aquella mañana y nunca pudo darle un entierro digno. En los cajones, guardaba alguna foto de sus dos hermanos, de quienes decidió no saber nada después de que escucharan sus gritos aquella noche y no hicieran nada. Jamás tuvieron el valor de enfrentarse a padre; eran tan cobardes como él. El comedor lo presidía un póster de Audrey Hepburn. Le recordaba tanto a Teresa... Tenían la misma sonrisa, la misma mirada pícara. Mirar a Audrey era mantenerla con ella, en sus brazos. Recuerda cómo temblaba tras una de las muchas palizas de Paco. Aquellos temblores acabaron con tres puñaladas. A Carmela le juraron que no sufrió, que su amiga se había ido en paz. ¿Quién podría irse en paz tras convivir treinta y cinco años con aquella bestia?

Carmela juró venganza mientras Paco se convirtía en un abuelillo entrañable del barrio. El pasado no le pesaba, apenas fueron diez años de cárcel por buen comportamiento. Se había convertido en una figura indispensable: jugaba con los niños, gastaba bromas a las cajeras del súper, era el rey de las tertulias de política y fútbol en el bar de la esquina, el del Antonio, que ahora lo llevaba un chino llamado Yan.

Paco oía la música que venía desde primera hora del día de casa de Carmela. Escuchaba las notas de Louis Armstrong y se estremecía. Teresa, siempre le hacía volver a ella, a aquella mañana en el que su inteligencia le sacó más de quicio que de costumbre. Pese a todo, ella sonreía y él, que siempre había sido un infeliz, no podía soportarlo. Miraba al cielo y pedía perdón, pero sabía que la música jamás dejaría de sonar, que Teresa, allá donde estuviera, seguiría bailando, mientras él fingía ser alguien que nunca fue. El vacío en el pecho se agrandó tanto, que el corazón dejó de tener fuerzas para latir. Carmela lo vio desplomarse desde su ventana y creyó que Audrey le guiñaba el ojo izquierdo, como siempre hacía Teresa cuando le pedía que no se preocupase por ella.

miércoles, 19 de abril de 2017

Espejo comunitario

Fotografía extraída de Google Imágenes

Cuando se miraba en el espejo, odiaba con fuerza, con ese odio que sale de las entrañas, puro y sincero. Ese odio que solo se puede tener a uno mismo. Por eso, hacía unas semanas que a duras penas se miraba en los espejos de reojo. Ya no había donde reconocerse. En dos meses y cinco días había conseguido bajar de la talla 44 a la 36. Ahora la gente le decía lo guapa que estaba, el tipín que se le había quedado, incluso que parecía una estrella de Hollywood, pero su espejo, ese que ya no le permitía ni siquiera reflejarse en él, no pensaba lo mismo; siempre había un defecto que podía arreglarse saltándose una comida más.

Tres semanas y seis días después la echaron del trabajo. Apenas podía concentrarse e invertía las horas laborales en la búsqueda de nuevas dietas milagro que la ayudasen a tener un cuerpo diez para ponerse ese biquini guardado en un rincón del armario desde hacía dos veranos porque le marcaba la tripa. El despido no le importó. Realmente, ya nada le importaba. En su cabeza solo habían planes para saltarse las cenas de los viernes con los amigos, aunque lo cierto es que ya hacía un par de semanas que no contaban con ella.

Una nueva llamada perdida de Javi, y ya iban diez. Le odiaba, quería matarlo. La última vez que follaron le dijo que amaba sus imperfecciones, incluso se quejó por no tener por donde agarrarla. Llevaban tres años juntos. Es cierto que él le había dicho últimamente que había cogido unos kilitos, por lo que debería aplicarse más en el gimnasio y hacer un poco de dieta. "¿Y fue capaz de quejarse de mis huesos? ¡Que le den por culo!".

