domingo, 21 de mayo de 2017

Trompetas de venganza

Imagen extraída de Google Imágenes

Llevaba sesenta años viviendo en el quinto primera de un viejo bloque de vecinos del Gótico. A los dieciocho, se marchó de casa, en una época en la que las mujeres, a duras penas, tenían voz y ningún voto. Con la muerte del dictador, empezó a escucharse a diario jazz en su piso. Era lo poco que sabían de ella. La trompeta de Chet Baker se mezclaba ahora con las cuerdas de Joan Chamorro acompañado por la voz de Andrea Motis. El no saber, claro, era el caldo de cultivo para que se inventaran mil historias sobre ella. Historias con las que nunca perdió un minuto en desmentirlas, lo que, a ojos de los demás, eran silenciosas confirmaciones.

Una vez a la semana, bajaba al súper para hacer la compra. Cargaba con un pesado carrito de la compra por los cinco pisos. Saludaba con una sonrisa a la portera, que amablemente, había desistido en preguntarle por cómo le iba la vida. Carmela agradecía que la premiara de esa forma.

Carmela, así se llamaba. Odiaba que la llamasen Carmen. Pensaba que le daba más personalidad, más fuerza. En el recibidor, una foto de madre, con la única que tenía un vínculo con la vida, pese a que la fusilaran aquella mañana y nunca pudo darle un entierro digno. En los cajones, guardaba alguna foto de sus dos hermanos, de quienes decidió no saber nada después de que escucharan sus gritos aquella noche y no hicieran nada. Jamás tuvieron el valor de enfrentarse a padre; eran tan cobardes como él. El comedor lo presidía un póster de Audrey Hepburn. Le recordaba tanto a Teresa... Tenían la misma sonrisa, la misma mirada pícara. Mirar a Audrey era mantenerla con ella, en sus brazos. Recuerda cómo temblaba tras una de las muchas palizas de Paco. Aquellos temblores acabaron con tres puñaladas. A Carmela le juraron que no sufrió, que su amiga se había ido en paz. ¿Quién podría irse en paz tras convivir treinta y cinco años con aquella bestia?

Carmela juró venganza mientras Paco se convirtía en un abuelillo entrañable del barrio. El pasado no le pesaba, apenas fueron diez años de cárcel por buen comportamiento. Se había convertido en una figura indispensable: jugaba con los niños, gastaba bromas a las cajeras del súper, era el rey de las tertulias de política y fútbol en el bar de la esquina, el del Antonio, que ahora lo llevaba un chino llamado Yan.

Paco oía la música que venía desde primera hora del día de casa de Carmela. Escuchaba las notas de Louis Armstrong y se estremecía. Teresa, siempre le hacía volver a ella, a aquella mañana en el que su inteligencia le sacó más de quicio que de costumbre. Pese a todo, ella sonreía y él, que siempre había sido un infeliz, no podía soportarlo. Miraba al cielo y pedía perdón, pero sabía que la música jamás dejaría de sonar, que Teresa, allá donde estuviera, seguiría bailando, mientras él fingía ser alguien que nunca fue. El vacío en el pecho se agrandó tanto, que el corazón dejó de tener fuerzas para latir. Carmela lo vio desplomarse desde su ventana y creyó que Audrey le guiñaba el ojo izquierdo, como siempre hacía Teresa cuando le pedía que no se preocupase por ella.

2 comentarios:

  1. Increíble tu forma de escribir relatos. No nos dejes tanto tiempo sin ellos!

    Lluís M.

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