sábado, 14 de enero de 2017

Paula y las cicatrices

Dibujo extraído de Google Imágenes

Paula apenas tenía veinte años y dos cicatrices en el corazón. En su cara se dibujaban pecas y dos hoyuelos cuando reía. Su trenza, larga y pelirroja, le daba un aire de niña pija y buena, como si viniera de una familia de bien, aunque eso no tuviera nada que ver con su vida. Pisaba fuerte, parecía que el miedo no formase parte de su vocabulario, y mucho menos de su rutina. El eco de sus botas hacía que todos los chicos se girasen a su paso, aunque eso a ella poco le importaba.

La pelirroja tenía un gran secreto que le atormentaba por dentro. Se hartaba de escuchar que vivimos en una sociedad moderna donde todos tenemos cabida, pero ella bien sabía que no es así. Durante años aguantó las burlas de sus compañeros de clase, incluso el asco en la mirada de uno de sus tíos que bien sabía el porqué del pasotismo de Paula hacia los chicos. Ella, dispuesta siempre a cumplir las expectativas de los demás, aunque nada tuvieran que ver con las suyas, se acostó con más de una decena de chicos a los que dio la vida con cada gemido, sin saber que a ella se le escapaba. Fueron muchas las noches en las que sintió palpitar la sangre de sus venas y la oscuridad a la que ese palpitar la llevaba.

Un día de vuelta de la facultad, tomando un café que le hiciera entrar en calor en la cafetería nueva del barrio, empezó a hablar con Mercedes, una mujer de mirada triste que odiaba que la llamaran por su nombre. Poco tiempo después, todos en el barrio la conocían como "la Merche". Paula sentía escalofríos cada vez que escuchaba su voz, y aunque la cafeína no le aportara nada, se hizo adicta a los cafés de la Merche. La camarera tenía un hijo de dos años que siempre corría hacia Paula cuando entraba por la puerta. Se sentaba en su regazo y la Merche le contaba sus desventuras con los hombres mientras Paula se deshacía por dentro.

Una tarde fría de enero, Paula tuvo el valor suficiente como para declararse a la Merche, a quien la confesión le pilló por sorpresa a la hora de bajar la persiana. Ambas se quedaron a solas, sin hablar, pero en ese momento la Merche vio cada cicatriz de Paula, tanto las de su corazón como las de sus muñecas. Las acarició y besó hasta que se curaron. Paula, al fin, sintió que vivía por primera vez en dos décadas; todo cobraba sentido, incluso el sufrimiento por el que le habían hecho pasar durante toda su vida, como si pudiera tener justificación.

Paula no volvió a probar ni los besos ni las caricias de la Merche, pero aprendió que la primera cura es la que nos hacemos nosotros mismos, cuando nos empezamos a querer, cuando nos desnudamos al otro sin quitarnos la ropa y sin vergüenza. Entendió que todos aquellos que la juzgaron jamás tuvieron razón porque su vida solo era suya, aunque un pedazo de ella se la quedara aquella tarde la Merche.

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