Y así, poco a poco, el espejo acabó por no tener nada que mostrar. Ana acabó consumida, volvió a ser polvo, buscando un ideal imaginario, sí, pero también comunitario, capaz de arruinar la vida a niñas, adolescentes y mujeres, convirtiéndolas en un saco de huesos hasta que la tierra las llama allá donde ni la perfección ni la imperfección tienen definición.

domingo, 26 de marzo de 2017

Héroes

Hay algo de heroico en abrir la puerta de casa y salir, dar los buenos días a los vecinos con los que te cruzas sin ni siquiera haberte tomado el primer café del día por las prisas de la rutina. 

Hay algo de heroico en empatizar con quienes nos rodean, con escuchar que hicieron ayer por la tarde, por abrir alguna de nuestras fronteras y dejar que sus vidas nos impregnen.

Hay algo de heroico en pensar que hoy, justo hoy, hace un año de aquello, pero no hay rabia. Aquello te hizo pisar con más fuerza desde entonces. 

Hay algo de heroico en amar, saber que la persona que tenemos al lado nos puede convertir en mil pedazos con solo una palabra, y sin embargo, ser capaz de decirle te quiero con una sonrisa y sin titubeos.

Hay algo de heroico en vivir, en seguir adelante, en brindar con los amigos y empaparnos de ellos, de lo que nos rodea. 

Hay algo de heroico en lo que fuimos, en lo que somos, en definitiva, en vivir.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Retrato de barrio

Dos lenguas de amantes adolescentes
incapaces de estar dentro de sus respectivas bocas.

Una mujer desnuda, a lo lejos,
deja que la sangre corra hacia abajo por sus piernas.
Se mancha con ella la ausencia de aquel hijo,
el no nacido.

El hombre del banco espía aquellas niñas tras el periódico,
como el más patético de los agentes indiscretos.
Entre la entrepierna un bulto crece.
Se lo esconderá a su mujer.

El vecino del cuarto baja la basura.
Otro día más que ella no llama.
Seguirá en París con aquel aburrido ejecutivo de traje y corbata.
Suenan al romperse las botellas de JB en el contenedor verde.

La del tercero baja a por el pan.
Pese a la lluvia, luce las más grandes gafas de sol.
Otra vez, tapan el morado perenne del ojo izquierdo.
No hay orden de alejamiento que distancie lo suficiente al maltratador.

Todos se sonríen, como cualquier vecino ejemplar,
esos que pueblan los telediarios.

sábado, 4 de marzo de 2017

La vergüenza del autobús

Imagen extraída de Google Imágenes

Antonio, el padre de Ramón, decidió que su primer hijo varón llevaría el nombre de su abuelo, no hubo discusión posible. Presumía de que sería igual de machote que él y los domingos por la tarde irían a ver el fútbol juntos, a ver si al niño se le pegaba algo y acababa siendo el nuevo ídolo de la afición.

A Ramón los sueños de su padre desde muy pequeño le pesaron como una losa. Jamás tuvo interés por los balones que sus familiares le regalaban, más bien le gustaba peinar a las muñecas de su hermana mayor, Silvia. Ambos crearon un vínculo plagado de secretos, ese vínculo que generan las hermanas mayores que protegen a los pequeños. Silvia le prestaba sus muñecas con cuatro años; a los catorce, sus pinturas. Antonio desistió de llevar a Ramón al campo y culpaba a su mujer de haber amariconado al niño, que por otro lado, hacía lo posible por agradar a su padre y amansar sus gritos.

Pero los problemas de Ramón no acabaron ahí. A los dieciséis dio el paso de presentarse como Julieta. Tuvo que afrontar los golpes de sus compañeros de instituto, los insultos, las miradas de reproche y de incomprensión de algunos de sus amigos, aunque Julieta siempre tuvo a Silvia, con la que se iba de compras y la enseñaba a maquillarse. Y cómo no podía ser de otra manera, ahí estaba ella, María, su madre. Siempre sufriendo, siempre en silencio, hasta que decidió dar voz a su hija. Fue ella la que le llenó el primer vaso de agua y le tendió la primera pastilla de las millones de hormonas que a partir de ese momento tomaría Julieta.

