lunes, 5 de junio de 2017

El oleaje

Pintura extraída de Google Imágenes

Pasaba por su lado y sentía un oleaje dentro de ella. El rastro de su perfume la embriagaba y convertía cualquier invierno en primavera dentro de aquella oficina insulsa, llena de gente con vidas grises que buscaban crear la nueva campaña que diera el campanazo, sin embargo, todo se veía igual de gris que sus propios rostros. Helena temía que su cara se convirtiera del mismo color que el de sus compañeros. Solo hacía un par de meses que había pasado de ser la chica con un brillante futuro por delante a la mujer que tenía su propio equipo y despacho, muy a pesar de sus compañeros. Fue entonces cuando él empezó a ir por la oficina. 

Habían empezado las obras del piso de arriba y él era el mozo de la cuadrilla de albañiles. Mucho más joven que ella, mucho más fuerte que aquellos que la rodeaban. Pisaba con ganas y siempre iba vestido con una sonrisa. Se llamaba Rubén, según había escuchado Helena cuando sus compañeros se dirigían a él. Apenas llegaba a los veinte, pero robaba el sueño de una mujer que le doblaba la edad, que en la soledad de su cama, manchaba las sábanas de seda que se había comprado con el aumento de categoría pensando en él.

Helena llevaba en secreto este amor. Tenía un hijo de cinco años y un marido que por trabajo vivía fuera la mayor parte del tiempo. Siempre se había sentido una especie de esclava de su familia, siempre se había esforzado porque todo estuviera impecable cada vez que su marido llegaba a casa. No tenía más vida que el trabajo y su casa, hasta que llegó él, Rubén, el joven Rubén. El secreto de sus sentimientos le oprimía el pecho; el miedo y la vergüenza le robaban sus lágrimas.

Aquel primer lunes de junio la oficina estaba limpia. No había polvo, no habían albañiles riendo sin compasión entre aquellas paredes que clamaban silencio. A Helena empezó a faltarle el aire hasta que se percató que en su mesa había una rosa que empezaba a marchitarse tras un fin de semana sin agua. Leyó la nota que le acompañaba:

Gracias por tu sonrisa. Conviertes este cementerio en un campo de alegría.

Detrás de aquella nota había un número de teléfono. Temblorosa, Helena lo guardó en su contactos. Miró la foto de WhatsApp, y ahí estaba el bello Rubén, con esos ojos pícaros capaces de salvar una vida.

Helena llegó a casa  tarde. Sabía que su marido no estaría demasiado contento ante su ausencia. Acostaron juntos a Mario y Helena folló con rabia a su marido. Aquella noche lo miró a los ojos por primera vez en años: "Me voy. Ahora me toca vivir a mí". No dio opción a réplica. No recogió sus cosas, solo algunas prendas de Mario, a quien cogió en brazos. En la puerta les esperaba un viejo Ibiza y la felicidad que da ese amor capaz de romper todas las barreras que impone la sociedad.

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