sábado, 4 de marzo de 2017

La vergüenza del autobús

Imagen extraída de Google Imágenes

Antonio, el padre de Ramón, decidió que su primer hijo varón llevaría el nombre de su abuelo, no hubo discusión posible. Presumía de que sería igual de machote que él y los domingos por la tarde irían a ver el fútbol juntos, a ver si al niño se le pegaba algo y acababa siendo el nuevo ídolo de la afición.

A Ramón los sueños de su padre desde muy pequeño le pesaron como una losa. Jamás tuvo interés por los balones que sus familiares le regalaban, más bien le gustaba peinar a las muñecas de su hermana mayor, Silvia. Ambos crearon un vínculo plagado de secretos, ese vínculo que generan las hermanas mayores que protegen a los pequeños. Silvia le prestaba sus muñecas con cuatro años; a los catorce, sus pinturas. Antonio desistió de llevar a Ramón al campo y culpaba a su mujer de haber amariconado al niño, que por otro lado, hacía lo posible por agradar a su padre y amansar sus gritos.

Pero los problemas de Ramón no acabaron ahí. A los dieciséis dio el paso de presentarse como Julieta. Tuvo que afrontar los golpes de sus compañeros de instituto, los insultos, las miradas de reproche y de incomprensión de algunos de sus amigos, aunque Julieta siempre tuvo a Silvia, con la que se iba de compras y la enseñaba a maquillarse. Y cómo no podía ser de otra manera, ahí estaba ella, María, su madre. Siempre sufriendo, siempre en silencio, hasta que decidió dar voz a su hija. Fue ella la que le llenó el primer vaso de agua y le tendió la primera pastilla de las millones de hormonas que a partir de ese momento tomaría Julieta.

Antonio miraba desde lejos siempre las escenas de su familia. Primero vino el rechazo, después el odio hasta que, al final, llegó la soledad. Dejó el pueblo, decía que por la vergüenza que sentía, y se marchó a Madrid, allí donde nadie le conocería. Un día, de camino al trabajo vio un autobús que vulneraba los derechos de los niños trangénero. En su cabeza, claro, apareció Julieta. Una lágrima recorrió su rostro y sacó el móvil del bolsillo del viejo pantalón de pana. Ahí estaba un nombre que de repente le pareció extraño. Lo cambió por el de Julieta y llamó. Lo primero que dijo, cuentan los que por allí paseaban, fue: "te quiero, hija".


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