Antonio miraba desde lejos siempre las escenas de su familia. Primero vino el rechazo, después el odio hasta que, al final, llegó la soledad. Dejó el pueblo, decía que por la vergüenza que sentía, y se marchó a Madrid, allí donde nadie le conocería. Un día, de camino al trabajo vio un autobús que vulneraba los derechos de los niños trangénero. En su cabeza, claro, apareció Julieta. Una lágrima recorrió su rostro y sacó el móvil del bolsillo del viejo pantalón de pana. Ahí estaba un nombre que de repente le pareció extraño. Lo cambió por el de Julieta y llamó. Lo primero que dijo, cuentan los que por allí paseaban, fue: "te quiero, hija".


jueves, 9 de febrero de 2017

Valentina, la puta


La llamaban puta desde pequeña. En la mirada de su propia madre ya estaba escrita la palabra. Valentina, al fin y al cabo, nació de la violación del chulo de la Pepi, una sevillana que desde bien jovencita supo ganarse la vida en las Ramblas de Barcelona. A la Pepi le aumentaba el negocio conforme iba creciéndole la barriga. Los problemas vinieron después, cuando por culpa del caballo la niña nació prematura y tuvo que estar ingresada una larga temporada en el hospital. La Pepi, en más de una ocasión, estuvo a punto de dejarla tirada, creía que sin ella esa niña tendría, al menos, la oportunidad de un futuro.

Fueron las enfermeras del hospital, esas que la miraban con recelo cada vez que iba a ver a la criatura, quienes la bautizaron como Valentina. Fue una de la supervisoras, alta, gorda y con pinta de hombruna la que entre risas dijo que había que buscarle un nombre con caché, un nombre que sonara a puta cara, por diferenciarla de su madre.

La Pepi, como le había enseñado su madre, Francisca, apechugó con Valentina. Contra todo pronóstico, trabajó más que nunca por tal de poderle dar una educación. La Pepi quería que su hija escribiera sin faltas de ortografía y leyera de un tirón. Quién sabe, quizá un día se hiciera médica y pudiera devolvérsela a aquella enfermera que, por se jefa, se creía más que cualquiera dentro y fuera del hospital. Pero Valentina, desde que dio sus primeros pasos, fue una puta. La profesión de su madre caía sobre ella como una losa en una sociedad en la que la prostitución aumenta, en la que se maltrata y mata a las mujeres y en la que el tráfico de blancas se han convertido en una verdadera lacra social mientras todos miramos hacia otro lado.

Todo se torció cuando, tras recibir una paliza del chulo, a la Pepi se le fue la mano con el caballo. La encontraron dos días después de desaparecer de su esquina, entre la maleza de un Llobregat que amenazaba con desbordarse de nuevo. Así que con quince años, al margen de los servicios sociales que no podían hacer más por ella, decían, Valentina tuvo que ganarse la vida. Empezó a trabajar en el bar de unos amigos y nadie dudaba que al bajar la persiana, se llevaba a algún cliente a casa, o eso era lo que se comentaba por el barrio. Pero las negativas de Valentina, su voluntad de soledad y su virginidad le acarrearon problemas. Los últimos clientes del bar le gritaban puta, noche tras noche, negativa tras negativa. 

Valentina volvió a estudiar. Empezó a compaginar diferentes trabajos mal pagados con el instituto, donde se enfrentaba a diario a las mofas de sus compañeros y a las miradas cargadas de deseo y reproche de algunos profesores. Sin embargo, había cumplido de sobras el sueño de su madre. No solo escribía sin faltas de ortografía -casi un hito para muchos adolescente de hoy- y leía de corrido, sino que era la primera de su clase. Así pues, gracias a las becas y a los diferentes trabajos en tiendas de ropa, perfumerías, supermercados y panaderías, Valentina consiguió ir a la universidad. Estudió medicina y acabó en el ala infantil de un hospital en su Barcelona natal, donde una supervisora de enfermería alta, gorda, con pinta de hombruna y vieja solo era capaz de decirle por lo bajini puta. Mientras tanto, Valentina, que siempre llevaba consigo una foto de su madre, al fin, sonreía.

