miércoles, 19 de abril de 2017

Espejo comunitario

Fotografía extraída de Google Imágenes

Cuando se miraba en el espejo, odiaba con fuerza, con ese odio que sale de las entrañas, puro y sincero. Ese odio que solo se puede tener a uno mismo. Por eso, hacía unas semanas que a duras penas se miraba en los espejos de reojo. Ya no había donde reconocerse. En dos meses y cinco días había conseguido bajar de la talla 44 a la 36. Ahora la gente le decía lo guapa que estaba, el tipín que se le había quedado, incluso que parecía una estrella de Hollywood, pero su espejo, ese que ya no le permitía ni siquiera reflejarse en él, no pensaba lo mismo; siempre había un defecto que podía arreglarse saltándose una comida más.

Tres semanas y seis días después la echaron del trabajo. Apenas podía concentrarse e invertía las horas laborales en la búsqueda de nuevas dietas milagro que la ayudasen a tener un cuerpo diez para ponerse ese biquini guardado en un rincón del armario desde hacía dos veranos porque le marcaba la tripa. El despido no le importó. Realmente, ya nada le importaba. En su cabeza solo habían planes para saltarse las cenas de los viernes con los amigos, aunque lo cierto es que ya hacía un par de semanas que no contaban con ella.

Una nueva llamada perdida de Javi, y ya iban diez. Le odiaba, quería matarlo. La última vez que follaron le dijo que amaba sus imperfecciones, incluso se quejó por no tener por donde agarrarla. Llevaban tres años juntos. Es cierto que él le había dicho últimamente que había cogido unos kilitos, por lo que debería aplicarse más en el gimnasio y hacer un poco de dieta. "¿Y fue capaz de quejarse de mis huesos? ¡Que le den por culo!".

Y así, poco a poco, el espejo acabó por no tener nada que mostrar. Ana acabó consumida, volvió a ser polvo, buscando un ideal imaginario, sí, pero también comunitario, capaz de arruinar la vida a niñas, adolescentes y mujeres, convirtiéndolas en un saco de huesos hasta que la tierra las llama allá donde ni la perfección ni la imperfección tienen definición.