jueves, 9 de febrero de 2017

Valentina, la puta


La llamaban puta desde pequeña. En la mirada de su propia madre ya estaba escrita la palabra. Valentina, al fin y al cabo, nació de la violación del chulo de la Pepi, una sevillana que desde bien jovencita supo ganarse la vida en las Ramblas de Barcelona. A la Pepi le aumentaba el negocio conforme iba creciéndole la barriga. Los problemas vinieron después, cuando por culpa del caballo la niña nació prematura y tuvo que estar ingresada una larga temporada en el hospital. La Pepi, en más de una ocasión, estuvo a punto de dejarla tirada, creía que sin ella esa niña tendría, al menos, la oportunidad de un futuro.

Fueron las enfermeras del hospital, esas que la miraban con recelo cada vez que iba a ver a la criatura, quienes la bautizaron como Valentina. Fue una de la supervisoras, alta, gorda y con pinta de hombruna la que entre risas dijo que había que buscarle un nombre con caché, un nombre que sonara a puta cara, por diferenciarla de su madre.

La Pepi, como le había enseñado su madre, Francisca, apechugó con Valentina. Contra todo pronóstico, trabajó más que nunca por tal de poderle dar una educación. La Pepi quería que su hija escribiera sin faltas de ortografía y leyera de un tirón. Quién sabe, quizá un día se hiciera médica y pudiera devolvérsela a aquella enfermera que, por se jefa, se creía más que cualquiera dentro y fuera del hospital. Pero Valentina, desde que dio sus primeros pasos, fue una puta. La profesión de su madre caía sobre ella como una losa en una sociedad en la que la prostitución aumenta, en la que se maltrata y mata a las mujeres y en la que el tráfico de blancas se han convertido en una verdadera lacra social mientras todos miramos hacia otro lado.

Todo se torció cuando, tras recibir una paliza del chulo, a la Pepi se le fue la mano con el caballo. La encontraron dos días después de desaparecer de su esquina, entre la maleza de un Llobregat que amenazaba con desbordarse de nuevo. Así que con quince años, al margen de los servicios sociales que no podían hacer más por ella, decían, Valentina tuvo que ganarse la vida. Empezó a trabajar en el bar de unos amigos y nadie dudaba que al bajar la persiana, se llevaba a algún cliente a casa, o eso era lo que se comentaba por el barrio. Pero las negativas de Valentina, su voluntad de soledad y su virginidad le acarrearon problemas. Los últimos clientes del bar le gritaban puta, noche tras noche, negativa tras negativa. 

Valentina volvió a estudiar. Empezó a compaginar diferentes trabajos mal pagados con el instituto, donde se enfrentaba a diario a las mofas de sus compañeros y a las miradas cargadas de deseo y reproche de algunos profesores. Sin embargo, había cumplido de sobras el sueño de su madre. No solo escribía sin faltas de ortografía -casi un hito para muchos adolescente de hoy- y leía de corrido, sino que era la primera de su clase. Así pues, gracias a las becas y a los diferentes trabajos en tiendas de ropa, perfumerías, supermercados y panaderías, Valentina consiguió ir a la universidad. Estudió medicina y acabó en el ala infantil de un hospital en su Barcelona natal, donde una supervisora de enfermería alta, gorda, con pinta de hombruna y vieja solo era capaz de decirle por lo bajini puta. Mientras tanto, Valentina, que siempre llevaba consigo una foto de su madre, al fin, sonreía.

2 comentarios:

  1. Y aquí vienes... Cargadita de verdad, dispuesta a darnos una patada en el estómago. Estoy en pie, aplaudiendo tu escritura. Valentina y la Pepi deberían ser parte de un libro e incluso tener uno propio.

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  2. Muy bueno!!! Te felicito

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