jueves, 26 de enero de 2017

Murieron en el Mediterráneo


Cada día era de noche. Abría los ojos y solo tenía delante oscuridad. Una vieja furgoneta la esperaba en la puerta de casa con el motor encendido. Solo tenía diez minutos, sus diez minutos diarios que malgastaba, pensaba ella, en desperezarse. Subía a la parte trasera, donde el resto esperaban en silencio. Ni siquiera tenían fuerzas para hablar de sus vidas, aunque fuera para fingir que tenían algo más que cansancio en los sacos.

Casi una hora después, llegaban a la mina. Lo normal era que no todos subieran de vuelta a la furgoneta, siempre había alguien que se quedaba para siempre en la mina de coltán mientras los jefes vigilaban que el resto invirtieran sus fuerzas en sacar el preciado mineral. A veces, algunas de las chicas jóvenes, como le pasaba a ella a menudo, desaparecían con algún colono o con algún jefecillo de poca monta. Cuando volvían, no había lugar para las lágrimas.

María, así decidió llamarse cuando tuvo claro que abandonaría aquella vida, el día que cumplía quince años, se levantó antes de la cuenta para ir a vomitar al baño. Sabía que aquel cabrón que tenía por costumbre violarla, la había preñado. Ya no era ella sola, ahora eran dos. Y una embarazada solo puede aportar vergüenza a la familia; deja de ser rentable. Por eso, la madrugada siguiente, la furgoneta no la recogió. María había desaparecido en silencio, sin lágrimas, como la habían acostumbrado.

Fueron meses de andar en medio de la nada, pisando fuerte, aunque pisara de puntillas para que nada ni nadie se percataran de su presencia. Entendemos que eligiera María cuando, rodeada de pobreza, en un pequeño pueblo fronterizo entre Níger y Argelia, dio a luz en un establo a un niño, de nombre Emanuel. Por primera vez en muchos años, o podría decirse que por primera vez en su vida, María lloró de felicidad al tener a su pequeño en brazos.

Días después, siguió su camino por Algeria, con la ilusión de llegar hasta el mar, porque ella había escuchado que todos los caminos, como los ríos, finalizan allí. Su meta, entonces, sería otra, sería España. Le habían contado que por ahí las cosas no iban demasiado bien, pero seguía creyendo que merecía la pena. Por eso, volvió a no llorar cuando la violaban y le arrebataban la leche de sus pechos, la de su hijo. Hasta que finalmente, un mes y medio después, María consiguió llegar a Alger. Fue alto el precio que tuvo que pagar para poder subir a la barcaza. Pero ahí estaba, remojándose los pies en el Mediterráneo.

María murió en silencio. La encontraron días después flotando boca abajo. No podemos saber si el salitre de su cara era por el agua o porque lloró todo lo que tiempo atrás no le dejaron. Emanuel, en cambio, sobrevivió gracias a su llanto. Sus lágrimas dieron la vuelta al mundo, incluso un día abrieron los telediarios. Mientras en el sofá de casa, muchos cambiaban de canal; otros, sentían lástima, pero en fin, ¿qué podían hacer ellos?; y las redes sociales durante unas horas se llenaron de mensajes cargados de rabia, de impotencia, pero al día siguiente una nueva ola de tuits se llevó a los que mencionaba al pequeño Emanuel. El mundo siguió girando hasta que la siguiente barcaza se hundió y durante unas horas nos sonrojó a golpe de estado de Facebook. 

sábado, 14 de enero de 2017

Paula y las cicatrices

Dibujo extraído de Google Imágenes

Paula apenas tenía veinte años y dos cicatrices en el corazón. En su cara se dibujaban pecas y dos hoyuelos cuando reía. Su trenza, larga y pelirroja, le daba un aire de niña pija y buena, como si viniera de una familia de bien, aunque eso no tuviera nada que ver con su vida. Pisaba fuerte, parecía que el miedo no formase parte de su vocabulario, y mucho menos de su rutina. El eco de sus botas hacía que todos los chicos se girasen a su paso, aunque eso a ella poco le importaba.

La pelirroja tenía un gran secreto que le atormentaba por dentro. Se hartaba de escuchar que vivimos en una sociedad moderna donde todos tenemos cabida, pero ella bien sabía que no es así. Durante años aguantó las burlas de sus compañeros de clase, incluso el asco en la mirada de uno de sus tíos que bien sabía el porqué del pasotismo de Paula hacia los chicos. Ella, dispuesta siempre a cumplir las expectativas de los demás, aunque nada tuvieran que ver con las suyas, se acostó con más de una decena de chicos a los que dio la vida con cada gemido, sin saber que a ella se le escapaba. Fueron muchas las noches en las que sintió palpitar la sangre de sus venas y la oscuridad a la que ese palpitar la llevaba.

Un día de vuelta de la facultad, tomando un café que le hiciera entrar en calor en la cafetería nueva del barrio, empezó a hablar con Mercedes, una mujer de mirada triste que odiaba que la llamaran por su nombre. Poco tiempo después, todos en el barrio la conocían como "la Merche". Paula sentía escalofríos cada vez que escuchaba su voz, y aunque la cafeína no le aportara nada, se hizo adicta a los cafés de la Merche. La camarera tenía un hijo de dos años que siempre corría hacia Paula cuando entraba por la puerta. Se sentaba en su regazo y la Merche le contaba sus desventuras con los hombres mientras Paula se deshacía por dentro.

Una tarde fría de enero, Paula tuvo el valor suficiente como para declararse a la Merche, a quien la confesión le pilló por sorpresa a la hora de bajar la persiana. Ambas se quedaron a solas, sin hablar, pero en ese momento la Merche vio cada cicatriz de Paula, tanto las de su corazón como las de sus muñecas. Las acarició y besó hasta que se curaron. Paula, al fin, sintió que vivía por primera vez en dos décadas; todo cobraba sentido, incluso el sufrimiento por el que le habían hecho pasar durante toda su vida, como si pudiera tener justificación.

Paula no volvió a probar ni los besos ni las caricias de la Merche, pero aprendió que la primera cura es la que nos hacemos nosotros mismos, cuando nos empezamos a querer, cuando nos desnudamos al otro sin quitarnos la ropa y sin vergüenza. Entendió que todos aquellos que la juzgaron jamás tuvieron razón porque su vida solo era suya, aunque un pedazo de ella se la quedara aquella tarde la Merche.

martes, 3 de enero de 2017

Reflejos de vidas

También somos aquello que nunca fuimos, aquello que soñamos ser, y no es malo que así sea, que recojamos parte de los reflejos que imaginamos. Eduardo Galeano decía: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". Por este motivo es importante soñar con aquello que, a priori, parece inalcanzable. Porque los sueños, como las utopías, a veces se convierten en realidad. 

Imagina y sueña para vivir porque la vida no solo está ahí fuera esperándote, la vida, tu vida, está en ti. Deja de preguntarte lo que los demás esperan de ti. Sé como el lector que devora los libros y vive mil vidas, desde el niño que juega con las cometas hasta el anciano que hace memoria en el lecho de muerte. Deja que la vida te llene de arañazos, que te rompa las costuras, que te dé tal vuelta que entiendas que cambiar es una opción más y no un imposible. Mira de frente a tus errores, cógelos con fuerza, estrújalos hasta que bebas la última gota. Entonces, camina sabiendo lo que ya no quieres volver a ser. Arráncate esa piel, que hay otras muchas más. Vuelve al niño con costras en las rodillas y disfruta de la inocencia que ofrece una nueva vida. Vive y mira tu reflejo. ¿Te gusta lo que ves? ¿Te gusta lo que podrías ser?